SACRIFICIO DE PRIMOGÉNITOS

Abraham e Isaac

Abraham e Isaac

Y Dios le dijo: “Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y anda a la región de Moriah. Allí me lo sacrificarás en un monte que yo te indicaré”. (Génesis, 22)

Nada parece tener más valor ante los dioses de muchos pueblos, que la posibilidad de asesinar a lo que más se estima en este mundo, el hijo mayor de un padre de familia, aquel que de acuerdo a la tradición debería dar continuidad a quien efectúa el sacrificio. Para la mitología, no es de ningún modo un acto criminal, injustificable para el común de los seres humanos, que revelaría crueldad de quien lo ejecuta, sino un gesto simbólico, parte de un diálogo trascendente con los poderes sobrenaturales.

En Upsala, un antiguo rey sueco llamado Aun u On, habría sacrificado a nueve de sus hijos (uno cada nueve años) al dios Odin, con el objeto de prolongar su propia vida. De acuerdo a la leyenda, ese proceder le habría asegurado una longevidad inaudita, superior a la de cualquier humano y también la fama de hombre extremadamente cruel, que no reparaba en medios con tal de retener el poder.

Minos, rey de Creta, renovaba su mandato cada ocho años. Al final de cada etapa se retiraba a meditar con su padre, el dios Zeus, a quien le rendía cuentas y pedía consejo. Los siete jóvenes y las siete vírgenes que los atenienses mandaban a Minos para que los abandonara en el Laberinto donde se convertían en víctimas de su hijo, el Minotauro, probablemente estaban ligados con la renovación de los poderes del soberano, refrendados por Zeus.

En el mundo de los hebreos, Isaac nació de padres viejos (Abraham tenía 100 años y Sara había superado mucho tiempo antes la edad fértil de las mujeres). Cuando la pareja desesperó de concebir un hijo, Sara escogió a una esclava llamada Agar, para que su marido engendrara en ella la descendencia tan deseada. Fruto del adulterio consentido nació Ismael. Solo entonces Sara quedó embarazada y el parto, milagroso por más de un motivo, se produjo sin dificultades. Isaac fue circuncidado a los ocho días de nacido y creció con la misión de dar continuidad al pueblo elegido por Dios.

En ese contexto, Abraham no podía afrontar una orden más difícil que la de matar a su hijo. Dios mismo era quien se lo mandaba, para poner a prueba su fe. A último instante, un ángel detiene el cuchillo de Abraham, pronto a caer sobre el cuello de su hijo. El desenlace de la historia concuerda con el planteo, pero un sabor amargo queda: el piadoso Abraham no duda en sacrificar a Isaac, con tal de mantener su relación con Dios. Es un hombre de fe sólida, pero también un padre despiadado, que no cuestiona la orden de sacrificarlo.

La supervivencia de una historia como esa, revela su capacidad para despertar ecos en la sensibilidad actual. La relación entre padres e hijos no suele ser todas las veces tan armoniosa como podría suponerse. Los padres brindan la vida, pero una vez que los niños llegan al mundo, no es raro que en la familia se manifiesten conflictos que provienen de las exigencias planteadas por las estructuras sociales y la incapacidad de los individuos para resolverlos.

Mientras no sean capaces de oponerse a la manipulación de la que pueden ser objeto, los hijos no pasan de ser una posesión más de sus padres y otros adultos, que ellos utilizan sin demasiadas consideraciones, en beneficio de la comunidad o lo más probable, en beneficio propio. En la actualidad, los hijos pueden ser sacrificados de muchas maneras, aprovechando la desproporción de fuerzas y la impunidad que disfrutan los mayores encargados de cuidarlos. Se los utiliza como proyectiles durante las rencillas conyugales, se los obliga a elegir una carrera, se les impone una religión, unos valores, una determinada visión del mundo, etc.

En el pasado, esta dependencia era mayor, al punto que los adultos no solo estaban en condiciones de eliminar a los niños en su beneficio, sino que eran obligados a hacerlo. Se trataba de una opción presentada como dolorosa para los padres. En las narraciones, ellos se muestran atribulados por la situación, pero de todos modos aceptan desprenderse de su descendencia, con el objeto dedar cumplimiento a compromisos que juzgan superiores al bienestar de los niños.

En la historia del rey griego Athamas, que por instancias de su segunda esposa, acepta el sacrificio de los hijos que tuvo con la primera esposa, para obtener el favor de los dioses, puede verse la responsabilidad de los conductores de una comunidad, incluso cuando el bienestar de esa comunidad entra en contradicción con sus intereses personales. Ellos han gozado, como gobernantes, de privilegios negados al común de la gente, pero al mismo tiempo deben estar dispuestos a morir (o matar a su descendencia) con tal de evitarle un daño mayor al pueblo que conducen.

Entre los fenicios, el rey Cronus no dudó en vestir con ricos ropajes y sacrificar a su hijo único, Jeoud, adornado para la ocasión con los ornamentos de realeza, con el objeto de salvar al país de un grave riesgo en tiempos de guerra.

El rey palestino Moab, acosado por los israelitas, ofreció en sacrificio a su hijo mayor. Durante las épocas de sequía, las madres zulúes que imploraban la lluvia a sus dioses, enterraban a sus hijos hasta el cuello y luego se retiraban a cierta distancia, para gritar desde allí su pena y obtener la compasión del cielo.

Los habitantes de Canaán sacrificaban a sus dioses los primogénitos. Abraham tomó a su hijo, el cuchillo de los sacrificios, un hato de leña para quemar el cuerpo de la víctima, y ambos subieron al monte que Dios había designado. En el Corán, donde aparece la versión islámica de la misma historia, es Ismael, hijo de Abraham y Agar, patriarca de los árabes, quien se somete a los preparativos del sacrificio y sale indemne. El haber sobrevivido al riesgo de muerte, pasa a convertirse en una marca de honor, que permite fundar una nación.

El joven Isaac ignoraba el destino que le aguardaba, y si bien no se resistió la orden de su padre, tampoco colaboró en la ceremonia, a diferencia de lo que pasaba con los niños mayas o aztecas, cuando les llegaba el turno (el honor) de ser sacrificados en las pirámides de centro América. La matanza de niños recién nacidos ante el dios del maíz, era una práctica habitual que les permitía asegurar buenas cosechas.

Sacrificio a Moloch

Sacrificio a Moloch

Los sacerdotes cartagineses, en el siglo VI antes de nuestra era, elegían a los primogénitos de las familias, siguiendo una tradición cananea similar a la de Abraham e Isaac. Los niños eran arrojados vivos al fuego que ardía dentro de una gran figura metálica de Baal-Mammon (Moloch), durante la primera luna llena después de su nacimiento. Según los santos Justino y Agustín, que describieron la práctica varios siglos más tarde, los cartagineses confiaban asegurar mediante la efusión de sangre infantil la prosperidad material de la ciudad, en un ritual que incluía bailes al son de timbales y flautas (encargados de amortiguar los gritos de las víctimas).

Se trata de una imagen aterradora del mundo previo al cristianismo, una religión que no obstante su benevolencia, incluye como uno de sus elementos fundadores el sacrificio (voluntario) del Hijo de Dios para salvar a la humanidad.

Los padres asesinos reaparecen en otros contextos históricos, repitiendo los mismos gestos crueles. Pávlik Morózov, un chico de 13 años, denunció en 1932 a Trofim Morózov, su padre, un campesino, ante las autoridades soviéticas, por falsificar documentación y sabotear las directivas del Partido Comunista  (según versiones posteriores, la denuncia tuvo otra motivación: el abandono al que había sido sometida la madre). Trofim fue juzgado y sentenciado a diez años de prisión. Posteriormente lo ejecutaron. Todo sucedía en la aldea de Guerásimovka. Pavel fue asesinado por los parientes del padre, en represalia por la denuncia. Los responsables del crimen fueron aprehendidos, juzgados de manera sumaria y fusilados.

La historia fue recogida por la prensa de la época, que le otorgó el valor de un modelo de comportamiento infantil. Los adultos no debían confiar en los niños que se habían convertido en agentes del nuevo régimen y  los vigilaban. En Bezhin Lug (1937) el filme de Sergei Eisenstein, el niño delator es convertido en Stepok, un pionero comunista, aunque eso no sucedió nunca en la realidad y el enfrentamiento entre padre e hijo alude directamente al sacrificio de Isaac por Abraham, hombre virtuoso de acuerdo a la moral de su época, que se revela despiadado según la visión del siglo XX.

Aunque Eisenstein creía haber elaborado una fábula ejemplar, obediente a las estrategias propagandísticas de los jerarcas soviéticos que habían aprobado el proyecto, el filme concluido no logró la autorización para ser exhibido y luego se destruyó. La imagen que ofrecía del enfrentamiento ideológico era inaceptable (por la misma época se escenificaban los procesos de Stalin, que condujeron a miles de víctimas a la cárcel o la muerte).

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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