SUMISIÓN INFANTIL DE AYER, HOY O MAÑANA

A todos los que se murieron de aburrimiento en el colegio o a quienes hizo llorar su familia, a quienes, durante su infancia, fueron tiranizados por sus maestros o zurrados por sus padres, dedico este libro. (Jules Vallés: Dedicatoria de El Niño)

Courbet: Retrato de Jules Vallés

Casi un siglo después de la Declaración de los derechos de los ciudadanos por la Revolución Francesa, un sobreviviente del movimiento libertario de la Comuna de Paris, Jules Vallés, plantea en la novela El Niño (1879) la necesidad establecer los derechos del niño.  La propuesta resultó en su momento tan indigna de crédito, como años antes la idea de pensar en los derechos de la mujer. No era el momento más oportuno. No iba a serlo por mucho tiempo. Hubiera podido no serlo nunca, de acuerdo a las convicciones de la mayoría.
Las relaciones que a través de la Historia entablan los seres humanos adultos con sus niños, han sido y continúan siendo tan complejas y por lo general tan faltas de equidad e inaceptables desde un punto de vista ético, como cualquiera puede ver, gracias a que los niños muy rara vez se encuentran en condiciones de defenderse de las agresiones de los adultos, que la mayor parte de la comunidad aprueba, o no perciben que se los está agrediendo siquiera, y ellos deberían resistirse, porque les corresponde ese derecho como seres humanos de cualquier edad o condición social.
El sometimiento se reclama con la excusa de algo más digno de respeto, el aprendizaje. La letra con sangre entra, dice el refrán, resumiendo una opinión que sostienen los adultos y ha sufrido pocos cambios a través de los siglos. Otra versión propone: quien bien te quiere, te hará sufrir. Mediante el rigor ejercido no importa con qué criterios por los adultos, se conseguirá el aprendizaje de los jóvenes, pero mucho antes que eso, las pruebas de su sumisión. Los niños aceptan que los adultos decidan por ellos. También que abusen (lo que no constituye una excepción). Si bien se piensa, obtenida la sumisión, ¿qué importa el aprendizaje del niño, para un adulto que lo tiene en sus manos? Debería ser un santo para autoimponerse límites después de haberlos suprimido.
Demóstenes tenía siete años cuando su padre murió, dejándole recursos tan envidiables como una cantidad de esclavos y vastas propiedades, pero también tres tutores adultos, Aphobus, Demophon y Theríppides. Los tres abusaron de la confianza que había sido depositada en ellos. Cuando Demóstenes llegó a los doce años, les pidió cuenta del manejo de sus bienes. Las negociaciones para recuperar el patrimonio perdido o mal empleado por sus tutores, duraron dos años.

¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Qué de miserias y engaños no experimenté, cuando se me proponía a mí, niño, como norma de bien vivir, obedecer a los que me amonestaban (…). Me pusieron en la escuela para que aprendiera las letras, en las cuales ignoraba yo, miserable, lo que había de utilidad. Con todo, si era perezoso en aprenderlas, era azotado, sistema alabado por los mayores, muchos de los cuales, que llevaron este género de vida antes que nosotros, nos trazaron caminos tan trabajosos, por los que se nos obligaba a caminar, multiplicando así el trabajo y dolor a los hijos de Adán. (San Agustín: Confesiones)

No suele preocupar demasiado si las relaciones ente niños y adultos, en el seno de la familia o en las instituciones educativas, revelan contradicciones y anomalías que deberían ser tomadas en cuenta; tampoco si en todos los casos se respetan los derechos de los niños (una idea tan reciente o quizás tan resistida por la opinión pública, que la UNICEF llegó a establecerla tan solo en 1959).

Principio 1. Derecho a la igualdad, sin distinción de raza, religión o nacionalidad.
Principio 2. Derecho a una protección especial para que puedan crecer física, mental y socialmente sanos y libros. (…)
Principio 8. Derecho a atención y ayudas preferentes en caso de peligro.
Principio 9. Derecho a ser protegido contra el abandono y la explotación en el trabajo.
Principio 10. Derecho a recibir una educación que fomente la solidaridad, la amistad y la justicia entre todo el mundo. (UNICEF: Declaración de los Derechos del Niño)

Antonio Berni: La escuela

El sistema educativo, que debería sentar las bases de un trato ejemplar, suele aceptar las mismas ideas respecto de la sumisión infantil que predominan en la sociedad tradicional. Puesto que los niños deben ser formados en un tiempo limitado para la cantidad de conocimientos que están obligados a asimilar, antes de convertirse en adultos similares a quienes los están formando, ¿por qué escandalizarse de que la formación incluya algún desborde de fuerza de parte los adultos, que sin duda tienen las mejores intenciones, pero que de acuerdo a las evidencias se impacientan? El castigo físico solo ha sido rechazado (en las declaraciones al menos) en épocas recientes, pero del psicológico no se habla demasiado.
Lo más probable ha sido que la cultura tradicional considere a los niños como seres humanos incompletos, a los que corresponde manipular sin consideraciones, mientras no hayan alcanzado la mayoría de edad y se encuentren en condiciones de resistirse. Durante esa etapa que es breve pero decisiva para ellos, se encuentran sometidos a la voluntad de adultos que no tienen obstáculos para hacer y deshacer lo que les plazca con aquellos que se encuentran a su cuidado.
Los niños deberían tener paciencia y superar la etapa de la infancia, para comenzar a ser merecedores del respeto que los adultos reclaman para ellos.
Uno de los signos de la modernidad ha sido la difusión (espectacularizada) de temas conflictivos tales como los derechos de las minorías injustamente relegadas por la sociedad tradicional. Los medios de comunicación han recogido planteos que existían desde mucho antes, para convertirlos en material de su discurso, con el objeto de atraer a una audiencia que probablemente ya los conocía pero no les otorgaba importancia o no lograba imponerlos en la discusión pública.
Los reformadores sociales del siglo XIX sensibilizaron a ciertas capas de la sociedad sobre la indefensión en la que se encontraban los niños. Durante el siglo XX se fue advirtiendo que la situación se encontraba todavía más extendida, por lo que no bastaba con la buena voluntad de unos pocos para resolverla. A pesar de que se aprobaron leyes nacionales y convenios internacionales tendientes a mitigar la explotación de los niños, no puede afirmarse que hayan sido eficaces para impedir que los abusos continúen y se incrementen. En la actualidad existe más información sobre el tema y se una generalizada sensibilidad sobre el tema que antes preocupaba a unos pocos.
Nominalmente, la niñez se encuentra hoy más protegida que en el pasado y puede castigarse con mayor firmeza a los infractores, pero esto ocurre solo en ciertas regiones, las más desarrolladas del planeta, y suele ir acompañado por un incremento de la desconfianza en las relaciones entre niños y adultos. Si ayer se hacía la vista gorda, hoy toda cercanía se vuelve culpable, como si no hubiera otra manera de respetar a los niños, que segregarlos de los adultos.
Ahora los niños se han vuelto temibles para los adultos, más que dignos de respeto, mientras la mayoría continúa sometida a la tradicional condición de víctimas. Después de que los legisladores decidieron tomar cartas en el asunto, para evitar la desprotección y el abuso, permanecer demasiado cerca de los niños, en privado, implica responsabilidades que apartan a más de un adulto, porque en poco tiempo, casi todo lo que antes se consideraba normal, aceptable para el resto de la sociedad, hoy se ha vuelto sospechoso de las peores intenciones.

Escuela primaria norteamericana, mediados del siglo XX

Rousseau puede ser uno de los nombres fundamentales de la pedagogía, pero a mediados del siglo XVIII, él no toleraba la cercanía de sus propios hijos, a los que engendraba en sus sirvientas y entregaba apenas nacido a un orfanato, como si fueran un estorbo intolerable, que no le costaba mucho apartar de su vida.
Solo en el siglo XXI han logrado incorporarse al léxico cotidiano términos como efebofobia (temor a los adolescentes) o pedofobia (temor a los niños) que no hubieran significado nada en otros contextos históricos. Puede discutirse si efectivamente los niños se encuentran en la actualidad más protegidos que antes, pero es evidente que se encuentran más solos que nunca, gracias a la tecnología de la comunicación; que se los explota de otro modo, no solo como fuerza de trabajo, sino también como consumidores; que la sociedad tolera el abuso, o que (a pesar del horror que proclama al darse por enterada) no puede evitarlo.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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