RESISTENCIA A LA EDUCACIÓN

Educación religiosa

Educación religiosa

Un abismo separaba las cosas que me gustaban de las que no me gustaban. (…) En todas partes encontraba obligaciones, en ninguna parte su necesidad. (…) Los adultos no solamente contrariaban mi voluntad, sino que sentía presa de sus conciencias. (Simone de Beauvoir: Memorias de una joven formal)

¿Una intelectual reconocida por su insobornable independencia de criterio, puede no haber sido una estudiante aplicada? El ejemplo de Simone de Beauvoir no permite sacar conclusiones. Una infancia durante la cual se han desaprovechado las oportunidades de aprender ciertas destrezas fundamentales, no augura lo mejor para la vida adulta. Hay carencias que tarde o temprano se subsanan y otras que dejan marcado a quien las sufrió en el momento en que debía educarse.

Mucho se ha enfatizado en la educación entendida como un derecho inexcusable de los jóvenes, largamente descuidado por el Estado, compromiso de muchos padres que se endeudan creyendo brindarla a sus hijos, dejando de lado que se trata también de una obligación no pocas veces resistida por aquellos que deberían agradecerla y tienden a verla como una violación de su voluntad de permanecer ajenos a sus ideas.

¿Acaso la educación que se ofrece es la óptima? ¿Qué se pretende que aprendan los jóvenes? ¿Qué se esconde por debajo de la aparente generosidad de los educadores, cuando se trata de formar a los estudiantes? Cuesta aceptar que carezcan de contradicciones y dobleces. ¿Qué ganan o pierden los estudiantes con la educación que se les brinda? Según los críticos del sistema educativo, en la escuela se combinan un currículo aparente, que resulta inobjetable desde el punto de vista de la información del estudiante, y otro currículo oculto, quizás más decisivo, mediante el cual los docentes reproducen (sin hallar demasiada resistencia) la ideología dominante.

Los maestros y estudiantes no reciben simplemente información; también la producen y la median. Al olvidar esto último, muchos de los que apoyan la perspectiva radical fallan, al no reconocer o desarrollar una visión adecuada de la conciencia, la resistencia y la cultura. Henry Geroux: Teoría y Resistencia en Educación)

Escuela Siglo XIX

Escuela Siglo XIX

Resistir la educación, tiene para algunos observadores un carácter político. La hipótesis del buen salvaje, un ser humano que crecía sano y sin cortapisas, auténtico, al margen de las instituciones que por entonces se encargaban de la educación (la Iglesia, sobre todo) fuera de lo que se consideraba el progreso, en contacto inmediato con la naturaleza, se impuso durante el siglo XVIII deslumbrado por la Razón, cuando la crítica a la educación tradicional había ganado terreno, a pesar de que el estado de desarrollo de la sociedad volvía cada vez menos probable esa simplificación.

Para Jean Jacques Rousseau, la vida lejos de la civilización era más feliz y deseable para los seres humanos, que la vida en sociedad, a pesar de que no faltaran las evidencias de que también resultaba más precaria. No hacía falta trasladarse a territorios distantes de las urbes europeas para librarse de los efluvios contaminados de la Cultura. Bastaba con ser un habitante pobre de la ciudad o un campesino de los aledaños, para experimentar la privación de la mayor parte de los dones que Rousseau estigmatizaba.

Escuela de mediados del Siglo XIX

Escuela de mediados del Siglo XIX

Desde esta perspectiva, los adultos ilustrados hubieran debido reservarse la potestad de negar el conocimiento a los jóvenes que se encontraban a su cuidado, con el objeto de demostrar sus hipótesis. Rousseau habría seguido ese razonamiento, al abandonar en un orfanato a los varios hijos que nacieron de la relación que mantuvo con su sirvienta. Desasistirlos, era su forma paradojal de impedir que se criaran en el mundo refinado (por lo tanto corrupto) en el que se había formado y prosperaba su padre.

Despojarse de las marcas de una civilización corrupta e injusta, era un acto liberador, que al menos en teoría resultaba tentador para los intelectuales más críticos de la sociedad. Como se trataba de una utopía, más que de un plan concreto, la idea quedó archivada y solo se la aplicó de manera parcial en ciertas áreas como la educación de los primeros años de vida de los seres humanos.

Dejar en libertad de aprender lo que quisieran a los preescolares, no constituía un proyecto alarmante. Extender esa franquicia a quienes se supone que deben adquirir determinadas habilidades en la instrucción básica, resultaba alarmante. Aquellos (pocos) que tuvieron la oportunidad de haberse educado en ambientes no represivos, como fue el caso del dramaturgo y cineasta Rainer Werner Fassbinder, no suelen evitar las generalizaciones simétricas de aquellas provenientes de quienes propugnan la educación represiva, cuando analizan las estructuras del aprendizaje.

En nuestra sociedad, la explotación y la dependencia son inevitables. (…) El problema reside en que siempre hay una clase social que quiere educar a la otra, un hombre a su mujer, un hombre a otro hombre: siempre hay esta relación de educación, esta relación amo-esclavo, muy gurú y casi fascista. (Rainer Werner Fassbinder)

¿Educación endiosada o demonizada? En el pasado reciente, se afirmaba que la educación permitía mejorar las condiciones de quienes la recibían, que los ignorantes quedaban relegados a tareas serviles. Las evidencias actuales de tantos cesantes diplomados, de arquitectos que conducen taxis, de psicólogos que leen el Tarot, indican, de manera insidiosa que hoy los más educados no son siempre aquellos que disfrutan de mejores oportunidades en la vida. Las lucrativas carreras de músico de rock o jugador de fútbol o modelo de alta costura, no se encuentran al alcance de cualquiera, pero tampoco puede afirmarse que dependan de la educación que recibieron aquellos que disfrutan esas profesiones. Los cesantes ilustrados, en cambio, que se cansan de presentar currículos frondosos, son una realidad en todos los sectores de la sociedad, que las ciencias y técnicas evolucionan con tal rapidez que no puede pararse de estudiar, porque lo más probable es que uno se desactualice al cabo de unos pocos años.

Paralelamente, de acuerdo a la experiencia de muchos jóvenes, los adultos parecen convencidos de que deben sostenerlos hasta muy avanzada edad, porque de otra manera se destruirían, mientras hay demasiadas oportunidades de divertirse y pasar el tiempo, que los jóvenes no parecen dispuestos a desaprovechar. ¿Por qué molestarse en estudiar (una tarea que desde antes de iniciarse promete ser pesada, interminable e infructuosa) cuando no se le ve ningún sentido al esfuerzo?

La sensación de que el mundo del conocimiento sistemático carece de sentido no es nueva. Si en generaciones pasadas podía ser la marca de algunos pocos intelectuales que cuestionaban las instituciones y la ideología dominante, en la actualidad se ha convertido en una tendencia colectiva que parece crecer por simple inercia. Por ese motivo ofrece una imagen tan convincente, que los profesionales de la educación deben hacer renovados esfuerzos para removerla de sus estudiantes.

¿Para qué aprender, se dicen ellos, siguiendo los aburridos y costosos cursos de las instituciones tradicionales, cuando toda la información que se necesita se encuentra en cualquier momento al alcance de alguien que tenga acceso a Internet? Ahora que la masa de estudiantes se ha multiplicado y los docentes suelen ser improvisados entre aquellos que no se encuentran del todo formados para ejercer ese oficio, la enseñanza continúa cayendo en el descrédito que ha sufrido desde hace un par de generaciones.

Cualquiera advierte que en ningún nivel del sistema educativo se aprende demasiado o al menos todo lo que haría falta aprender para desenvolverse de manera adecuada en la vida práctica, a pesar de lo cual se vuelve necesario continuar acudiendo al sistema educativo, que dista de ser gratuito, para obtener de él dudosas certificaciones de idoneidad que la sociedad reclama.

En el pasado, distintos movimientos que se autodenominan libertarios o anarquistas han planteado la posibilidad de una educación no autoritaria, que reacciona contra los excesos (comprobados) de la educación tradicional. Una tendencia a la que se ha prestado menor atención, es la de quienes pudiendo hacerlo, simplemente se niegan a educarse.

Durante el Medioevo europeo, los goliardi eran estudiantes sin recursos, muchos de ellos clérigos cristianos, que vagabundeaban de una Universidad a la otra, de un país al otro, aprovechando sus conocimientos básicos de la lengua culta de la época, el latín. Sería un error considerarlos dedicados a la oración. Llevaban una vida disipada y rechazaban toda autoridad, comenzando por aquella de la Iglesia. Burlarse de la autoridad, parodiando su jerga y rituales, era su forma habitual de expresarse, que denota sin embargo una dependencia ideológica respecto del adversario, como si no fuera posible armar otro proyecto, que cortara los nexos con todo aquello que rechazaban.

Cierta autoridad, delegada como sea, y (…) cierta subordinación, son cosas que, independientemente de toda organización social, se nos imponen con las condiciones materiales en las que producimos y hacemos circular los productos. (…) Es, pues, absurdo, hablar del principio de autoridad como de un principio absolutamente malo y del principio de autonomía como de un principio absolutamente bueno. (Friedrich Engels: “De la autoridad”)

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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