NIÑOS SANTOS

Cornelius Can Haarlem; Matanza de los Inocentes

En el culto cristiano, prosperó a partir del siglo IV la celebración de los  Santos Inocentes, recordando a un número indeterminado de niños nacidos en Belén, que de acuerdo al cronista Flavio Josefo y el Evangelio de Mateo habrían sido degollados por Herodes, que intentaba destruir de ese modo a quien pudiera convertirse en Rey de los judíos. Si el hecho fuera efectivo, no pudo haber incluido a más de una decena de víctimas, en contraste con la multitud que proponen los pintores de todos los tiempos. La imagen del sacrificio involuntario por la fe, reaparece en las historias de otros niños santos, tanto más conmovedoras cuanto menor es la edad de quienes sufren y mayor su compromiso con la fe cristiana.

A la edad de doce años, por ejemplo, Filomena conoció el martirio bajo Diocleciano, durantes los primeros tiempos del cristianismo. Su tumba, descubierta siglos más tarde, revelaba que había muerto herida por flechas. La historia de Eulalia de Barcelona, se ambienta durante la misma época. Se cuenta que sus padres la encerraron para evitar que confesara su adhesión al cristianismo. Ella escapó, proclamó su fe, la martirizaron y murió desnuda en la cruz. De acuerdo a la leyenda, los cabellos de Eulalia crecieron repentinamente y se produjo una espesa nevada que la protegió de miradas indiscretas. En el siglo IV, Juliana de Nicodemia fue encarcelada, torturada y decapitada, tras haber sido acusada de propagar el cristianismo.

Dióscoro fue otro mártir cuando la nueva fe era perseguida por el Emperador Decio. Dióscoro tenía doce años y había nacido en Egipto. Pancracio murió en Roma por la misma causa. Justo y Pastor tenían siete y nueve años cuando se resistieron a renegar del cristianismo. La tradición atribuye a Justo palabras tan aleccionadoras como escasamente creíbles:

No temas, Pastor, esta muerte que se nos apareja; no te asusten los tormentos, dudando que por la ternura de tu cuerpo no podrás sufrirlo; no temas el cuchillo que ha de romper tu tierna garganta. Mira que Dios es el que hace la merced que podamos morir por él, y no es razón que se ponga duda en que no nos dará todo el esfuerzo necesario para alcanzar el bien se servido hacernos.

Los niños de los inicios del cristianismo, fueron convocados por la iglesia del Medioevo, con el objeto de cumplir un rol aleccionador, similar en más de un sentido al de los modelos de la publicidad del mundo actual. Si ellos, que gozaban de tan poca estima, demostraban tal entereza ante la muerte, ¿qué le correspondía a los adultos, que no fuera imitarlos? Después de que el cristianismo dejó de ser perseguido, y gracias al Emperador Constantino se convirtió en religión del Estado, los santos asumieron otras formas menos sangrientas.

En la actualidad nadie consideraría que las convicciones de una anoréxica deben ser aceptadas como datos confiables, dignos de apoyo, porque provienen de una mente que distorsiona sistemáticamente la realidad y necesitan ser evaluados en otro contexto de mayor objetividad, si se pretende auxiliarla a superar su enfermedad. En el pasado, los criterios eran otros.

La bella Josefina de San Geminiano, en Italia, deseosa de escapar de las tentaciones del mundo que no había tenido la oportunidad de conocer, pidió a Dios que arruinara su hermosura. De acuerdo a sus seguidores, esas plegarias piadosas pero insensatas fueron oídas. A los diez años quedó paralítica, su cuerpo de cubrió de llagas. A los quince años murió, para su satisfacción y la de aquellos que conocieron la historia.

Tarcisio, convertido actualmente en patrón de los monaguillos, fue un niño romano que en el siglo III de nuestra era fue apedreado por una multitud que pretendía profanar los sacramentos que él transportaba en un relicario. El martirio de Ulpiano es todavía más extraño. Lo encerraron en un odre de cuero, en compañía de una serpiente y un perro, como si no bastara una sola de esas amenazas, para hundirlos a continuación a todos en el mar..

El atractivo Pelayo de Córdoba tenía trece años a comienzos del siglo X, durante la ocupación islámica de España. De acuerdo a tradición, lo habrían condenado a una muerte horrible (despedazado con tenazas) por rechazar las costumbres disolutas del califa Abd al-Rahman III que pretendía convertirlo en su amante.

Los santos del Medioevo europeo son responsables de portentos que carecen del potencial ejemplificador de otras épocas. Gerardo de Mayela, que había quedado huérfano de padre, a mediados del siglo XVIII, trabajaba como cocinero y camarero del Obispo Claudio Albibi. Se le atribuye el prodigio de haber recuperado las llaves que su patrón había perdido en un poco de agua, haciendo que una figura del niño Jesús atada de una cuerda las devolviera.

A mediados del siglo XIX, Domingo Savio, no llegó a vivir quince años. Estudiaba con Don Bosco. Le tocó vivir en una época en que el cristianismo se había impuesto y los mártires parecían cosa del pasado. Domingo decidió sacrificarse a sí mismo, reduciendo la comida, durmiendo menos, desabrigándose en invierno y dedicando cada vez más tiempo al rezo. Don Bosco le prohibió hacer penitencia. Murió de pulmonía.

Marie-Bernard Soubirous, que había nacido en Lourdes y tenía catorce años, era hija de un molinero endeudado, padre de cuatro hijos, y no había logrado aprender a leer ni a escribir. Mientras se preparaba en 1858 para tomar la primera comunión, Bernardette salió a buscar leña con dos niñas. Al quedar sola, experimentó la primera aparición de la virgen María, el 11 de febrero.

Bernadette Soubiros

La segunda ocurrió el 14 del mismo mes. Bernardette había sido acompañada por las dos niñas, pero ellas no vieron ni oyeron nada. Para la tercera aparición, el 18 de febrero, una vecina y una monja acompañaron a Bernardette. Las apariciones se repitieron siete veces en febrero, dos en marzo, una en julio y pronto comenzaron a sucederse los prodigios: un manantial de aguas purísimas apareció en la gruta, un minero ciego recuperó la visión de uno de sus ojos, los creyentes acudieron con velas encendidas, 200 millones de peregrinos han acudido a Lourdes hasta la fecha, y 6700 aseguran haberse curado de alguna dolencia grave.

Ceferino Namuncurá fue un niño mapuche nacido en la Patagonia argentina en 1887 y bautizado poco tiempo después de haberse salvado de morir ahogado. En 1897, le pidió al misionero salesiano que lo bautizó, que lo llevara a estudiar para capacitarse como maestro de su pueblo. Era hijo de un militar y nieto de un cacique mapuche. Lo inscribieron como estudiante interno de los salesianos. En 1898 recibió la primera comunión. En 1902 contrajo tuberculosis. A los 17 años lo llevaron a Turín (Italia) donde se esperaba que recuperara la salud e ingresara en el seminario sacerdotal. Ceferino murió a los 18 años. Se convirtió en objeto de la devoción popular en Argentina, se le atribuyeron milagros. Fue beatificado por la Iglesia Católica en 2008. De algún modo representa a los pueblos originarios que el Estado se encargó de desconocer, cuando los desposeyó de sus territorios, lengua y religión. Es el indígena débil, exiliado, sometido a un culto foráneo y elevado a los altares por su aceptación de circunstancias tan adversas.

En 1902, María Goretti, una campesina analfabeta de doce años, huérfana de padre, trabajaba como temporera en la propiedad del conde Mazzoleni. Allí conoció a Alessandro Serenelli, un joven siete años mayor, que vivía en la misma casa y comenzó a asediarla. Como la niña resistió sus intentos, le infirió catorce puñaladas. María murió como consecuencia de la agresión y con los años fue creciendo la fama de los hechos en los que se vio envuelta. La Iglesia Católica la beatificó en 1947 y fue canonizada en 1950. Los movimientos feministas han criticado la veneración a Maria Goretti por reforzar el desprecio a la mujer, a quien se prefiere muerta, con tal de preservar su virginidad.

Laura Vicuña

La historia de Laura Vicuña, que murió a los doce años, en 1904, es todavía más ejemplar para los creyentes. Su madre viuda convivía con Manuel Mora, dueño de una estancia en la Patagonia argentina. Para la niña educada por las monjas de la orden de María Auxiliadora, esa relación no consagrada implicaba una ofensa contra Dios y ella estaba dispuesta a dar su vida para salvar el alma de su madre. De acuerdo a la tradición (porque no hay ningún testimonio confiable al respecto) el último diálogo de madre e hija habría incluido la siguiente declaración de la niña agonizante:

Muero, yo misma se lo pedí a Jesús, hace dos años que ofrecí mi vida por ti, para pedir la gracia de tu conversión, mamá. ¿Antes de morir, tendré la dicha de verte arrepentida? (Laura Vicuña)

Si esto hubiera ocurrido, la conversión de los adultos mediante el recurso extremo de solicitar la muerte a Dios, puede ser evaluada por los creyentes como un sacrificio no inferior en méritos al de los mártires de la fe, mientras desde la perspectiva de quienes no creen, será vista como una manipulación simple y llana de la vida de los adultos. En el curso de su canonización, la imagen de Laura Vicuna, documentada por las fotografías, fue reemplazada por otra, menos reveladora de sus ancestros indígenas.

Los pastores de Fátima

En 1917 Lucía dos Santos, una pastora de ovejas de diez años y sus primos Francisco y Jacinta Marto, de nueve y siete respectivamente, afirmaron haber presenciado las apariciones de la virgen María que les recomendó rezar el rosario y les pidió reunirse durante seis meses, para la misma fecha, y construir un capilla en la Cova de Iria, cerca de Fátima. Lucía había tomado la primera comunión a los seis años y comenzó a enseñar el catecismo a los nueve. Pronto los tres fueron seguidos por millares de creyentes que esperaban compartir el milagro. Francisco murió dos años después de las visiones. Jacinta, tres años más tarde. Lucía tomó los hábitos en 1921 y sobrevivió hasta 2005. En la actualidad, cuatro millones de peregrinos llegan a Fátima todos los años.

María del Carmen González Valerio vivió apenas nueve años, en la España trastornada por la Primera República y la posterior guerra civil.

Antonietta Meo

Antonietta Meo, llamada Nennolina, muerta a los siete años, es la figura más precoz del santoral católico. Víctima del cáncer, le fue amputada una pierna. Mientras se preparaba para la primera comunión, le dictaba a su madre cartas destinadas al niño Jesús (más de un centenar) y otras tantas a la Virgen María, que fundamentaron la fama de santidad de Antonietta. Su beatificación impulsó una polémica desusada: ¿a partir de qué edad podían tomarse en cuenta las virtudes que caracterizan a un santo?

Los niños santos del cristianismo tienden a ser mártires, víctimas de los adultos. Han vivido tan poco tiempo, que sus virtudes no se manifiestan en escritos doctrinarios ni en la prédica capaz de arrastrar a multitudes, sino en la disponibilidad para sufrir el maltrato y la muerte prematura (aunque no la vejación de sus cuerpos y mentes).


Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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