NIÑOS HEROICOS

Niños militares de la Revolución Mexicana

Niños militares de la Revolución Mexicana

En las representaciones de personajes heroicos adultos, la presencia de los niños suele servir de ornamento y contraste. Ellos son los angelitos que sostienen coronas de flores destinadas a los adultos o reciben las caricias que testimonian la bondad de los adultos. La otra alternativa, es convertirlos en víctimas de los adultos, en dramáticas actualizaciones de la Matanza de los Inocentes, que los muestran sufriendo sin ofrecer ninguna resistencia. Hay que llegar a la modernidad, para que a los niños se les reconozcan iniciativas no inferiores en ingenio y trascendencia, a las que se atribuyen a los adultos.

Tambor de Tacuarí

Tambor de Tacuarí

En 1811, las Provincias Unidas del Río de la Plata habían dado los primeros pasos para establecer su independencia de España: establecieron el primer gobierno patrio (una Junta de personalidades influyentes, como sucedía en todo el territorio español, desde que el ejército de Napoleón capturaron al monarca). La Junta duró poco y fue reemplazada por un Triunvirato, que tampoco estaba destinado a perdurar. A este intento siguió un Directorio. Se ensayaban modalidades capaces de gobernar un territorio enorme, heredado de la estructura del Virreinato del Río de la Plata.

No obstante, las regiones mal comunicadas entre ellas, desconfiaban de las decisiones tomadas en Buenos Aires, y a los pocos meses de vida independiente, la nueva nación estaba comprometida en expediciones militares contra las regiones que no aceptaban su liderazgo.

Pedro Ríos, niño de doce años, hijo de un maestro rural, participó en una batalla crucial de la guerra de independencia argentina, donde el ejército del General Belgrano enfrentó a los paraguayos fieles a la corona española. El combate duró siete horas y el niño, muerto por dos balas, fue recordado como el Tambor de Tacuarí. Un testigo describió los momentos finales de un personaje infantil, convertido pronto en mito de la nueva nación:

Lo recuerdo y me estremezco. Me parece estar viéndolo impasible, avanzar a mi lado. Yo lo he visto caer y abandoné la lucha para socorrerlo. Murió de dos disparos en el pecho. Estoy seguro de que su muerte fue mi salvación, porque al detenerme no caí como cayeron casi todos los del ala donde estábamos nosotros. (Celestino Vidal)

Un poema de Rafael Obligado, escrito más de medio siglo después de sucedidos los hechos, le dio forma definitiva a esa imagen de la temprana derrota personal (de alguien que muere en la infancia) e inmortalidad combinadas.

¡Libertad, Independencia! / parecía repetir / a los héroes de dos pueblos / que entendiéndose por fin, / se abrazaron como hermanos; / y se cuenta que de allí / por América cundieron / hasta Maipo, hasta Junín / los redobles inmortales / del Tambor de Tacuarí. (Rafael Obligado)

Narciso Mendoza

Narciso Mendoza

Durante la guerra de la Independencia de México, el general Almonte formó una tropa de niños. Narciso Mendoza, nacido en 1800, tenía doce años cuando participó en la defensa de la ciudad de Cuautla, asediada por las tropas realistas. Al ver un cañón que había quedado sin artillero, disparó solo contra los enemigos, haciéndolos retroceder y decidiendo la suerte de la batalla. Su hazaña fue premiada por Morelos, que lo protegió y le asignó un premio en dinero. Su estatua se encuentra en Cuautla.

Niños héroes de Chapultepec

Niños héroes de Chapultepec

Treinta años más tarde, cuando la nación se había independizado, solo para enfrentarse en una guerra de fronteras con sus poderosos vecinos del Norte, los cadetes de entre 13 y 19 años que murieron en la Batalla de Chapultepec, cuando defendían un acceso a la capital, fueron conocidos como los Niños Héroes (en realidad, eran adolescentes, cuyas responsabilidades correspondían más bien a las de un adulto joven de la actualidad) y convertidos en emblemas de la resistencia al invasor.

La imagen de uno ellos, cuya identidad no termina de establecerse, optando por el suicidio, envuelto en la bandera nacional, al arrojarse desde una torre del fuerte, para evitar que la insignia fuera tomada por el enemigo, alimentó desde entonces los reclamos nacionalistas de quienes perdieron buena parte de su territorio al norte del Río Grande. A pesar de lo anterior, algunos sostienen que esa bandera se encuentra expuesta en la Academia Militar de West Point, como uno de los trofeos del ejército norteamericano. Más aleccionador resulta el mito de un niño que prefiere morir por la Patria. Su sacrificio es doloroso, no cabe la menor duda, pero al mismo tiempo no pierde actualidad, un siglo y medio más tarde, ni puede ser desdeñado por nadie. Cuando se intenta demostrar que es falso, se ofende una sensibilidad que lo ha tomado como excusa para expresar sentimientos que no pueden estar más justificados.

Rodeado de enemigos les disparas tu arma, no teniendo esperanza, antes que rendirte te envuelves en el pabellón nacional y presentas tu pecho juvenil a las balas del invasor. (Manuel Raz Guzmán)

A comienzos de 1814, la causa de la independencia parecía definitivamente perdida en el territorio de Venezuela. El ejército de Boves, formado por profesionales españoles y esclavos que se rebelaban contra sus antiguos amos, sometía a todo el país al terror. José Félix Ribas, caraqueño nacido en una familia de clase alta, se había improvisado militar, tal como le sucedió también a su sobrino político, el inexperto Simón Bolívar. La misión que le encomendaron parecía imposible: detener al ejército de Boves, improvisado con soldados profesionales llegados de España y esclavos que habían huido de las haciendas. Las tropas de los rebeldes estaban formadas por 1500 hombres, de los cuales 800 eran estudiantes y seminaristas de Caracas, jóvenes que no estaban demasiado bien entrenados en el manejo de las armas. ¿Acaso alguien lo estaba en ese momento, en que el entusiasmo superaba a la destreza militar?

En vísperas de la que iba a ser conocida como Batalla de La Victoria, José Félix Ribas arengó a sus fuerzas de poca edad:

Soldados: lo que tanto hemos deseado va a realizarse hoy; he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos, pero aún así me parece escaso para disputarnos la victoria. (…) En esta jornada que ha de ser memorable, no podemos optar entre vencer o morir; es necesario vencer. ¡Viva la República! (José Félix Ribas)

Durante las guerras de la Independencia, no era extraño que las mujeres siguieran a sus maridos, llevando a los hijos a la contienda. Eso terminaba involucrando a toda la familia en el manejo de las armas y la estructura militar, desde muy temprana edad. ¿Podían prever la extensión y crueldad que adquirió el enfrentamiento? Durante la etapa inicial del conflicto, es posible que lo imaginaran como un gesto de rebeldía que no tardaría en resolverse mediante la concesión de derechos por la administración colonial. Después, los reclamos se radicalizaron, el encono entre las partes aumentó y fue imposible volver atrás.

El olvido se ha impuesto sobre la mayor parte de estas figuras marginadas de la Historia, en su propósito de destacar unos pocos héroes providenciales. Manuel Bulnes era hijo de un Capitán del ejército español en Chile. Eso le permitía gozar de tempranos favores, como ser incorporado en 1811, cuando había cumplido los doce años, al Batallón de Infantería de Concepción. Era sin embargo un chico rebelde, que simpatizaba con la causa de la Independencia. Para evitarle malos pasos, la familia lo envió a estudiar a un colegio religioso en Santiago, que fue cerrado por las autoridades tras la derrota del primer gobierno independiente, por lo que el adolescente volvió a la carrera de las armas. Treinta años más tarde, Manuel se había convertido en Presidente de su país.

Las guerras de límites en las que se vieron enredados los países del continente americano durante el siglo XIX, tras el fin de la guerra de la Independencia, incluyó a muchos niños. Algunos eran cadetes militares, otros civiles arrastrados por el entusiasmo patriótico. La gente creía en la justicia de las demandas de los dirigentes del país y no dudaba en exponer su vida. En la Guerra del Pacífico (1879-1883) entre Chile y Perú, aparecen las figuras juveniles de los peruanos Manuel Bonilla, Alejandro Tirado, Emilio Sandoval, Grimaldo Amezaga, entre los defensores del territorio patrio, y los chilenos Gregorio Araya, Gaspar Cabrales, José Emilio Amigo, José Baltasar Briceño, Arturo Olid, entre los invasores. Aunque se encontraran en bandos enemigos, que un siglo y medio más tarde no terminan de reconciliarse, los une la edad (desde los 10 años a los 16) y el riesgo al que se exponían, no era inferior al que corrían los adultos. Algunos murieron en batalla, otros sobrevivieron.

La posteridad los convirtió en mitos que se proponen a las nuevas generaciones, cuando deben estudiar la Historia oficial de los respectivos países, a pesar de que el contexto político ha cambiado tanto que ya no pueden utilizarse como modelos de comportamiento.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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