La prostitución infantil puede ser una actividad tan vieja como la Historia de la Humanidad y solo ha variado la reacción de la mayoría de la gente ante una práctica que en ciertas épocas puede ser tolerada y en otras condenada (para satisfacción de unos e indignación de otros) pero de cualquier modo no desaparece. El comercio sexual de niños ha logrado adaptarse con ingenio a los cambios culturales más opuestos y ha superado la censura que pretendieron establecer gran parte de los cultos religiosos y los idearios políticos.
En las representaciones de banquetes del mundo antiguo, se advierte la presencia de niños, que no solo intervienen como sirvientes (por ejemplo, hay coperos al estilo de Ganímedes, que sirve ambrosía a los dioses) y presencian las actividades sexuales de los asistentes, sino que son tocados y abusados por ellos, sin despertar la protesta de nadie. En ese contexto se considera normal que se utilice con esos fines a mujeres o niños, mientras se condenaría inaceptable, por inmoral la ,misma situación con hombres adultos.
En la civilizada Roma había burdeles especializados en el suministro de ese tipo de entretenimiento para quien lo buscara y estuviera en condiciones de pagarlo, sin considerarse deshonrado por frecuentarlo o administrarlo. Los lenocinios eran vistos como empresas tan útiles para el bienestar de la sociedad, como una panadería o una pescadería. Los niños de ambos sexos formaban parte del personal ofrecido.
Durante el Medioevo europeo, que de acuerdo al poder ejercido por la Iglesia podría suponerse tan estricto en lo referente a la sexualidad de los adultos, los niños de las familias poderosas eran entregados al cuidado (o el abuso) de los criados, que nominalmente se encargaban de atenderlos, pero también compartían el lecho con ellos y de acuerdo a los testimonios, los utilizaban para su propia satisfacción sexual.
Con los niños ha sido siempre posible para los adultos mantener actividades que hubieran sido denunciadas y penadas gravemente por la sociedad, de haberse intentado con adultos. Según Philippe Aries, palpar aunque fuera brevemente, los genitales de los niños, con la excusa de jugar con ellos, fue una práctica habitual de los adultos del pasado. Lo hacían lo extraños y los miembros de la familia. ¿Puede ser visto como un chiste, excitar la sexualidad inmadura de los niños, sabiendo que ellos tal vez disfruten la excitación y continúen buscando al adulto que se la suministra, sin tener la menor idea de lo que experimentan?
Al niño que con el tiempo iba a convertirse en el rey Luis XIII de Francia, desde un año edad hasta los siete, sus reales padres y los cortesanos que aspiraban a conseguir su favor, lo toqueteaban por debajo de las ropas, lo acostaban con adultos, lo acariciaban bajo las sábanas como si hubiera sido el juego erótico con un adulto más, en capacidad entender y decidir si aceptaba o no ese juego. Las consideraciones que suelen tomarse en cuenta en el trato con seres humanos adultos, que si no aceptan la vecindad y el contacto de alguien de su edad, no siempre se respetan en el trato con niños, cuya indefensión estimula el comportamiento de los abusadores.
Las fotos del siglo XIX de Lewis Carroll que nos han llegado (porque otras las destruyó él mismo antes de morir) causan hoy cierto resquemor. Para los victorianos, que pregonaban una moral sexual tan estricta, ¿cómo pudo un clérigo soltero, el autor de un libro para niños tan famoso como Alicia en el País de las Maravillas, fotografiar a tantas niñas desnudas o semidesnudas, con pleno acuerdo de sus padres? Si alguien hiciera hoy algo parecido (y se hace) su actividad no resultaría sospechosa de pretender excitar sexualmente al observador, sino que se la consideraría una evidencia difícil de refutar. No es que en la actualidad seamos más morales que los victorianos, sino que pensamos lo peor de ciertas relaciones entre niños y adultos.
Eso no impide que las madres norteamericanas, por ejemplo, participen con sus niñas en concursos de belleza que imitan cada aspecto de los concursos de belleza de los adultos, ni que disfracen a sus hijas con maquillajes y senos postizos. El filme Little Miss Sunshine resume el horror de una explotación bien intencionada pero no por eso menos cruel. La serie de televisión Toddlers & Tiaras causa espanto a muchos espectadores. ¿Acaso esas madres fanáticas por un minuto de cámara están ofreciendo en venta a esas niñas que dicen adorar?
¿Por qué extrañarse de que un medio de comunicación tan reciente como Internet, incluya en la actualidad, entre sus atractivos más notorios, la explotación de imágenes eróticas de niños? La producción y difusión de pornografía encontraba diversos obstáculos en el pasado. Sus consumidores podían demandarla, pero se exponían a ser descubiertos y sancionados. Con Internet, la oferta es explosiva y poco riesgosa. Los pedófilos de los rincones más distantes del planeta se asocian para intercambiar material.
Los niños mismos han entrado en posesión de una tecnología que les permite producir y distribuir sin mucho esfuerzo su propia pornografía. Sea por influencia de adultos o como parte del juego de los propios jóvenes, Facebook y You Tube se han convertido en cómodo vehículo de la pornografía infantil. La decisión de preservar a la infancia de la explotación sexual, por considerar que altera su normal desarrollo psíquico, es una iniciativa demasiado reciente y no termina de imponerse.
Los pedófilos no tardaron demasiado en descubrir el potencial de la red para promover diálogos entre usuarios desconocidos, que encubren su verdadera identidad y capturan de ese modo la atención de los jóvenes incautos, que a falta de una comunicación efectiva con interlocutores de su ámbito familiar, participan en chats, donde los adultos los esperan, con el objeto de seducirlos y utilizarlos sexualmente.
En la historia de Caperucita Roja que contó Charles Perrault en el siglo XVII, la moraleja final (un texto que no aparece en las ediciones recientes) advierte a los jóvenes que se cuiden de las palabras seductoras de otros seres, que no son lobos pero andan detrás de ellos, para perderlos. Internet ha permitido que una cantidad de jóvenes desinformados accedan a una comunicación fácil y atractiva, cuyos riesgos no sospechan ni ellos, ni sus padres que los creen a salvo, cuando están en sus hogares, conectados con algunos de los chats que ofrecen diálogo entretenido.
El Grooming es una modalidad de captación de menores promovida por adultos, que tiene como objetivo la producción de pornografía que será distribuida por internet. Suele iniciarse como un diálogo intrascendente en alguna sala de chat, durante el cual los menores creen que dialogan con otros niños de su edad, libres de la vigilancia de sus mayores. Una vez que se logra la confianza de la víctima, el adulto les manda fotos atrevidas, en las que él mismo aparece con pocas ropas o desnudo, asegurando que son imágenes suyas, solicitando como respuesta, algo parecido del interlocutor. Cuando el niño accede, cosa que hoy cuesta menos que nunca, dada la proliferación de cámaras de video en los computadores y teléfonos celulares, se facilita el chantaje del adulto.
Si el menor no accede a entregar nuevas imágenes, cada vez más atrevidas, hasta llegar a las citas con el acosador, se lo amenaza con denunciarlo antes sus parientes o amigos. Si accede que lo vejen y registren su imagen, está perdido. La explotación puede prolongarse durante años, mientras la víctima conserve su atractivo para el abusador. El grooming abre el camino para la comisión de otros delitos sexuales y las instituciones tardan en reaccionar.
No existe unanimidad en la legislación internacional, por ejemplo, acerca de la definición del menor de edad. Mientras en Alemania es estado llega hasta los 14 años, en Australia a los 16 y en Gran Bretaña a los 18. Imágenes de jóvenes que en algunos lugares resultan osadas pero aceptables, por el consentimiento prestado por aquellos que aparecen en ellas, en otros lugares constituyen delito.



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