NIÑOS BASTARDOS

Arnold Schwarzenegger

Cuando el actor y político Arnold Schwarzenegger afrontó en el 2011 la separación de su esposa, Maria Shriver, tras más de dos décadas de matrimonio, dejó al descubierto la relación estable que mantuvo con una empleada doméstica de la familia y la existencia de un hijo (o tal vez de varios), nacidos al mismo tiempo que los hijos legales. Para la sensibilidad contemporánea, la condena moral de la sociedad cae sobre el padre responsable de la situación, no sobre los hijos nacidos de una relación adúltera, por consentida que fuera. Él es quien queda expuesto ante la opinión pública como alguien seductor pero no demasiado confiable, mientras su pareja ilegal aparece más bien como la víctima de un abuso reiterado (podrá decirse también como cómplice del adúltero, puesto que no podía ingorar la existencia de una pareja legal).

Tradicionalmente, la imagen de los hijos bastardos era otra, tan incómoda que parecía justificar cualquier reacción de la sociedad para quitárselos de encima y evitar los pleitos sucesorios. ¿Cómo podía probar la madre quién había sido el padre? Antes de los análisis del ADN, que brindan evidencia irrebatible sobre la filiación, eso resultaba con frecuencia un trámite engorroso e incierto. Había que aportar testigos o pruebas fehacientes de los responsables. Se recurría a un argumento tan discultible como el parecido físico entre los hijos y el padre. Como consecuencia, siempre se podía poner en duda la filiación paterna.

En Cuento de Invierno, una de las últimas obras de Shakespeare, Leontes, un miembro de la nobleza que se considera mancillado en su honor por la traición no comprobada de su cónyuge, no duda en condenar a muerte a una niña indefensa, a quien ve como fruto de los amores ilícitos en los que habría incurrido la esposa.

LEONTES: Así, pues, te ordeno, por tu deber de vasallo, que saques de aquí a esta niña bastarda y la transportes a algún lugar lejano, fuera por completo de nuestros dominios, y que allí la abandones, sin más piedad, a su propia protección y a la clemencia del clima. Como la bastarda nos ha venido por extraña suerte, te mando, en nombre de la justicia, bajo pena de peligro de tu alma, y de tormento de tu cuerpo, que la entregues a la suerte de algún lugar extraño donde el azar pueda nutrirla o matarla. (William Shakespeare: Cuento de Invierno)

Carecer de padres conocidos (sobre todo, no disponer de un padre que suministre un nombre y entregara un patrimonio en herencia) fue considerado en muchas ocasiones como una mancha indeleble para aquel a quien se pretendía denigrar con ese calificativo, como si el mérito de una persona dependiera de sus antepasados, aquellos sobre cuya responsabilidad nada puede hacerse, más que de sus propios actos.

En la Biblia,Sara facilita la relación de su esposo con la esclava que debería darle el heredero que ella, por su avanzada edad no se encuentra en condiciones de brindarle. Sin embargo, una vez nacido Ismael, le advierte que no podrá considerarlo nunca s heredero, a la par que Isaac, el hijo legítimo. En la Biblia se prohibe a los bastardos, por ejemplo, la entrada en el templo, tanto a ellos como a sus descendientes, nada menos que diez generaciones, tas es la ofensa a la comunidad que plantea su mera existencia.

En Grecia, el sabio Pericles, cuya fama dio nombre a un siglo de grandes artistas y pensadores, los condenaba a ser vendidos como esclavos. Negarles todos los derechos de los ciudadanos, no era visto como un acto cruel, que sumarse a la discriminación evidente de ser privado de un padre. Solo se trataba de instalar medidas defensivas, mediante las cuales la comunidad esperaba no degradarse con la vecindad del bastardo.

Ofender o marginar a un bastardo, no era considerado un acto innecesariamente cruel, sino más bien un gesto legítimo, que defendía la integridad moral del grupo al que se pertenecía, contaminada por cualquier demostración de tolerancia o aceptación de la falta.

Hay, sin embargo, algunas bastardías más influyentes que otras, en una especie de equivalente invertido a las jerarquías de la filiación legal. En 1135 Geoffrey de Monmouth concluyó la escritura de Historia de los Reyes Británicos, donde narraba la historia de un niño sin padre, Merlín (o Myrddin), a quien se consideraba hijo de una monja y Asmodeo, nada menos que un demonio bíblico. Un origen tan excepcional lo capacitaba para emprender hazañas tales como conocer el futuro de los seres humanos. Bastardo era en este caso alguien de quien debía temerse que tuviera  poderes excepcionales, aunque no ostentara su filiación.

Merlín en ilustración del siglo XIII

Al rey Vortigern, que no lograba edificar un castillo, le aconsejaron que utilizara la sangre de un niño sin padre para mezclar la argamasa. Cuando le presentaron a Merlín como una de las posibles víctimas, el niño le advirtió al Rey que la razón de los derrumbes era otra: los cimientos del edificio se elevaban sobre un lago subterráneo, poblado por dos dragones dormidos, un rojo, otro blanco, que periódicamente despertaban y luchaban entre ellos (anunciando la victoria de los británicos sobre los sajones). Merlín iba a convertirse con el tiempo en el mentor del mítico Rey Arturo, creador de la Mesa Redonda (esta parte de su historia fue narrada por Robert de Boron hacia 1230). Probablemente hubo un personaje histórico al que la leyenda se refiere, que vivió en Gales, durante el siglo VI, pero eso ocurrió al menos cien años después del reinado de Arturo.

Hay historias de bastardos que heredan el poder, a pesar de las normas de sucesión y la enemistad de los parientes. Carlos Martel fue hijo de Pipino II y Alpaïde de Bruyères, su concubina, hacia fines del siglo VII. Tras la muerte de su padre, la esposa legítima lo encerró en la cárcel para facilitar la sucesión de sus propios hijos, pero una revuelta popular le permitió recuperar el poder. Si bien no llegó a ser proclamado rey, sus descendientes lo fueron.

En 1457, durante la noche, Leonardo da Vinci fue separado de Caterina, su madre, con quien pasó los primeros cinco años de su vida, para incorporarse a la nueva familia de su padre, que acababa de casarse con una joven de dieciséis años. Hasta entonces, había sido el hijo ilegítimo de una campesina. De pronto se encontraba huérfano, entre gente adinerada y extraña. De su temprana infancia, Leonardo recordaba el momento en que un pájaro había caído en su cuna, acariciando su cara con las plumas de la cola. Muy pronto quedaron en evidencia sus habilidades artísticas. Un vecino le pidió que pintara una tabla redonda y Leonardo pintó dos serpientes enredadas que escupían fuego, imagen tan asombrosa que el padre se la vendió a un mercader de arte de Florencia, que a su vez la ofreció al Duque de Milán. Con el dinero obtenido, el padre compró una pintura convencional, que entregó al vecino. A los catorce años, Leonardo entró como aprendiz al taller del renombrado artista Verrocchio.

En 1483, Edward V fue coronado como Rey de Inglaterra en el mes de abril, cuando tenía doce años, y probablemente encontró la muerte en la Torre de Londres, tres meses más tarde. No llegó a reinar, porque su tío y regente, quien se convertiría posteriormente en Richard III, decretó que él y su hermano Richard, de nueve años de edad, eran bastardos, para facilitar su ascensión al trono. De haber sido adultos, los habría acusado de conspirar contra él. Una vez encarcelados,  no volvió a saberse de ellos. De acuerdo al rumor recogido por Shakespeare en su obra teatral, fueron ahogados durante la noche. En 1674, durante una refacción de la Torre, se descubrieron los restos de dos niños, confirmando la leyenda. Quedar fuera de la filiación legal, era una condena difícil de apelar. Lejos de ser vista como una discriminación odiosa, que debería ser anulada por las mentes progresistas, la condición de bastardo era presentada como el signo de una predisposición que debía ser tomada en cuenta para marginarlos de los derechos reconocidos a quienes nacieron dentro del matrimonio. Un científico tan notable como Francis Bacon, no dudaba en alimentar el prejuicio.

Las personas deformes y los eunucos, los viejos y los bastardos, suelen ser envidiosos porque el que no puede remediar su propio estado, hará lo posible por dañar el de los demás. (Francis Bacon)

Durante los primeros tiempos de la colonización de América por las potencias europeas, fueron pocas las mujeres que acompañaron a los soldados y marinos, mientras los matrimonios de europeos con mujeres nativas estaban prohibidos o resultaban innecesarios para las parejas de hecho. Engendrar hijos no reconocidos, en cambio, llegó a considerarse una política de Estado. Los europeos encontraron en América estructuras mentales que diferían de las suyas, tal como testimonia un cronista del siglo XVII sobre la situación de los hijos nacidos fuera del matrimonio en Brasil.

Cuando una moza está lista para dar a luz, se le pregunta quién es el padre del niño que tiene en el vientre. Entonces ella lo dice y, si el indicado confiesa y reconoce ser el padre del niño, la madre lo acepta y cría con mucho cuidado. Si el padre reniega del niño, tanto la madre como los padres de ella, toman al pequeño bastardo que salió de su vientre y van a enterrarlo vivo, como indigno para vivir, pues su propio padre lo niega y no lo reconoce. Lo hacen también para vengarse del padre que no lo reconoció y que había abusado de su hija, considerándola (…) una prostituta. (…) Los salvajes creen que la madre no tiene ninguna participación en la generación del hijo, sino que todo viene del padre y la madre solo sirve (…) de envase. (Antonio de Gouveia)

Juan de Austria

Algunos bastardos disfrutaron los favores de padres que sin embargo no estaban en condiciones de reconocerlos en el momento de su nacimiento. Fue el caso de Juan de Austria, hijo de Carlos V de España, por entonces viudo y Bárbara Blomberg. Tras la abdicación del rey, el niño fue reconocido como miembro de la familia real por Felipe II y se le otorgó el nombre de Juan de Austria.

Bernardo O´Higgins

En 1782, Bernardo, futuro prócer de la independencia de Chile, hijo de Isabel Riquelme,  una madre soltera de buena familia, tardó en ser aceptado por su padre, Ambrosio O´Higgins, por entonces Capitán General de Chile, que lo separó de su madre, lo entregó a un tutor para que le diera una buena educación (sin haberla suministrado su apellido aún), luego lo envió a un colegio de Lima y posteriormente a Europa, donde conocería a Francisco de Miranda y otros personajes relevantes de la causa americana. Solo al cumplir veinte años, tras la muerte de Ambrosio, Bernardo adoptó el apellido que le correspondía. En 1816 nació su hijo Demetrio, fruto de las relaciones con Rosario Puga, que tampoco llegó a ser su esposa. Hijo de un padre poderoso, que no quiso reconocerlo, O´Higgins fue a su vez padre de hijos a los que tampoco reconoció.

Mestizos alemanes

Durante el siglo XX, los alemanes acuñaron la denominación Bastardos de Renania, para designar a los descendientes mestizos de soldados del ejército francés que ocuparon esa región después de terminada la Primera Guerra Mundial y encontraron mujeres locales, con quienes tuvieron hijos, nativos en los papeles, pero de incómodo tono de piel. Ellos no eran los únicos alemanes de color que molestaban a Hitler. Desde el siglo XVII, los esclavos negros, traídos de las colonias africanas, habían sido introducidos por sus dueños en Europa y sus descendientes continuaron residiendo allí. Los alemanes que residían en el Congo y otras colonias de África, se relacionaron con mujeres nativas y engendraron mestizos. Si bien eran alemanes en los documentos, su aspecto los diferenciaba del estereotipo nórdico que el régimen nazi pretendía imponer en su país y el mundo durante los años ´30. Limpiar esa mancha que los acusaba de haber sido débiles en el pasado y mantener relaciones sexuales con razas inferiores, cuya sola vecindad los ofendía. Por eso fueron esterilizados más de quinientos de esos descendientes que los avergonzaban y se encerró a tres mil en campos de exterminio, confiados en que los trabajos forzados, el hambre y las cámaras de gas liquidarían la evidencia de que no siempre se consideraban tan superiores como afirmaban.

El desprecio del adversario se manifiesta popularmente al atribuirle la condición de bastardo u homosexual. Se supone que algo le falta al otro, algo que lo diferencia de quien lo adjetiva, lo vuelve menos digno de consideración y facilita el enfrentamiento.

El objetivo de la guerra no es morir por tu país, sino hacer que otro bastardo muera por el suyo. (George Patton)

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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