JUEGOS Y MUNDO IMAGINARIO DE LAS NIÑAS (I): Reclamos de un espacio propio

Ronda infantil

Juegos de niñas

Déjenla sola, solita y sola / que la quiero ver bailar / saltar y brincar, andar por los aires / y moverse con mucho donaire. (Anónimo: Yo la quiero ver bailar)

Recuerdo esta ronda. La cantaban las niñas, que excluían a los varones de sus juegos, durante mi lejana infancia de los años `50. No sé dónde había llegado. Indudablemente de España (por el uso del término donaire). Desde la perspectiva que brinda la actualidad de las reivindicaciones femeninas, la ronda planteaba un reclamo del cual probablemente no se tenía mucha conciencia. Antes de convertirse en adultas, las niñas querían quedar libres de la tutela masculina, pero también de aquella ejercida por las mujeres que las criaban y educaban, en las normas tradicionales de sumisión a una imagen de la mujer siempre acompañada, según se argumentaba, para protegerla de un mundo hostil (masculino) hasta reducirla al espacio no tan seguro, pero sin duda vigilado, del hogar.

Ronda

Dejar sola a la mujer era por entonces darle la oportunidad de desarrollar sus capacidades (muchas o pocas) no exploradas mientras se la retuvo en el ámbito doméstico. Las escuelas segregadas se proponían como uno de sus objetivos fundamentales la preparación de las estudiantes para desempeñarse en el hogar. ¿Qué podrían hacer las mujeres cuando no recibían instrucciones, listas interminables de tareas rutinarias, varios hijos pequeños que las mantenían ocupadas? Nadie lo sabía muy bien, porque las precursoras de la libertad de su género debían afrontar críticas y malinterpretaciones de sus discursos y actos, que impedían apreciar con suficiente objetividad su aporte.

Ronda

En el centro de la ronda, una niña debía bailar, dando brincos y manteniendo las manos en las caderas. Desde la actualidad, cuesta entender que no fueran gestos tan liberadores como comprometidos. El brinco movía las faldas, destapaba las piernas y resaltaba las caderas. Se trataba del ensayo (la imitación) de un comportamiento seductor, el coqueteo de una mujer adulta. Al quedar solas, las niñas preparan los gestos que se esperan de ellas en el futuro. En oposición a la carrera y el salto en alto o en largo de los deportes masculinos, que permiten dominar el espacio, el brinco se ofrece como el fruto de un impulso que no intenta conquistar el espacio. Solo se trata de agitar el cuerpo en el mismo lugar, para llamar la atención de quien observa, sin desplazarse: casi una invitación a acercarse.

La gallina ciega

Que una mujer se quede sola, no es una situación deseable para la cultura patriarcal, porque ese aislamiento dificulta el control imprescindible. Si está sola, se vuelve más vulnerable que de costumbre al riesgo que representan para ella los hombres, que de acuerdo al consenso, no pueden ser controlados cuando huelen la proximidad de una hembra. Aquellas mujeres que insisten en andar solas, resultan sospechosas de crímenes tal vez no cometidos: buscar pareja masculina. Quizás las mujeres que pretenden liberarse no tengan malas intenciones, pero su falta de experiencia o (de nuevo) el mandato de las hormonas, las conduce hacia la perdición.

Kate Greenaway: ilustración

La ronda de las niñas es ambivalente. La cantan aquellas que al crecer, probablemente ya no serán partidarias de la emancipación de sus congéneres. ¿Se trata más bien de una despedida, del exorcismo de una oportunidad desaprovechada, que al crecer no podrá ser aprovechada? En la actualidad, las mujeres jóvenes se niegan a aceptar esa limitación, como se manifiesta tanto en la negativa a casarse, como en el reclamo de métodos anticonceptivos. Matrimonio y maternidad parecen haber dejado de ser el horizonte inevitable de su género, a diferencia de lo que pasaba hace medio siglo.

Arroz con leche / me quiero casar / con una señorita de la Capital / que sepa coser, que sepa bordar / que sepa abrir la puerta para ir a pasear. / Con ésta sí, con ésta no, / con esta señorita me caso yo. (Anónimo: Arroz con leche)

Una mujer deseable, para los hombres, era alguien de su casa (el viejo refrán español hablaba de una “Mujer de su casa y la pata quebrá” para subrayar la imposibilidad de moverse de lo que se le presentaba como su templo y prisión). Las candidatas a esa culminación del destino femenino que era el matrimonio, debían sin embargo ser comprensivas y liberar al marido de cualquier otra obligación que no fuera mantenerla a ella y su prole. Abrir la puerta al hombre, no atarlo con reclamos excesivos, se anunciaba como el complemente de la imagen idealizada desde las rondas infantiles.

La infancia dedica gran parte de su tiempo a juegos y pasatiempos. No suele esperarse de los niños que produzcan nada útil en esa etapa tan breve de su vida, ni menos aún que se comprometan en actitudes trascendentes y responsabilidades excesivas. Por lo tanto, los juegos serían actividades placenteras pero inútiles, aunque algunos de ellos despierten la inquietud de los adultos, como aquellos que se entablan entre el Médico y su paciente, que inevitablemente incluye tempranas exploraciones sexuales.

Rondas y otros juegos grupales convocaban tradicionalmente a las niñas, que jugaban entre ellas, hasta no hace más de una generación, según algunos con el objeto de protegerlas del contacto con los varones agresivos, según otros para mantenerlas marginadas de cualquier confrontación con el otro género.

-Buenos días, su Señoría / Mantantirurirulá.  / -¿Qué quería su Señoría / Mantantirurirulá. / -Yo quería una de sus hijas / Mantantirurirulá. / -¿Cuál de ellas a usted le agrada / Mantantirurirulá. / -A mí me gusta la Inesita / Mantantirurirulá. / -¿Y qué le oficio le pondremos / Mantantirurirulá. / -La pondremos de barrendera / Mantantirurirulá. / -Ese oficio no le agrada / Mantantirurirulá. (Anónimo: Buenos días su Señoría)

La ronda es una actividad colectiva presencial, que se diferencia de las comunidades virtuales de las redes sociales de la actualidad. La ronda enseña a ocupar un lugar en el interior de un grupo, a negociar con iguales, a establecer y obedecer pactos. Una niña enfrentaba a un grupo (de otras niñas de su misma edad, lo más probable) cantando los versos anteriores en forma alternada, mientras ejecutaban movimientos de avance y retroceso en el mismo sitio.

Desarrollaban de ese modo un diálogo repetitivo, rítmico, en el que figuraban palabras que desde hace varias generaciones nadie usa (pero suenan bien) y otras que no pasaban de ser una fantasía evocadora de las relaciones de los adultos en el mundo real, donde los padres entregaban a sus hijos como sirvientes de otros, para cumplir funciones desagradables (rechazadas inicialmente), hasta coincidir en algún oficio aceptable para ambas partes. En ese momento, una de las niñas del grupo era entregada a quien la solicitaba y el canto se reiniciaba, para negociar la entrega de otra de las hijas, hasta que el grupo inicial quedaba reducido a una sola niña y entonces el diálogo se invertía.

En otro par de generaciones, gracias a la difusión de los Derechos de los Niños definidos internacionalmente por la UNICEF y los reclamos del mercado, había cambiado la perspectiva de los adultos sobre la infancia.

Dados los peligros que acechan en el espacio público (la imagen de los pedófilos que no descansan, tanto en el espacio físico como en el virtual, se ha incorporado al imaginario de la modernidad, gracias a la difusión que les concede la prensa), muchos de los juegos colectivos, que requieren la reunión de menores en espacio libre de la vigilancia de adultos se encuentran en retirada. Pueden escenificarse en los patios y gimnasios de las escuelas, pero allí ni hay demasiado tiempo para disfrutarlos, ni puede obviarse la planificación de los docentes, que destruye buena parte del placer de jugar por decisión propia.

En lugar de grupos de niños que encaran al mundo de los adultos formando un grupo, para compartir las mismas estrategias, se tiene hoy a una serie de consumidores infantiles, aislados entre ellos, ocupados por los mensajes que difunden los medios masivos, temerosos de la negativa a una respuesta que pueden hallar durante el diálogo con sus pares. Todos quieren gustar, todos sueñan con tener miles de seguidores, aunque al intentarlo se aíslen de sus semejantes y se entreguen a las multinacionales.

La supresión del juego colectivo no es una pérdida menor en la experiencia de las nuevas generaciones. Tener miles de presuntos amigos con quienes se intercambian rutinarias fotografías en Facebook, de quienes se reciben miles de mensajes triviales de Instagram, no es lo mismo que ocupar con ellos el mismo espacio físico y participar en juegos abiertos a la preparación para los grandes dilemas de la vida real. Desaparecidas las rondas, las niñas despiertan demasiado a pronto a la experiencia apabullante de la soledad.

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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