APRENDER CON DOLOR

Castigo escolar siglo XIX

Castigo escolar siglo XIX

“La letra con sangre entra” planteaba el viejo refrán español (en inglés “No pain, no gain”), dando a entender por un lado que se trataba de un proceso confiable, cada vez que se pretendía fijar datos relevantes en la memoria de los más jóvenes, y por el otro que los eventuales pedagogos disfrutaban la franquicia de atormentar a quienes se habían comprometido a instruir (con el objeto de minimizar cualquier posible resistencia a la transmisión de contenidos). Aprender debía ser tan desagradable como necesario.

Cuando se concibe la educación como un trauma que se reproduce generación tras generación, como una molestia necesaria, se alude a un saber que no deja a quienes lo reciben, otra alternativa que reproducirlo, cuando les llegue la oportunidad de cambiar del rol de víctima al de victimario.

El castigo no era rechazado por los padres bienintencionados, que lo ejecutaban con sus propias manos, cada vez que los niños los desobedecían, cuando no encomendaban esa tarea a los pedagogos y consejeros espirituales que los sustituían.

La función de la escuela tiene tres aspectos: ser como un policía, como una niñera y romper el espíritu [de los estudiantes]. Tiene tanto éxito en esto, que nunca se ha intentado hacer una reforma seria. (Erick Eriksson)

Aprender no es una actividad que entusiasme a todos los niños en la actualidad. El aprendizaje se encuentra nimbado de imágenes de rutina (el uniforme escolar, el horario de estudios, las tareas que deben ser efectuadas) que resultan demasiado penosas, para que el proceso no sea visto en ocasiones como un sufrimiento del que mejor valdría huir.

Escuela primaria norteamericana, mediados del siglo XX

Escuela primaria norteamericana, mediados del siglo XX

La imagen del estudiante castigado en un rincón del aula, delante de sus compañeros, por no superar la prueba a la que fue sometido por el estricto maestro que le tocó en suerte (durante el curso de un interrogatorio en el que hubiera debido demostrar su capacidad para memorizar la lección recitada previamente por el adulto) ha sido difundida muchas veces por los ilustradores de textos para la infancia, que le otorgan una comicidad inexplicable a esa humillación.

Tener que sentarse en un rincón, ataviado con un bonete puntiagudo o simplemente ocupando el sitio del castigo, o repetir cien veces una norma en la pizarra del aula (como todavía se le ordena a Bart Simpson en la serie televisiva) era la humillación menos penosa de una serie tradicional de medidas que debían convencer al estudiante más recalcitrante sobre las ventajas de memorizar los contenidos recitados por el docente.

Entre los instrumentos de castigo figuraban látigos de todas clases, incluidos los de nueve ramales, palas, bastones, varas de hierro y de madera, haces de varillas, disciplinas e instrumentos escolares especiales, como una palmeta que terminaba en forma de pera y tenía un agujero redondo para levantar ampollas. De la frecuencia comparativa de su uso dan una idea las categorías del maestro de escuela alemán que calculaba que había dado 911.527 golpes con el garrote, 1º24.000 latigazos, 136.715 bofetadas y 1.115.800 cachetadas. Las palizas que se describen (…) eran en general muy duras, producían magulladuras y heridas, comenzaban en edad temprana y eran un elemento normal de la vida del niño. (Lloyd DeMausse: Historia de la Infancia)

Hasta 1970, los adolescentes ingleses que estudiaban en Eton, debían bajarse los pantalones y la ropa interior para que los docentes los castigaran con varillas de madera, como se describe en las novelas de Charles Dickens. Cachetadas, azotes y obligaciones de escribir normas de comportamiento, se combinaban de acuerdo a la infracción que se intentaba corregir. Los golpes fueron abolidos por el Parlamento británico en 1986, por una estrecha mayoría de votos, a pesar de lo cual las medidas se aplicaron en las escuelas primeras y secundarias, no en las instituciones de educación superior.

La actualidad del castigo físico, situación que se podría suponer una rémora inaceptable del pasado, propia de sociedades atrasadas, es imposible de ocultar en los países más desarrollados de la actualidad. Las nalgadas son legales en las escuelas de veinte Estados norteamericanos y las minorías suelen ser las más castigadas. Algunos especialistas continúan sosteniendo que el castigo mejora el desempeño de los estudiantes.

No defiendo ni promuevo los golpes. (…) Si lo vamos a legislar, necesitamos evidencias de que los niños que no son golpeados tienen mejores resultados [escolares] y aún no tenemos eso. (Marjorie Gunnoe)

La prensa reporta el suicidio de un adolescente en Osaka, después de que el entrenador deportivo de su colegio lo castigara con golpes e insultos. Cuando el tema fue investigado, las estadísticas del Ministerio de Educación de Japón, informaron que durante 2012, casi quince mil estudiantes habían  recibido castigos físicos en el interior de las instituciones educativas. Unos seis mil docentes propinaron cachetadas y patadas a los jóvenes que debían educar.

Entre las modalidades tradicionales japonesas de castigo escolar, se encuentran la presión del cráneo con palillos de tambor o las dos manos del docente, los pellizcos en la ingle con un alicate, la obligación de oler las axilas del docente, etc.

Sin duda quedarás avergonzado frente a todo el salón y eso cambiará tu comportamiento. La gente debe entender que el efecto psicológico del castigo corporal, más que el físico, ayuda a corregir malos comportamientos en la escuela. (Julian Mansfield)

Los primeros años de vida, lejos de ser un ámbito de libertad y exploración del mundo sin demasiadas reglas, un territorio similar a los parques de diversiones, más que a una institución rígida, revela una semejanza mayor con un campo de entrenamiento militar, donde no se ahorra ninguna penalidad a los reclutas, con la excusa de formarlos para situaciones aún más difíciles a las que quedarían expuestos en el futuro.

En la actualidad, esa imagen cruel se encuentra en retirada. Los maestros que abusan de los estudiantes no tardan en ser denunciados ante la Justicia, los padres reclaman por el maltrato real o imaginario al que habrían sido expuestos sus hijos en clase, los teléfonos celulares en manos de los estudiantes, dejan registrados el comportamiento ambiguo o incorrecto de los docentes, y si bien los abusos no han desaparecido, nadie en su sano juicio se atrevería a proponerlos como una estrategia educativa.

Ha dejado de parecer urgente la transmisión literal de conocimientos, cuando todo se vuelve cuestionable, desde la disciplina escolar y la validez de los contenidos que se enseñan, a la autoridad de aquellos que los enseñan. Aprender a aprender es el nuevo eslogan, que se ha impuesto como un dogma y pocos docentes se atreverían a discutir. Se dice que el centro del proceso de aprendizaje es el estudiante mismo, situación que algunas instituciones interpretan como la conveniencia de ponerse al servicio de sus expectativas, por triviales que sean, en desmedro de su formación. La posibilidad de aprender con placer, para abrir la mente y consolidar el futuro del aprendiz, no figura en el horizonte de la mayoría de estudiantes y docentes.

Los recintos educativos se encuentran hoy abiertos al escrutinio de cualquiera que piense mal respecto de lo que pasa dentro, para evitar sospechas de abusos que antes eran tolerados y en más de un caso aplaudidos como el ejercicio legítimo de la responsabilidad de los educadores. Visualmente, las aulas ya no son herméticas, para garantizar que no trascienda lo que ocurra en ellas. En la actualidad, incluyen sectores vidriados, gracias a los cuales resulta posible atisbar en todo momento las situaciones que puedan ser materia de conflicto. De allí a la proliferación de cámaras de vigilancia solo hay un paso.

Los docentes se cuidan de establecer reuniones privadas con estudiantes, que pueden ser malinterpretadas, porque podría pasarles lo que se ve en Oleanna, la pieza teatral y el filme de David Mamet, donde una estudiante universitaria desequilibrada acosa a un docente con acusaciones carentes de prueba, y lo destruye sin mucho esfuerzo, por no satisfacer sus demandas de reconocimiento escolar.

Ella no se encuentra allí para aprender, sino para conseguir un diploma, y como lo ha pagado, espera como cualquier consumidor que se lo suministren sin mayor esfuerzo de su parte. Es la nueva conciencia de estudiante que paga (que hace pagar) su educación y se cree con derecho a reclamar inmediatamente la entrega de la certificación de su paso por las aulas, aunque en realidad no haya aprendido nada.

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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