REGALOS NAVIDEÑOS Y LA TRADICIONAL INOCENCIA DE LOS NIÑOS

Miracle on 34th street

Miracle on 34th street

En Miracle in 34th Street (dirección de la tienda neoyorkina Macy´s, famosa por su departamento de juguetería) se le encomienda a Doris Walker, una divorciada que tiene una hija pequeña, Susan, la organización del tradicional desfile publicitario de Navidad. Doris contrata a un viejo que parece haber nacido para interpretar a Santa Claus. Pronto se advierte que él está convencido ser Santa Claus, y de acuerdo a la opinión de Susan, inicialmente vista como una niña incrédula, sin ilusiones de ningún tipo,  él efectivamente lo es. Cuando lo denuncian como un enfermo mental, un abogado amigo de Doris lo defiende en un juicio que no disipa del todo las dudas. Más bien apoya la hipótesis menos verosímil para un adulto.

El viejo sin documentos de identidad, puede ser un vagabundo, surgido de una ciudad que cuenta con millones de habitantes, donde no falta gente que vive en la calle, durante el invierno más crudo, pero también puede ser el personaje mítico, que trae regalos para los niños en Nochebuena.

Esos regalos, de acuerdo a la argumentación seductora y falaz del filme, no tendrían que  relacionarse con los negocios millonarios de Macy´s y otras tiendas, porque representan el obsequio milagroso de un ser inmortal, que conoce en detalle el comportamiento de cada uno de los niños del planeta, y los estimula para ser obedientes o castiga sus rebeldías con dádivas tentadoras.

Uno de los grandes estudios de Hollywood, empresas cuyos objetivos no suelen ser la práctica de la beneficencia, plantea un curioso desafío de negación de la realidad. Según el filme Santa Claus existe, por lo tanto no hace falta informar a los niños sobre la verdadera procedencia de los regalos que esperan (y con frecuencia negocian detalladamente en las semanas que preceden a la celebración, mediante  el diálogo con sus padres).

¿La preservación del mito hace que los niños sean más felices? Con toda seguridad, sí, sobre todo en el momento en que el mito se confirma, pero habrá que ver si ese efecto placentero dura o no tarda en disiparse, para demandar un nuevo reclamo de objetos euforizantes. En una cultura que permite a la publicidad audiovisual utilizar todos sus recursos para vender no importa qué, los regalos de Navidad que los niños reclaman aparecen ambientados en un paraíso de efectos especiales similar al del cine de animación más refinado, que es imposible de recrear en la realidad. A medida que los regalos se sofistican, aumentan de precio, crecen las posibilidades de desengaño entre aquellos que los reciben, porque nada de lo quereciben es tal como se lo anuncia.

Con frecuencia, los juguetes que incluyen baterías, vienen sin ellas y permanecen inertes hasta que se las suministra. Luego de ser sometidos y el abuso inevitable de la novedad, quedan pronto sin energía, si es que no aburren por la limitación de su desempeño, ocultada por la publicidad. Los niños no suelen ser los usuarios más cuidadosos de los objetos que han recibido como regalo, que no les ha costado ganar, y los juguetes actuales no fueron fabricados precisamente para durar demasiado y transmitirse de una generación a la otra. Cualquier familia con niños acumula un depósito de chatarra lúdica, pocos días después de Navidad, porque el espíritu que se le atribuye a la fecha, después de haber reclamado tanta preparación, se disipa en pocas horas.

Tarjeta navideña 1907.

Tarjeta navideña 1907.

Cuando se observan las películas y programas de televisión provenientes de Hollywood, puede imaginarse que los rituales navideños son una tradición milenaria y permanecerá vigente mientras queden seres humanos en este planeta. Saludos del tipo Happy Holidays! o Season´s Greatings! indican una evidente ambigüedad referencial, que permite incluir sin esfuerzo a otras fiestas cristianas (como la Inmaculada Concepción o la Epifanía) junto a fiestas no cristianas (como es el caso del antiguo Januká de los judíos y el más reciente Kwanzaa de los cultos neoafricanos). Todo cabe en estas generalidades y los buenos deseos se masifican para no dejar a nadie fuera, de acuerdo a la estrategia clásica de la industria cultural.

La celebración de la Navidad se estableció en el siglo III de nuestra era, como un compromiso de los dirigentes cristianos con otros cultos que los habían antecedido en el ambiente multicultural del Imperio Romano y estaban todavía vigentes para la fecha en que el cristianismo se impuso como la religión del Estado. Hasta hace un par de siglos, los anglosajones protestantes no se habían puesto de acuerdo sobre la conveniencia de celebrar o no la Navidad. Los puritanos ingleses la prohibieron en el siglo XVII, por considerarla una invención papista de la que debían librarse. El desdén por la Navidad se mantuvo en los EEUU hasta mediados del siglo XIX, cuando se la consideraba una rémora de la cultura inglesa, que las ex colonias celosas de su independencia rechazaban. En Puerto Rico, en cambio, la celebración de la Navidad comienza en noviembre, tras el Día de Acción de Gracias, para continuar hasta febrero del año siguiente, cuando se plantea la Fiesta de la Candelaria.

Al niño del cielo que bajó a la tierra / le regalo mirra que inspira tristeza. / ¡Gloria en las alturas al Hijo de Dios! / ¡Gloria en las alturas y en la tierra amor! (Aguinaldo puertorriqueño: Los reyes de Oriente)

En algunos casos, se ofrecen regalos a parientes y amigos. En otros se los reclama, sugiriendo que ese intercambio es el motivo fundamental de la fiesta:

Denos aguinaldos. Denos aguinaldos. / Sí nos han de dar. / Que la noche es fría y tenemos que andar. (Aguinaldo mexicano)

Gaspar, Melchor y Baltasar.

Gaspar, Melchor y Baltasar.

Para el mundo católico, ortodoxo y copto, las figuras de los Reyes Magos vestidos lujosamente, montados en camellos y cargados de regalos, nunca fueron rechazadas, a pesar de la escasa información que suministran al respecto los Evangelios. Ellos prometen, lujo, exotismo y sorpresas placenteras. Puede existir discrepancia respecto de sus nombres (Gaspar, Melchor y Baltasar para algunos, Kagpha, Badalilma y Badadakharida para otros, Apellicon, Amerín y Damascón para otros) sin que por ello cambie su rol de benefactores providenciales. Puesto que hay regalos en juego, alguien debe traerlos y si se trata de seres fabulosos, mejor, porque de ellos cabe esperar no solo lo imposible, sino que es imposible reclamarles nada, cuando defraudan las expectativas de los beneficiados.

Poner los zapatos en la ventana o las medias en la chimenea, colocar pasto y agua fuera de la casa, para que los camellos se alimenten y sacien la sed, indican una disponibilidad de quien lo hace para el advenimiento de lo controlado en la vida rutinaria, de lo maravilloso, un anhelo que la sociedad nacida de la Revolución Industrial se dedicó a explotar sistemáticamente entre los consumidores de sus productos. Los regalos deben ser fabricados en serie, promocionados por los medios, vendidos en el comercio local, para que la actiduad económica despierte y todos seamos felices.

En la actualidad, se supone que hay que esperar con regalos, el despertar de los niños del 25 de diciembre. Esa suele ser la consigna repetida de los medios cuando se acercan las fiestas de fin de año. En algunos países, los regalos se distribuyen no en Navidad sino dos semanas más tarde, para que se corresponda con la mítica visita de Melchor, Gaspar y Baltasar.

La ilusión es una necesidad innata al ser humano. Los mayores, de hecho, jugamos a la Lotería, a pesar de que sabemos que las posibilidades de que nos toque el premio gordo son remotas; y seguimos mirando nuestros zapatos del día 6 [de enero] porque la de Reyes es sobre todo, la fiesta de la ilusión; la de los niños y los mayores. (Begoña Ibarrola)

Panamá: desfile navideño

Panamá: desfile navideño

De la ilusión sin demasiado fundamento a la más que probable frustración no hay mucha distancia. No es raro que la primera conduzca a la segunda. Los niños aguardan la repetición del ritual que suponen tan viejo como el mundo, y parecen convencidos de que existe alguna voluntad superior a sus familiares, que les asegura la llegada de regalos por esa época. En el peor de los casos, recibirán comida o ropa (como sucedía en el siglo XIX), no juguetes. Durante el curso del año, recuerdan, hay otras fechas propiciadas por el comercio, que comparten las mismas expectativas consumistas: la fecha del cumpleaños de cada uno y el reciente Día del Niño.

Una de las ventajas de los regalos de Navidad o Reyes, es que los obsequiados no se encuentran obligados a agradecer a nadie lo que reciben, por lo que terminan asumiendo que se trata de una reivindicación infantil atribuible (en el mejor de los casos) a la evaluación de haberse portado bien durante el año. Cuando estas condiciones no se han dado, tradicionalmente el feo Carbonilla era el personaje que acompañaba a Santa Claus o los Reyes y se encontraba encargado de regalar un trozo de carbón a los niños que lo merecieran. Hoy, esa figura del castigo se ha diluido. No entra en los planes del comercio dejar fuera del consumo a nadie.

En Miracle in 34th Street, para Susan, la niña que ha crecido carente de un padre y fue criada por una madre trabajadora, no es posible creer en cuentos de hadas. El filme se encarga de demostrar sin embargo que en la modernidad no hay espacio para esa madurez prematura. Ella es más feliz cuando se decide a creer que cuando se dejaba guiar por la razón. Los adultos que la rodean se revelan incrédulos, a pesar del intento de preservar la ingenuidad de la infancia (¿para qué? ¿Para favorecer las ventas de Macy´s?)

El Correo no devuelve las cartas que mandan los niños pedigüeños por no encontrar a los destinatarios (Santa Claus, Polo Norte). Fuera de un impreciso Oriente, ¿Alguien tiene la menor idea del domicilio de los Reyes Magos? En muchos países, algunas de esas cartas son leídas y respondidas con regalos que responden a sus deseos o no, pero que de todos modos demuestran que no es mala estrategia usar el servicio postal para comunicarse.

Santa Claus o los Reyes Magos son los dadores de regalos que llevan a cabo la distribución milagrosa que los ha vuelto notorios, en medio de una única noche (24 de diciembre o 5 de enero), mientras los niños duermen, confiados en que algo recibirán a cambio de nada. Niños inocentes a los que por acuerdo colectivo nada se les debería negar, niños cuyos padres se sacrifican para satisfacer sus caprichos, como si debieran disculpándose de haberlos traído al mundo conflictivo que los regalos mejoran solo por un rato, se convierten a veces en adultos jóvenes sin demasiados límites, cuando se trata de satisfacer sus deseos. No conviene confundirlos con seres libres y creativos, como esperaba la Ilustración, hace un par de siglos o el doctor Benjamin Spock hace un par de generaciones. No pocas veces se trata de jóvenes inadaptados, que de encontrarse con los personajes míticos, los desvalijarían. Después de todo, ¿por qué conformarse con un regalito de morondanga, cuando provienen de unos ancianos a los que no les faltan recursos y para colmo andan de noche, incapaces de defenderse?

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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