NIÑOS DE LA FICCIÓN: PERSONAJES EJEMPLARES

Desde siempre, los adultos se creen obligados a suministrar una batería de héroes para el anunciado disfrute de la infancia, que al mismo tiempo deberían servirles de modelo de comportamiento o interpretación del mundo. Es la concepción de ningún modo desinteresada, que se preocupa de unir lo útil a lo agradable, dando la impresión de pedir disculpas por entretener. Como se trata de elaboraciones de adultos, parece inevitable que se deslicen caricaturas declaradas, que denuncian su objetivo didáctico y sin embargo llegan a ser aceptadas por los niños, probablemente porque prometen más diversión que aleccionamiento.

El pastor Johann David Wyss, padre de cuatro hijos, redactó a comienzos del siglo XIX una novela didáctica, titulada La Familia Robinson Suiza, que utilizaba el esquema del libro de Defoe, para contar la historia de un grupo familiar que naufragaba en una isla tropical y debía aprender a arreglárselas por sí mismos. Las aventuras que ellos corren, tienen como objetivo demostrar las ventajas de la cooperación, la frugalidad, la resignación, la constancia en el esfuerzo y otras virtudes propuestas por el culto protestante. Los personajes juveniles solo existen para recibir y aprovechar esas lecciones, motivo por el cual no tienen demasiado relieve propio.

A mediados del siglo XIX se publicó Tom Brown en la escuela, la novela de Thomas Hughes que logró una enorme repercusión y estableció el género de historias sobre niños y adolescentes internados en escuelas, que se extiende hasta la actualidad, como demuestran las novelas de J.K.Rawlings sobre el aprendizaje de Harry Potter.

Tom Brown es un chico amante del deporte, de carácter firme y buen corazón. La escuela donde estudia no es un sitio agradable, no por los adultos, sino por el trato humillante que utilizan los compañeros de otras promociones. Tom se encuentra libre de mezquindades como aquellas que Dickens plantea en Oliver Twist y de los abusos sexuales que han llegado a la luz pública durante el siglo XX. Los chicos de Hughes, que no esconde su propósito didáctico, son respetuosos de sus superiores, religiosos, honestos, cumplen con las tareas escolares y gastan su exceso de energías en el rugby.

En Dickens, la denuncia se combina con el propósito de organizar un personaje ejemplar. Oliver Twist debe mucho a la historia de Robert Blincoe, niño que trabajó a comienzos del siglo XIX en una hilandería y escribió luego un folleto donde describe las penalidades que sobrellevó. Dickens tuvo una experiencia similar en varios aspectos. En la novela, las penurias de la infancia se muestran en el contexto de la Revolución Industrial, que ha convertido a las ciudades en el territorio controlado por los delincuentes y una Justicia corrupta. Oliver es adiestrado para robar, si pretende sobrevivir, dado que la escuela pública es un sitio donde se extermina a los jóvenes.

La mayoría de los héroes juveniles de la literatura del siglo XIX son criaturas encantadoras, como el Pequeño Lord Fauntleroy descrito por la novelista inglesa Frances Hodgson Burnett, que los ilustradores dotan de largos rizos y un claro atractivo erótico para un pedófilo. Cuando estos personajes sufren, situación que los vuelve más indefensos, nunca falta un adulto que aparece a tiempo, los protege y genera su agradecimiento (que es una nueva forma de sumisión). Podrían estar sucios, desarrapados, enfermos, pero eso ocurre solo en las novelas de Mark Twain, donde ellos han elegido el camino de la marginalidad o la rebeldía contra el orden de los adultos.

Algo diferente pasa en las novelas de Charles Dickens, donde los niños suelen hallarse sometidos por adultos explotadores, que los maltratan, los roban y someten a graves riesgos. Las heroínas juveniles de su época viven aisladas del mundo exterior, protegidas por sus familias. En Mujercitas de Louise May Alcott, son varias adolescentes que se protegen unas a otras y de ese modo logran superar las adversidades de la pobreza y la ausencia del padre. Cuando la familia cae en desgracia, como sucede en La pequeña Dorrit, las niñas quedan expuestas a invitaciones de adultos que podrían convertirlas en prostitutas o esposas inmaduras, a pesar de lo cual la Providencia las protege y ofrece un final feliz, tras haberlas obligado a sufrir el asedio de su virtud.

Realmente no es un mal muchacho. Merece más que se lo compadezca. (…) Desde que era una criatura lo han arrastrado de un hotel a otro. (…) Lo llevan a Europa para que termine su educación. (…) Ese muchacho tiene doscientos dólares mensuales para sus gastos. Él me lo ha dicho. Y todavía no ha cumplido dieciséis años. Su padre posee varias líneas de ferrocarril. (…) Cuando vuelva de Europa, no habrá quién lo aguante. (Kipling: Capitanes Intrépidos)

Rudyard Kipling recurre a algunos temas clásicos de los personajes juveniles en Capitanes Intrépidos, novela construida en torno de un chico malcriado que naufraga y es recogido por un capitán de un pesquero portugués, que le enseña a trabajar y se convierte en sus padre sustituto. El aprendizaje de tres meses convierte al irresponsable en alguien que termina de madurar cuando su mentor tan estricto muere.

En Italia, Edmundo d´Amicis, un militante socialista, escribe Corazón, novela que toma la forma de un diario íntimo atribuido a Enrico, un niño de tercer grado. Incorporadas a la crónica de un año de estudios, como un suplemento mensual, se encuentran otras historias protagonizadas por niños de otros ambientes: De los Apeninos a los Andes, El pequeño vigía lombardo, El pequeño patriota Paduano o El pequeño escribiente florentino. Las cartas del padre se suman a este conjunto, para suministrar reflexiones morales y lecciones de urbanidad.

Querido Enrico: (…) No te veo ir a la escuela con la resolución y la cara sonriente que yo quisiera. Aún te muestras remolón. Piensa un poco en lo vana y despreciable que sería tu jornada si no fueras a la escuela. Al cabo de una semana pedirías volver a ella, harto del aburrimiento, avergonzado, cansado de tus juguetes y no hacer nada provechoso. (…) ¡Ánimo, pues, pequeño soldado! (…) Tus armas son tus libros, tu compañía la clase, toda la tierra tu campo de batalla! (…) ¡No seas, hijo mío, un soldado cobarde! (D´Amicis: Corazón)

Al lector se le ofrece la oportunidad de identificarse con personajes inventados para convencerlo de una visión del mundo que los adultos han decretado como la única correcta. La modernidad, en cambio, plantea otra perspectiva: esos lectores juveniles son ante todo consumidores a los que no conviene aburrir y más bien conviene halagar, para que sigan consumiendo ficciones.

En las ficciones del siglo XX, los personajes juveniles actúan como investigadores en ocasiones sagaces, pero al mismo tiempo miopes, del universo controlado por los adultos. Ellos enfrentan a delincuentes o salvan a los adultos de las amenazas planteadas por otros adultos. Se trata de roles que en la vida real no tienen demasiados equivalentes (porquea los niños se los mantiene apartados de responsabilidades simililares) y pueden ser evaluados como cuentos de hadas, sin duda modernizados, aunque no por ello menos improbables.

En Emilio y los detectives, la novela de Erich Kästner publicada en 1929 y pronto convertida en un filme exitoso, el niño protagonista es un provinciano, hijo de una madre viuda, a quien un carterista droga con chocolate y roba sus ahorros cuando viaja en tren a Berlin, donde debe entregarle el dinero a su abuela. La referencia a Caperucita Roja es evidente, pero las diferencias de época y la caracterización del personaje central terminan por imponerse. El chico no recurre a la policía inicialmente. Encuentra un aliado en otro adolescente, Gustav, que organiza a 24 amigos como detectives que siguen al ladrón, impidiéndole cambiar el dinero en un Banco y denunciándolo a la Policía.

Los libros de Enid Blyton fueron producidos en serie, para responder a la demanda de la industria cultural del siglo XX. En 1937 Blyton podía envanecerse de convocar a dos millones de lectores todas las semanas. Los Siete Secretos, Los Cinco, Los Misterios de Barney R, presentan a un equipo de niños que encaran con decisión digna de ser imitada, circunstancias inhabituales, aventuras que ponen en riesgo sus vidas y los conducen a develar enigmas capaces de hacer retroceder a los adultos. En la serie de veintiuna historias de Los Cinco, escritas entre los años `40 y `60, el grupo está compuesto por dos varones, dos chicas y un perro, que actúan como detectives en casos de robos, secuestros, tesoros escondidos y contrabando.

La fórmula explotada por Blyton (incluyendo la participación de un perro mascota) se repite en la serie Los Siete Secretos, que consta de quince novelas y de nuevo en Secreto, aunque sin perro y a través de solo cinco novelas. En la serie Aventura, los niños son cuatro, un loro los acompaña y un inspector de policía los ayuda a poner entre rejas a los delincuentes que los niños desenmascaran. Es el universo intrascendente, simple diversión solicitada por la industria cultural, que deriva sin muchos cambios en la producción audiovisual de la actualidad. De Los Cinco a los rutinarios dibujos animados de Scooby-Doo de William Hanna y Joseph Barbera en la televisión, ¿cuál es la diferencia?

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
Esta entrada fue publicada en Educación infantil, Modelos de comportamiento infantil, Niños en la Literatura y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s