NIÑOS EN PELIGRO (II)

Yo dormí con esos niños, porque eran mis amiguitos. (Michael Jackson)

Los agresores de niños son, probablemente, ellos mismos niños en lo psicológico. Se identifican más fácilmente con niños y se sienten más cómodos en su presencia. (Geisser)

Roman Polanski

En 2009, el director de cine Roman Polanski fue detenido en Suiza para responder a una demanda de treinta y dos años antes, por haber mantenido relaciones sexuales con Samantha Geimer, entonces una adolescente de trece años, en los EEUU, tras sedarla con champagne y Quaalude. En la historia coinciden los elementos de la pedofilia: un ambiente aislado del control que suele ejercer la comunidad sobre el sexo de los individuos, un adulto pertrechado de técnicas de seducción que le aseguran el control sobre la pareja sexual que ha elegido, y un menor que no atina a defenderse de lo que tal vez no advierte es una agresión.

Michael Jackson

La atracción que algunos adultos pueden llegar a sentir por los niños y los impulsa a utilizarlos como objetos de su disfrute sexual, se conoce desde la Antigüedad, una época en que se la toleraba y hasta propiciaba, por considerar que favorecía el proceso de educación de los menores. Desde entonces, la perspectiva ha cambiado radicalmente. La pedofilia no es el fruto de un relajamiento de las costumbres que se haya dado en la modernidad, ni tampoco una situación que la gente haya ignorado nunca, pero solo recientemente comenzó a encararse como un delito digno de ser investigado y (lo más novedoso) castigado.

Internet ha demostrado ser un medio propicio para los adultos que buscan conectarse con menores de edad para someterlos a prácticas sexuales, o que difunden imágenes eróticas de menores de edad. La imprecisión de la identidad de quienes participan en un Chat, facilita los diálogos de pedófilos con sus posibles víctimas. Los blogs y chats son el vehículo más idóneo que pueda pensarse para la difusión de ideas tan peregrinas como que los niños serían en realidad los seductores de los adultos, que las relaciones se establecen en un plano de igualdad y pueden ser rechazadas por los niños, por lo que constituirían un derecho al disfrute de sus cuerpos que no puede negárseles.

Simultáneamente, ha crecido la percepción de la variedad de formas que asume el abuso sexual, la profundidad de los daños que causa a aquellos que se convierten en sus víctimas, por lo que hasta los actos que pudieron ser bien intencionados en el pasado, resultan sospechosos y se trata de obviarlos. Cualquier intento de legalizar la pornografía infantil o rebajar la edad del consentimiento para las relaciones entre adultos y menores de edad, pasa a convertirse en apología de un delito.

Bernard Law

La Iglesia Católica ha sido marcada por esa nueva sensibilidad ante el abuso. Bernard Law, Obispo de Boston, confesó en 2002 haber protegido a sacerdotes de su diócesis acusados de pedofilia por quienes afirman haber sufrido el abuso mientras estudiaban en colegios católicos. El documental de Amy Berg Deliver Us from Evil (Líbranos de nuestros Pecados, 2006), le otorga la palabra a Oliver O´Grady, uno de los sacerdotes inculpados, y el discurso es aterrador porque permite atisbar la confusión de una mente que solo en la superficie reconoce su responsabilidad en el daño causado a docenas de niños, porque se resiste a creer que les haya ocurrido nada grave.

Marcial Maciel

Por la misma época, en México, Marcial Maciel, fundador de una congregación religiosa internacional, con filiales en el resto de América Latina, los EEUU y Europa, que se encarga de educar niños, fue denunciado de haber abusado sexualmente a niños de entre 10 y 12 años, desde hacía medio siglo. Esas acusaciones, puestas en conocimiento del Vaticano en dos oportunidades, veinte y treinta años antes, no fueron atendidas.

En lugar de denunciar a sus sacerdotes ante los Tribunales, con grave escándalo para la congregación, el Obispo Law optó por cambiarlos de diócesis, ignorando que se trata de una patología de improbable recuperación, en el que los imputados, a pesar de que proclamen arrepentimiento, es muy probable que incurran de nuevo.

Law prefirió ignorar que la pedofilia causa daños duraderos en las víctimas, como depresión, disfunciones sexuales y otros no menos graves. No fue un caso aislado que la prensa se encargara de ventilar a comienzos del siglo XXI. Tan solo en Boston hubo 80 sacerdotes acusados de abusos reiterados, sobre un total de 930 que se investigaron.

En 2004, tras una investigación dirigida por el cardenal Ratzinger (en la actualidad, Benedicto XVI), Maciel fue sancionado con la prohibición eclesiástica de celebrar misa, dar conferencias o entrevistas.

Para la tradición del cristianismo, la educación de los jóvenes requiere una completa separación de los sexos, con el objeto de evitar tentaciones, una familiaridad que promete conducirlos a contactos sexuales prematuros. Por eso, se decide separarlos y disciplinarlos en la abstinencia, desde la temprana infancia, en las escuelas y actividades deportivas, mientras ellos maduran y llegan a ser aptos para contraer matrimonio.

De acuerdo a esta visión del mundo, la posibilidad de llegar “virgen” al matrimonio es un ideal difícil de concretar, pero no imposible, si se vigila el desarrollo de los jóvenes para impedir que los instintos prevalezcan sobre las normas que la sociedad les impone.

Los porfiados hechos que impiden la concreción de este proyecto son varios. Por un lado, el aislamiento de grupos del mismo sexo, lejos de reducir el interés por el sexo (tanto el propio como el opuesto), suele acrecentarlo. Las energías dedicadas a superar esa restricción, distraen del aprendizaje que se esperaba favorecer. Por otro lado, la sexualidad de los jóvenes, lejos de postergarse indefinidamente para la etapa de la madurez, encuentra la manera (poco importa si torcida o perversa) de expresarse con lo que tiene a mano.

Por último, los sitios donde se aísla a los jóvenes, se convierten en el perfecto refugio de adultos que suelen abusar de ellos en completa impunidad, como demuestran las denuncias de pedofilia que prosperaron en establecimientos educativos de comienzos del siglo XXI.

En 2007, un folleto titulado “Ser amigos, estar a salvo, ser católicos”, fue distribuido entre los niños por la Arquidiócesis de New York. En él se mostraba a un monaguillo acechado por un sacerdote y vigilado por un ángel guardián, mientras el texto decía: “Por el bien de la seguridad, un niño y un adulto no deberían estar nunca solos en un cuarto cerrado”. La desconfianza respecto de los adultos se ha vuelto normal. Nada parece demasiado seguro, tras la comprobación de que los niños son abusados. La confianza que se depositaba en quienes se aprovecharon de ella, termina por volver sospechosa cualquier circunstancia parecida.

Numerosas víctimas de abusos cometidos contra menores de edad, lograron que la Justicia norteamericana condenara a los responsables y obligara a las instituciones involucradas a indemnizarlos (en tan solo cinco años, se calcula que esas compensaciones ascendieron a tres mil millones de dólares). Aunque pocos casos llegaron a ventilarse en juicios, la desconfianza se ha instalado entre quienes confiaban en la labor de la iglesia católica como formadora de la infancia.

Si los adolescentes son intelectualmente similares a los adultos, ¿por qué no tratarlos como adultos? Porque la sociedad norteamericana no puede asegurarle a los jóvenes los derechos de los adultos, necesarios para que los jóvenes controlen sus propias vidas. A los jóvenes no les está permitido elegir dónde vivirán, quién los supervisará, con qué adultos se asociarán, qué harán con su tiempo o que deberán ser. Para la Suprema Corte, los jóvenes se encuentran siempre en custodia. (Mike Males: Kids and Guns)

La convivencia de jóvenes y adultos resulta en la actualidad amenazadora para unos y otros. Una serie de reportajes de la prensa y la televisión de los EEUU, enfatiza el peligro que representan los jóvenes armados y drogados de clase media para el resto de la sociedad, comenzando por los adultos que se encuentran más cerca de ellos: parientes, amigos, profesores, compañeros de estudio. Ellos roban a sus familias, agreden a quienes se resisten a financiar sus adicciones, conocen perfectamente sus derechos y no vacilan en acusar a los adultos que intentan detenerlos.

Efebofobia (el temor a los jóvenes) es la denominación que se le da a este sentimiento de desconfianza que parece estar difundiéndose por todos los sectores de la sociedad, a pesar de que todavía no se manifieste en datos estadísticos, mientras han crecido las denuncias acreditadas de abusos de adultos contra los menores (lo cual no indica necesariamente que antes no existieran, sino que ahora se ha dejado de considerarlos sucesos vergonzosos acerca de los cuales era mejor no decir nada, porque dejaban marcada a la víctima y no castigan al responsable).

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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