LOS JUEGOS Y EL MUNDO IMAGINARIO DE LOS NIÑOS

Juegos: rango y mida.

Juegos: rango y mida.

De acuerdo a una tradición milenaria, que termina por confundirse con una Ley de la Naturaleza, las niñas debían cuidarse de estar bien arregladas, para que no las tildaran de varoniles. Por lo tanto, jugaban con muñecas o con sus hermanos más pequeños, a quienes les atribuían el rol de hijos. También se visitaban unas a otras, para confirmar su rol futuro de amas de casa. Organizaban rondas mediante las cuales convocaban a sus posibles parejas y en todos los casos se preparaban para la existencia de mujeres adultas. En pocos años más, cuando llegaran a la pubertad, ellas iban a ser madres y antes de eso jóvenes casaderas, preocupadas de atrapar hombres con quienes habrían de establecer familias.

Soldados de plomo

Soldados de plomo

Los juegos de los niños, en cambio, revelaban que ellos estaban desorientados y podían permanecer así, sin que nadie les recriminara perder su tiempo. Jugar con muñecas hubiera sido una debilidad que podía marcarlos para el resto de sus vidas, en la memoria de parientes y amigos. En cambio, nada impedía que utilizaran soldados de plomo, caballitos de madera, estetoscopios de médicos, pistolas de policías o ladrones.

Había profesiones consideradas masculinas, en las que ninguna mujer se hubiera atrevido a ingresar, porque tanto en el mundo real como en los juegos, eso no les estaba permitido. Pocas cosas les estaban prohibidas a los niños (aquellas que se reservaban como consuelo a las niñas). Los varones podían golpearse, utilizar vocabulario obsceno, competir en eructos y otras flatulencias, hostigar al sexo opuesto. Aparentemente el mundo les pertenecía, pero los modelos de comportamiento que ensayaban, por variados y atractivos que fueran, no se conectaban siempre con la realidad.

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El juego es una manera que tienen los niños de elaborar sus conflictos, de proyectar sus deseos y fantasías. Todo pasa por el juego. Un niño que juega, va a tener recursos para enfrentarse a distintas situaciones, va a tener la capacidad de resolver problemas. (Magdalena Manríquez)

En la calesita, carrusel o tiovivo, animada por festiva música de circo, los niños montaban los caballitos que subían y bajaban, a medida que el artefacto giraba, mientras las niñas permanecían atadas a los autitos y otros aburridos asientos, cerca de la seguridad del piso, imposibilitadas de competir por la sortija, pasaporte para un nuevo viaje gratis, en el mismo lugar.

Un grupo de niños se reunía sin peligro, a mediados del siglo XX, en la calle poco transitada del barrio, en alguna plaza o baldío, en el patio de la escuela, y acordaban jugar a policías y ladrones. Probablemente se habían familiarizados con estos personajes yendo al cine, diversión que por lo general se hacía en compañía de los adultos (a pesar de lo cual había matinés infantiles, los sábados o domingos después del almuerzo, antes de las funciones dedicados a los adultos). Asumir el rol de policía o el de ladrón, no exigía ningún equipamiento. La mano derecha simulaba una pistola, con el índice como cañón, el pulgar como disparador y el resto de los dedos apretando el gatillo. Para hacer oír un tiro, se recurría a una onomatopeya: ¡Pum. Pum, Paf!

Juegos de niños

Juegos de niños

Había pistolas de sebita, que producían un fogonazo acompañado por un olor que debía interpretarse como el de la pólvora, aunque se pareciera más al de un fósforo. La pistola podía ser de cartón y si se la agitaba hacia abajo, el aire desplegaba un doblez que sonaba (imaginación mediante) como un balazo. Lo habitual era que las llamadas fuerzas del orden ganaran y que los delincuentes terminaran presos o muertos.

A mediados del siglo XX, la televisión comenzó a difundirse, pero estaba lejos de convertirse en una experiencia cotidiana, omnipresente, capaz de desplazar a cualquier otra cosa que se planteara para ocupar el tiempo libre de los niños, fuera de calles y plazas, ahora demasiado peligrosas.

Tradicionalmente, los niños salían a jugar en la vereda, en la calle, en la casa de los vecinos que disponían de más espacio, con otros chicos de la misma edad o con adultos que no veían esa posibilidad de jugar con niños como una actividad carente de sentido. Para jugar, empleaban una variedad considerable de artefactos baratos, no pocas veces improvisados por ellos mismos o sus parientes. Juegos de bolos y bochas, caballitos de cabeza realista, crines enhiestas y el resto del cuerpo reducido a palo de escoba, competencias de puntería con un Sapo que debía embocarse con fichas, carritos que arrastraban los más chicos, animales con ruedas, que al ser empujados movían las alas o las fauces. Todo eso había entretenido a los niños de varias generaciones y podía pasar de padres a hijos, no prometía mayores novedades, porque aquellos que los disfrutaban no exigían nada diferentes. Carecían de los resortes, los motores, la música, los colores seductores y la fragilidad que se agregaron a los productos de origen industrial.

Trompo

Trompo

Había muchas formas de jugar con un trompo o peonza, siempre y cuando se consiguiera mantenerlo de pie sobre la punta metálica. Se le enroscaba un piolín, y al ser lanzado desde cierta distancia y altura, la cuerda y el impulso le imprimían un movimiento giratorio más o menos controlado. A veces, dos jugadores competían en hacer colisionar sus trompos y ganaba aquel que conseguía derribar al otro.

Hasta los niños más pobres coleccionaban bolitas de vidrio (metras o canicas) ignorando que heredaban una tradición de cinco milenios de antigüedad, documentada en pinturas y mosaicos. Los competidores improvisaban pistas que alisaban en el suelo. Había una variedad de configuraciones, que invitaban a coleccionar las bolitas: estaban aquellas denominadas ojos de gato, las veteadas, las metálicas. ¿Bajo qué condiciones eran impulsadas las bolitas: con el pulgar o con el índice?

Las reglas no escritas de estos juegos que exigían una compleja coordinación muscular. Hallar adultos que tuvieran la paciencia de enseñar a los niños y retirarse a continuación, para que los niños jugaran sin su interferencia, era una de las grandes aventuras de la infancia. Después de todo, el mundo de los adultos no era tan inaccesible, ni tampoco tan normativo como se planeaba en la escuela o la iglesia.

Los juegos de naipes y los de tablero invitaban a aprender normas a veces tan complejas que debían consultarse las instrucciones del fabricante. A diferencia de los solitarios que hoy se encuentran en Internet, los tradicionales relacionaban a los jugadores con otros seres humanos, en situaciones que introducían el aprendizaje de reglas, la negociación con otros jugadores, también las trampas habituales en un mundo competitivo.

Había juegos considerados masculinos, como remontar barriletes (volantines o cometas) por razones que cuesta entender. Algunos artefactos voladores eran tan complejos en su construcción, que requerían la destreza técnica de los adultos, a quienes los niños recurrían en busca de ayuda. ¿Qué papel utilizar? ¿Cómo pegar ese material tan frágil? ¿Cómo distribuir los soportes? ¿Qué adornos agregar que lo volvieran admirable en el cielo? ¿Qué contrapeso evitaría que el objeto volador perdiera estabilidad? ¿Qué viento podía ser propicio? ¿Qué estrategia de controlar y abandonar el objeto permitiría remontarlo o descenderlo?

Las carreras de embolsados y la cinchada eran diversiones masculinas, que las niñas no hubieran profanado y ponían en juego la fuerza de los competidores. Pasaban sin grandes cambios de los niños a los adultos. Mientras las primeras fueron siempre actividades desorganizadas, cómicas, por la proliferación de tropiezos y caídas, la segunda llegó a la dignidad de un deporte olímpico, durante las primeras décadas del siglo XX.

Francisco de Goya: Zancos

Francisco de Goya: Zancos

Los zancos y los patines se pusieron de moda en distintos momentos y luego pasaron al olvido, como sucedió con el Yoyo, el Diávolo o el Hula Hula. Eran juegos que permanecían vigentes por una temporada, en el mejor de los casos, definían certámenes, revelaban la existencia de campeones capaces de concretar hazañas impensables y luego se olvidaban durante años, hasta que una nueva generación los descubría (en realidad, la industria cultural se los proponía de tal manera que resultaba imposible ignorarlos).

Los rompecabezas estaban compuestos por cubos de madera, cuyas caras mostraban escenas correspondientes a varios cuentos infantiles. Con bloques de madera, podían construirse una limitada cantidad de maquetas de puentes y cabañas, a diferencia de la versatilidad abrumadora de las piezas plásticas de LEGO. Había juguetes a cuerda, que tarde o temprano se arruinaban, porque eran manipulados sin atenerse a las reglas no escritas de los fabricantes, y entonces pasaban a convertirse en bellas inutilidades, imposibles de reparar. Una variedad interminable personajes humanos (conductores de motocicletas o autos) y animales de circo (osos y monos que tocaban los platillos o caminaban con torpeza). Tardábamos casi el mismo tiempo en dar la cuerda y disfrutar el movimiento.

Cerebro Mágico

Cerebro Mágico

Los juguetes de la infancia no requerían el empleo de la electricidad, salvo, quizás, El Cerebro Mágico, que encendía un minúsculo foquito de linterna cuando la respuesta elegida para alguna de las pocas preguntas preestablecidas era la correcta. Cuando se lo compara con la computación actual, todo eso resulta demasiado limitado. Al cabo de un tiempo, todas las preguntas eran conocidas de memoria y todas las respuestas también.

…95, 96, 97. 98, 99, 100. Punto y coma. El que se escondió, se embroma. (Anónimo: Las Escondidas)

Escondite o Escondidas

Escondite o Escondidas

En cuanto a los juegos que requerían la intervención de grupos y equipos, los niños se las componían para buscar participantes y de ese modo accedían a lo que con frecuencia llegaba a ser amistad con otros chicos de su edad. Una amistad de hombres, definía los roles que la sociedad atribuía sin mayores explicaciones a los géneros. Haber nacido varón era una ventaja, que en ciertos casos llegaba a interpretarse como una decisión de no conectarse con las niñas, para evitar que ellas sedujeran y finalmente controlaran la situación.

Para jugar a Las Escondidas o Policías y Ladrones, podía reclutarse a las chicas, siempre y cuando ellas estuvieran dispuestas a correr o perseguir de igual a igual a los varones. Las niñas no siempre aceptaban esas condiciones que las exponía a ensuciarse la ropa, lastimarse las rodillas o arruinar el peinado. Los varones se preocupaban de otras cosas. No necesariamente más útiles para su futuro, pero capaces de relacionarlos con sus iguales.

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[Los juegos actuales] tienen un formato predefinido, son muy concretos; entonces el niño no desarrolla la creatividad, imaginándose que una escoba es un caballo o que cualquier objeto es un auto en una autopista. (Hernán Sepúlveda)

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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