NIÑOS DEL SIGLO XIX (I)

Etiqueta de medicina familiar

Durante el siglo XIX, los niños adquieren una imagen de seres frágiles, indefensos, no pocas veces encantadores, habitantes de un mundo hostil, necesitados de una protección especial de los adultos, que tradicionalmente se la habían negado. Esa visión se mantuvo sin grandes cambios hasta bien avanzado el siglo XX. Ellos se convierten en un tema literario que conmueve a miles de lectores de novelas sentimentales y su representación gráfica se vuelve cada vez más frecuente en la prensa, los calendarios, las tarjetas postales y la publicidad de todo tipo de productos, no necesariamente consumidos por los niños.

¿Cómo se había evolucionado desde la indiferencia dominante en siglos anteriores respecto de la infancia, para alcanzar esta preocupación evidente de pedagogos y artistas? Es la misma época en que los niños eran explotados sin la menor consideración, tanto en las tareas del campo y las minas, comp en las nuevas industrias. Ellos suministraban mano de obra barata y fácil de controlar, que aceptaba condiciones de trabajo rechazadas por los adultos.

Cuando se encontró a Kaspar Hauser en 1828, en las cercanías de Nurenberg, aparentaba tener 16 años de edad. No era otro niño feral, crecido en el bosque, en contacto con los animales salvajes. Si bien no era capaz de hablar, utilizaba ropas y llevaba consigo una carta donde alguien se había encargado de dejar constancia de su nombre. Inicialmente, Kaspar solo se alimentaba de pan y agua. Tanto la carne como la leche le daban asco. Médicos y educadores se dedicaron a observarlo y después de un tiempo le enseñaron a hablar. De ese modo, pudieron averiguar que lo habían mantenido cautivo la mayor parte de su vida.

De acuerdo a las hipótesis de los contemporáneos, Kaspar debió ser un miembro de la nobleza alemana, a quien habían sustituido por un niño muerto en el momento de nacer, con el objeto de alterar la sucesión en el trono. Para otros, era un hijo no reconocido de Napoleón Bonaparte y Estefanóia Beauharnais, la esposa de Carlos II de Baden. El misterio del origen y el encierro se ha prolongado hasta la actualidad. Durante el siglo XX se intentaron diferentes análisis de su sangre, sin llegar a conclusiones que confirmaran ninguna de las hipótesis anteriores.

Abusar de los niños en exclusivo disfrute de los adultos, había sido una práctica habitual, que ni siquiera debía disimularse, porque gozaba de un tolerancia ilimitada. La gente miraba para otro lado cuando sucedía. Nada parecía menos atinado que pensar en los derechos de los niños, similares a los que la Revolución Francesa había proclamado pocos años antes para todos los ciudadanos adultos y de sexo masculino.

En 1830, Samuel Arnold, un padre norteamericano preocupado porque su hijo de cuatro años se resistiera a aprender a leer, anotó lo que se vio obligado a hacer con el rebelde, tras encerrarlo desnudo en el sótano.

Acongojado y con el corazón en un puño, empecé a dar azotes… Durante esa tarea sumamente desagradable, sacrificada y enojosa, hice frecuentes interrupciones, (…) tratando de persuadir, (…) respondiendo a objeciones. Sentía toda la fuerza de la autoridad divina (…) como no he sentido en ninguna circunstancia de mi vida. Pero bajo la poderosa influencia del grado de airada pasión y obstinación que mi hijo había manifestado, no es extraño que él pensara que “Habría de ganarme la partida”, débil y trémulo como yo estaba, y sabiendo él que pegarle me hacía sufrir. (Samuel Arnold: An Astonishing Affair!)

George Cruishank: ilustración para Oliver Twist

Entre 1835 y 1839, el novelista Charles Dickens publicó el folletín Oliver Twist, la historia de un huérfano que sobrelleva odiosas injusticias desde el momento de nacer, a pesar de lo cual se mantiene firme en sus valores cristianos, que combinados con una serie de encuentros providenciales, finalmente lo llevan a obtener la fortuna y una familia. Dickens pasea a su héroe por una diversidad de ambientes, desde la miseria y la delincuencia, hasta la clase alta de la sociedad inglesa. En todas partes, su situación es precaria y los adultos no dudan en abusar de él, por carecer de adultos que lo protejan y tener pocos años.

En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido ese tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad, donde vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, un mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo que, aquellas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío. (Charles Dickens: Oliver Twist)

El médico francés Ambrose Tardieu y el inglés Athol Johnson, describen en 1860, en forma paralela las fracturas múltiples que presentaban los niños internados en hospitales o muertos por asfixia, no pocas veces como consecuencias de violaciones. A pesar de los eufemismos que se utilizaban en esos casos (se hablaba, genéricamente, e “atentados contra las buenas costumbres” para encubrir agresiones incestuosas) los profesionales demostraron que se trataba de agresiones bastante frecuentes. Esos fueron los primeros estudios realizados sobre el maltrato infantil, una situación que hasta entonces no había sido tomada en cuenta.

Johnson estuvo particularmente preocuado por la masturbación infantil, tanto masculina como femenina. Aunque era difícil detectar el orgen de prácticas como esas, fuera de los psosibles contactos con adultos depravados, Johnson intentaba erradicarlas mediante una combinación de charlas aleccionadoras, amenazas de cirugías en los genitales, baños fríos, vigilancia constante de las nanas y atadura de las manos a la cama durante el sueño. Con frecuencia, todo eso resultaba inútil. Cuando se mostraban reacios a obedecer, los niños se convertían en un dolor de cabeza para los adultos, que se resolvía castigándolos.

En 1861, Jules Verne, el famoso autor de innumerables novelas convertidas en clásicos de la literatura juvenil, tuvo con Honorine de Viane un hijo llamado Michel, que se rebeló repetidamente contra la autoridad paterna. A petición del autor, fue recluido primero en un correccional (la Colonia Penal Mettray) y luego en una institución para enfermos mentales. Cuando Michel creció, las relaciones entre ambos nunca mejoraron. Tras la muerte del padre, Michel se dedicó a completar y modificar sus obras inconclusas, y escribir otras en el mismo estilo. En 1886, Jules Verne paseaba con Gastón, su sobrino de 26 años, que le disparó dos veces con un revolver. La primera bala falló, la segunda impactó en su pierna izquierda, provocándole una cojera de la que nunca se recuperó.

Lewis Carroll: Alice Liddel como mendiga

Alice Pleasence Liddell había cumplido diez años en 1862 y tenía dos hermanas Edith y Lorina, cuando fue invitada un día de verano por dos hombres maduros a dar un paseo. El reverendo Robinson Duckworth remaba el bote, mientras Charles Dodgson improvisaba divertidas historias que tenían como protagonista a otra niña. Dodgson era un profesor de Lógica que en sus ratos libres fotografiaba a niñas semidesnudas, a veces disfrazadas de mendigas, con autorización de sus padres. Dos años más tarde, Dodgson presentó a Alice Liddell el manuscrito ilustrado del libro que recogía sus improvisaciones: era Alicia en el País de las Maravillas.

¿Acasp la niña disfrutaba la dedicación excesiva que le dedicaba ese hombre que no se atrevía alternar con mujeres de su edad? En uno de los capítulos de A través del Espejo, la Alice imaginaria manifiesta su deseo de no ser el personaje creado por el sueño de otra persona. La Alice real quedó fuera de los sueños de Carroll apenas creció. Tal como la Lolita de Vladimir Nabokov o los niños huérfanos que protegió (y probablemente acosó) James Barrie, ella estaba condenada por la naturaleza a desarrollarse y defraudarlo. El escritor no volvió interesarse en su amiga y musa inspiradora, cuando la pubertad la transformé en una adolescente.

Teresa Carreño a los 8 años

Teresa Carreño, pianista de nueve años, ofreció su primer concierto en el Irving Hall de New York, luego viajó a Paris, donde tocó ante Rossini y Lizst. A una edad en que muchos niños pasan desapercibidos (más aún en el caso de una niña), Teresa había superado un duro entrenamiento musical vigilado por Manuel Antonio Carreño, su padre, que en 1853 escribió un célebre Manual de Urbanidad y también 500 ejercicios para piano, todo en el mismo año en que nacía su hija. Fue Ministro de Relaciones Exteriores, luego Ministro de Hacienda de Venezuela entre 1861 y 1862, responsabilidades que abandonó para dedicarse a orientar la carrera de su hija. Eso hizo hasta su muerte, cuando ella tenía 21 años.

En 1864, hacia el final de la Guerra de Secesión norteamericana, 247 niños y adolescentes de la Academia Militar de Virginia, veinticinco de ellos menores de dieciséis años, participaron en la batalla de New Market, ante la falta de soldados adultos (algo parecido había sucedido con las mujeres soldados). El General sureño John Breckenridge disponía de apenas 1500 hombres y reservó a los jóvenes para el ataque final. Cuarenta y cinco cadetes fueron heridos y diez murieron. La participación fue inútil, porque un año más tarde la guerra había concluido, con la derrota del Sur.

Gustave Doré: La pequeña vendedora de fósforos

La era victoriana convirtió a los niños en un tema conmovedor, que se utilizaba con propósitos decorativos. Los niños aparecían en las tarjetas postales que acababan de invadir el mercado, en las latas de golosinas, en los anuncios comerciales. El escritor danés Hans Christian Anderson murió en 1875 dejando una extensa obra donde se destacan los cuentos para niños, cuyos personajes son niños dolientes, a quienes no espera ningún final feliz, como había sido la norma de los cuentos de hadas. En La pequeña vendedora de fósforos, la heroína es una niña desamparada que muere de frío, en vísperas de la Navidad, encendiendo uno tras otro los fósforos que esperaba vender en la calle. ¿Cómo no conmoverse ante tal cúmulo de desgracias? El mundo es cruel con los jóvenes y ni siquiera les está permitido ilusionarse con una felicidad que no habrá de llegarles.

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve y la noche se venía encima. Era el día Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnudos. Tenía zapatos cuando salió de su casa, pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado; tan grandes que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no lo pisaran los carros que iban en direcciones opuestas. (Hans Christian Andersen: La Vendedora de fósforos)

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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2 respuestas a NIÑOS DEL SIGLO XIX (I)

  1. beatriz lopez dijo:

    esta bueno conocer la historia de los niños que no se consideraban como sujetos de derechos y eran maltratados o abandonada hoy la historia se repite, estan en las calles abandonados, con derechos que nadie hace cumplir

  2. Giovanni Guerrero dijo:

    Teresa Carreño murió de 63 años, el 17 de junio de 1917 en New York!

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