PINOCHO, PINK FLOYD Y LA UTOPÍA PESIMISTA DE CARLO COLLODI

Carlo Collodi: Pinocchio

Los niños aprenden muy temprano que el mundo real es controlado por los adultos. Puede ser que no entiendan demasiado cómo sucede, ni por qué, pero su experiencia les basta para darse cuenta de que no es el mejor de los mundos posibles para ellos. Si abrigan alguna esperanza de mejorar su situación personal, saben que antes deberán crecer y reemplazar a los adultos, vengándose en sus propios hijos las afrentas que ellos recibieron de sus padres y maestros. Los adultos deciden qué está bien, qué está mal, qué deben aprender los niños y qué deben ignorar, qué deben comer, a qué hora deben acostarse. Ellos elaboran los reglamentos que los niños habrán de obedecer y los aplican sin consideraciones, no pocas veces de acuerdo a su capricho del momento, sin que los otros adultos reaccionen para impedirlo.

Max Stirner, Piotr Kropotkin, Pierre-Joseph Proudhon, Mijail Bakunin, Enrico Malatesta, habían sentado las bases de diversas corrientes del anarquismo durante el siglo XIX, que coincidían en el cuestionamiento de la autoridad del Estado, de las iglesias, de la familia burguesa. Leon Tolstoi en Yasna Poliana, la escuela que estableció para los hijos de los campesinos, suprimió la obligación de asistir a clases, los exámenes, las tareas, los textos de estudio.

Durante las últimas décadas del siglo XX, el sentimiento antiautoritario de los jóvenes los condujo a rechazar no solo a los maestros ineptos que se atrincheran en las escuelas para reproducir esquemas vacíos, sino a la educación en su totalidad; un sentimiento que se expresa en los movimientos estudiantiles de mayo del ´68 en Paris, en el ecologismo, el feminismo, y desemboca una década más tarde en una ópera-rock del conjunto Pink Floyd:

Alan Parker: The Wall

No necesitamos educación / Ni necesitamos control mental / Nada de oscuros sarcasmos en la clase / Profesores, dejen solos a los niños / ¡Eh, profesores, déjenlos solos! (David Gilmour, Bob Serrín y Rogers Waters: The Wall)

De acuerdo al mensaje de un grupo musical inserto en la industria cultural, la juventud no necesita maestros. Se trata de una rebeldía fruto del enojo y la frustración, más que de una crítica sistemática de la sociedad y resulta demasiado atractiva como para no tomarla en cuenta. Son muchos los jóvenes que se sienten oprimidos por un sistema del que solo advierten las desventajas. No obstante, el proyecto de terminar con la educación formal y con los educadores profesionales, no conduce muy lejos. En todo caso, es un proyecto utópico, como la fraternidad universal o la dieta vegetariana. Puede tener adeptos, pero nadie espera que se imponga.

Hace más de un siglo, el punto de vista sobre la educación de los jóvenes solía ser otro: la educación, sin importar lo aburrida que pareciera, liberaba a todos los que se exponían a ella, permitía mejorar la calidad de vida de aquellos que participaban en un proceso que probablemente no resultara inicialmente placentero, pero no podía ser eludido.

Carlo Lorenzini (mejor conocido como Carlo Collodi), era un escritor que había participado en los movimientos reunificadotes de Italia durante el siglo XIX, que se oponían a la ocupación austríaca, publica en Il Giornale dei Bambini, como folletín semanal, Le avventure di Pinocchio. La historia obtuvo enorme repercusión entonces y a través de las diferentes adaptaciones para el cine que se han efectuado, como Pinocchio de Walt Disney o Artificial Intelligence: AI de Steven Spielberg.

Pinocho, un niño que no es tal, sino un muñeco de madera, escapa de la rutina del estudio y el afecto de Gepetto, el carpintero que le dio forma, su padre adoptivo y fabricante, para introducirse con otros escolares rebeldes en El País de los Juguetes, un mundo que prefigura a los parques temáticos de la actualidad, en el que reina la diversión sin mezcla alguna de trabajo.

Ese país no se parecía a ningún otro país del mundo. Toda la población estaba compuesta por niños. Los más viejos tenían catorce años, los más jóvenes apenas ocho. ¡En las calles una algarabía, un ruido, un griterío que martillaba el cerebro! Bandas de chiquillos por todas partes, jugaban a las bolitas, al tejo, a la pelota, andaban en bicicleta, en caballitos de madera; unos jugaban al gallito ciego, otros se perseguían; algunos, vestidos de payasos, devoraban antorchas; otros recitaban, cantaban, hacían saltos mortales, se divertían caminando con las manos y levantando las piernas por el aire; uno manipulaba el aro, otro paseaba vestido de general con birrete de papel y un escuadrón de cartón; reían, gritaban, se llamaban, aplaudían, silbaban; alguno imitaba el sonido de la gallina cuando ha puesto un huevo; en suma, un pandemonium, una baraúnda, un bullicio tan endiablado, que había que ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo. Por toda la plaza se veían teatros de madera, llenos de muchachos desde la mañana hasta la noche, y en todas las paredes abundaban, escritos con carbón, letreros tan divertidos como los siguientes: ¡Biban los gugetes!, ¡No keremoseskuela!, ¡Habajo Larin Metica! y otros por el estilo. (Carlo Collodi: Pinocho)

Pieter Brueghel: Juegos de Niños

Es una fiesta gemeralizada, donde todavía no hay drogas circulando, que de todos modos anuncia lo peor para quienes la disfrutan. Si las obligaciones de la escuela fueran suprimidas, atendiendo al deseo de los jóvenes, Collodi anuncia que la civilización no tardaría en derrumbarse y los jóvenes regresarían a la animalidad.

Pieter Brueghel, el Viejo, había pintado siglos antes el ámbito de la infancia despreocupada, entregada a una pluralidad de juegos individuales y colectivos, que se adueña del territorio de la ciudad, como si los adultos y sus restricciones que ellos plantean, hubieran desplazados provisoriamente de la vida cotidiana de los jóvenes.

En la celebración del Carnaval europeo, el mundo habitual se subvierte por tres días. A pesar de que el orden parece abolirse para siempre, solo se trata de preparar la contención de los instintos que reina durante los cuarenta días de Cuaresma y en menor medida, el resto del año.

En culturas no cristianas reaparece el esquema de libertad absoluta durante un lapso breve y sumisión posterior al orden establecido. Las ceremonias del Año Nuevo Chino tienen características similares, con el objeto de alentar el renacimiento del tiempo.

Yo mismo he visto cada noche de plenilunio del primer mes, caminos y callejuelas repletos de gente, donde el estruendo de los tambores ensordecía el cielo y las antorchas iluminaban la tierra. La gente se pone máscaras de animales y los hombres se visten de mujer; cantantes y malabaristas se disfrazan de maneras extravagantes. Hombres y mujeres acuden juntos al espectáculo y se reúnen en lugar de evitarse. Dilapidan sus bienes, destruyen su herencia. (Liu Yu)

Hay que destruir ostentosamente la rutina del orden establecido, para que el mismo esquema social se reinstaure con el vigor de siempre. Por unos días, todo debe transformarse, de acuerdo a la propuesta de Honoré de Balzac (en Las Ilusiones Perdidas (y Giuseppe Tomasi di Lampedusa (El Gatopardo), para que en el fondo nada cambie.

Pinocho es informado por Fosforito, que en ese mundo en el que predominan los niños, el tiempo se ha alterado de una manera tal que se pliega sin problemas a los deseos infantiles. Las clases han desaparecido para siempre, y toda la jornada se encuentra dedicada a los recreos. Los jueves no hay clases y las semanas pasan a estar compuestas por seis jueves y un domingo. Las vacaciones de otoño se prolongan de enero a diciembre. Todo aquello que podía resultar represivo, desapareció sin dejar huellas.

La felicidad en ese mundo paralelo al mundo real, sin embargo, no puede ser lo que se promete, ni mucho menos eterna. Los niños entregados a la satisfacción ilimitada de sus deseos, se convierten en asnos que mantienen las botas de cuero que usaron cuando eran humanos. Para Collodi no se trata de una metáfora. No es solo que al abandonar la escuela, esos niños dejen de aprender, sino que al apartarse del orden establecido se metamorfosean en cuadrúpedos, vendidos (traicionados) por los mismos que los invitaban a disfrutar sin preocuparse. Debajo de la aventura de Pinocho, la moraleja puede ser reconocida sin mucho esfuerzo.

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este artículo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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