HIJOS DE PAREJAS ROTAS

A.Feurbach: Medea y sus hijos

A.Feurbach: Medea y sus hijos

JASÓN: Desdichado, quisiera a mis hijos besar / en las bocas amadas, ay, triste de mí!

MEDEA: Ahora sí les hablas y mimas; / ayer les dejabas sin ti. (…)

JASÓN: La piel de los niños déjame tocar.

MEDEA: No se puede. Inútil y vano es resistir.

JASÓN: ¿Oyes, Zeus, cómo soy rechazado / y de qué modo me trata la leona feroz / que a sus hijos mató de forma terrible? / Ahora en mis manos tan solo está / llorar estos males y al cielo invocar / y hacer a los dioses testigos de que / tras haber matado a mis hijos / ahora tú me impides que les dé sepultura. / ¡Jamás debí haberlos engendrado! (Eurípides: Medea)

En la mitología griega, Medea es una mujer seductora y temible, una hechicera que abandonó su patria y su familia, después de haberlos despojado de lo que consideraban más valioso, para entregarse a Jasón, un extranjero que le engendró un par de hijos. Ella es una esposa fiel y sin embargo está dispuesta a destruir todo lo que Jasón ama, cuando descubre que el hombre ha decidido abandonarla. Si él destruye la pareja y olvida a sus hijos, para asegurarse su futuro político mediante un nuevo matrimonio con la hija del rey Creonte, ella conserva sus poderes de antaño y los utiliza: envenena a la joven prometida, precipita la muerte de su padre y asesina a sus propios hijos, antes de dejar al hombre abismado en ese cúmulo de tragedias y marcharse conduciendo un carro tirado por dragones. La ruptura destruye todo. Ya no será posible recuperarse del daño que produjo.

Nadie es responsable de las circunstancias de su nacimiento, pero al mismo tiempo, nadie puede librarse de ellas. En el interior de una familia que por cualquier motivo se desmorona, los hijos se encuentran demasiado cerca y lo más probable es que sufran las consecuencias de lo que pasa entre los adultos. Ellos son demasiado débiles e inexpertos para defenderse. No esperan que aquellos que los trajeron al mundo puedan dañarlos, mientras los adultos, demasiado ocupados en agredirse unos a otros, no reparan en los perjuicios que pueden causar a quienes probablemente aman. El drama de una generación no se agota cuando los protagonistas mueren o incluso llegan a un acuerdo, porque requiere el sufrimiento de al menos otra generación para agotarse.

Soñé que me hechizabas en la cama, / que me cantabas con locura, que me besabas con delirio / (Creo que te inventé en mi mente. / (…) Soñé que volverías, tal y como me dijiste, / pero crecí y ahora no recuerdo ni tu nombre / (Creo que te inventé en mi mente) (Sylvia Plath: Canción de amor de una muchacha loca)

Sylvia Plath y Nicholas Hughes

Sylvia Plath y Nicholas Hughes

Sylvia Plath, una desconocida escritora norteamericana, casada con John Hughes, un escritor inglés, vio desmoronarse su matrimonio a mediados del siglo XX, después de abandonar su patria para seguir a un hombre. Ella tenía un historial de intentos de depresión y varios suicidios frustrados, tras la muerte de su padre, cuando era una niña. Hughes la abandonó, después haberla engañado con Assia Wevill, otra escritora. Plath quedó con la custodia de los dos hijos de la pareja.

En 1963 dejó preparado el desayuno de pan y leche de sus dos hijos, se encerró en la cocina del modesto departamento que ocupaban, selló puerta y ventana, metió la cabeza en el horno y se asfixió con gas. Hughes fue acusado de haber inducido la decisión de su ex mujer, a pesar de que ella había pasado por intentos similares antes de encontrarlo y probablemente sufría el trastorno bipolar. Él prefirió quemar el último cuaderno de anotaciones dejado por Plath, para no dañar a sus hijos. Tantas precauciones fueron inútiles. Wevill se mató siguiendo el procedimiento de Plath y medio siglo después del suicidio de Plath, su hijo mayor, un solitario profesor universitario en Alaska, también terminó con su vida. Dos o tres generaciones quedan marcadas por una separación.

Me tomó años darme cuenta que el divorcio de mis padres no había sido mi culpa. (Kurt Cobain)

Kurt Cobain niño, con sus padres

Kurt Cobain niño, con sus padres

A pesar de la aparente serenidad de las palabras de Cobain sobre su infancia, no es posible ignorar que decidió matarse a los veintisiete años, tras un historial de sobredosis de heroína, cuando era un artista celebrado y enriquecido por su trabajo. ¿Qué le faltaba? El divorcio de sus padres, cuando él tenía nueve años, puede no estar conectado con una serie de enfermedades crónicas que sufrió y la decisión de dispararse un tiro. Cobain se movía en un ambiente donde el consumo irresponsable de estimulantes era la norma. Courtney Love, su pareja, se drogaba sin restricciones durante el embarazo. No obstante la fama que rodeaba a Cobain desde la adolescencia, de haber formado una familia (por frágil que fuera), de haber pasado por varios intentos de desintoxicación, en su carta de despedida confiesa su incapacidad para disfrutar la vida.

Recuerdo sentirme apenado, triste por mis padres. Me avergonzaba compararme con mis amigos de la escuela, porque yo ansiaba pertenecer a ese tipo de familia clásica, a una familia típica. Madre, padre… Yo quería esa seguridad. Odié a mis padres durante años por esa razón. (Kurt Cobain)

Asistir al enfrentamiento y ruptura de la pareja formada por sus padres, puede ser una experiencia demoledora para un hijo. A partir de ese momento, ya no puede imaginar que todo se encuentra bien en su vida, ni que llegará a recuperar la seguridad de cuando los conflictos no se habían manifestado. Kurt Cobain o Nicholas Hughes demuestran que el tiempo no atenúa el dolor que se sufrió durante la infancia. El hijo de la separación se condena a desaparecer, para ponerle fin a un drama que presenció durante su infancia, protagonizado por sus padres, que probablemente lo aterraba y no pudo detener. Aunque el hijo fuera un personaje secundario del drama, se encuentra demasiado involucrado.

Christina Aguilera

Christina Aguilera

Los especialistas afirman que los hijos de parejas separadas tienen problemas de autoestima, suelen ser más agresivos que los hijos de parejas estables, sufren más ansiedad y se revelan más propensos a deprimirse. La experiencia de las disputas familiares y la separación que se formaliza, no suele poner fin a los incidentes entre los padres, deja en los hijos huellas que los afecta probablemente por el resto de sus vidas, llevándolos a la muerte en ciertas ocasiones o dándoles energía para luchar solos por alcanzar sus metas.

El divorcio de mis padres y los problemas en la escuela, todas esas cosas combinadas me moldearon, al hacerme crecer antes de tiempo, me suministraron el impulso para perseguir los sueños que de otro modo no hubiera tenido. (Christina Aguilera)

Los adversarios del divorcio argumentan que los adultos no deben separarse, no solo porque sus creencias religiosas lo prohiben, sino por consideración al daño que pueden causar a los hijos. Dado que los adultos prometieron amarse y respetarse hasta el fin de sus días, tendrían que atenerse heroicamente a la palabra que dieron. Sin embargo, los padres cristianos de Kurt Cobain o los padres judíos de Judy Garland, demuestran que la gente no siempre se atiene a los preceptos de la fe que declaradamente profesa y no es de envidiar la situación de los hijos de parejas que permanecen unidas solo por no ofender a la comunidad. Eso no soluciona los conflictos. Lo más probable es que los alimente. La ocasión de nacer y crecer en el seno de familias rotas, se convierte en escuela de silencios insostenibles, gestos despectivos y acusaciones mal disimuladas.

¿Qué hacen los hijos que encaran una situación similar? Asisten a la puesta en escena de un armonía poco verosímil, al espectáculo tranquilizador para los de afuera, porque los adultos han decidido que no van a perjudicar a sus hijos con la exposición de conflictos que son reales y no se resuelven. El único acuerdo al que llegan, es el de evitar las confrontaciones públicas, quitando del horizonte cualquier posibilidad de un desenlace. El enfrentamiento nunca planteado, promete prolongarse hasta que la muerte separe a los adultos.

Más probable es que los niños asistan desde cerca al desarrollo de conflictos que no son disimulados ni explicados. Los padres no siempre controlan el enojo que guardan porque haya testigos que van a sufrir el espectáculo de las recriminaciones, las rabietas, las agresiones. Al enfrentarse, los adultos no dudan en otorgarle a los niños roles de aliados que apoyan sus puntos de vista, cuando no los utilizan como rehenes o proyectiles que deberían debilitar o lastimar a su adversario.

El quiebre de una pareja obliga a los adultos a realizar una serie de reajustes de sus vidas que les insumen demasiado tiempo y energías. Algunos ganan en tranquilidad, al distanciarse de una pareja conflictiva. Otros no se resignan a lo sucedido. Otros salen perdiendo económicamente con la separación. Los hay que a pesar de los intentos por encontrar nueva pareja, no consiguen estabilizarse.

Para los hijos, los cambios que impone la separación son todavía mayores. Ellos no dan por concluida la relación con ninguno sus padres, pero saben que ya no podrán contar con ellos como pareja, que toma decisiones únicas o acepta las decisiones de una de las partes. Al separarse los adultos, una cantidad de conflictos triviales deben ser sometidos a una mediación no siempre fácil. Con frecuencia, los hijos se ven convertidos en mensajeros o espías de los padres que pretenden eludir el contacto entre ellos.

Los vínculos se hacen más violentos, las familias se rompen con mayor facilidad y los enfrentamientos entre las generaciones son más abiertos. Por ejemplo, crecieron las denuncias de padres respecto de sus hijos, porque no los podían controlar, se escapaban de la casa o robaban. (Daniel Pedro Míguez)

Hay una pregunta infame que se le hace a los niños de pocos años: ¿a quién quieren más? ¿Al padre o a la madre? Los adultos obligan a los niños a tomar partido, en un juego que aparenta inocencia e introduce la discordia. ¿Cómo extrañarse de que los niños aprendan a manipular a los adultos que deberían mantenerse unido? Los adultos disputan el afecto de los hijos, antes o después de discutir la separación de bienes. ¿Con qué hijo se queda cada uno, si hay varios? Cuando hay uno solo, ¿quién podrá exhibirlo como trofeo?

Desde muy temprano, los hijos de parejas separadas adquieren conciencia de la falta de acuerdo entre los adultos, una situación que si bien sufren, también les permite manipularlos, aprovechando que los adultos no se comunican entre ellos o solo parecen atentos a las discrepancias en torno a cualquier materia. Una de las estrategias hábiles de los hijos de padres separados, es volver a enfrentarlos, para sacar ventajas del conflicto que han detectado. Siempre hay uno más estricto que el otro, una diversidad de puntos de vista que si no dieran definirían a una pareja consolidada. Cuando los jóvenes se toman libertades que los adultos no aceptarían si estuvieran juntos, pueden argumentar ante cada uno que el otro lo autorizó. Dada la falta de diálogo entre los padres, los hijos pueden hacer lo que se les ocurra. Ellos se convierten en el centro de atención de adultos, que se sienten en falta con los hijos, por no haber evitado el fracaso de la pareja. Cuando los adultos ceden, los niños no demoran en advertir que pueden controlarlos y cobrarse todo lo que imaginan que ellos les adeudan.

A pesar de las satisfacciones inmediatas que obtienen los más jóvenes de esta situación, no se trata de la mejor preparación para la vida adulta. Se instalan en el rol de jueces de sus padres y de antemano deciden que van a condenarlos.

Por severo que sea un padre juzgando a un hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre. (Enrique Javier Poncela)

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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