BULLYING: ENCLAVES DE LA CRUELDAD INFANTIL

El pobre patito no se atrevió ni a moverse. Estaba muy triste de ser tan feo y ser la burla de todo el corral. (…) Después, las cosas fueron empeorando. El patito sufrió persecución de todos, incluso sus hermanos se portaron muy mal con él y no paraban de decirle:

-A ver si te agarra el gato, espantajo!

Y su madre decía:

-Qué lástima que no se pierda en el campo!

Y los patos le picaban, las gallinas le picoteaban y la muchacha que traía de comer a los animales, un día incluso le dio un puntapié. (Hans Christian Andersen: “El patito feo”

Bullying_galeriaBigNo hace falta describir de nuevo la discriminación y el abuso que suelen sufrir los niños en el mundo controlado por los adultos, solo por ser los más débiles, de parte de los mismos adultos que de acuerdo a las convenciones hubieran debido protegerlos durante su crecimiento y formación. Si ellos no pueden defenderse, y en muchos casos no atinan a percibir las variadas formas que asumen las agresiones, lo más probable es que se conviertan de inmediato en víctimas. Quedaría sin embargo un enclave donde los adultos habitualmente no penetran, cuyo control se les concede a los niños, donde ellos hacen y deshacen con una sorprendente impunidad, puesto que los padres y maestros han decidido que allí no podría ocurrir nada que no sean juegos inofensivos y amistad sincera. En tal caso, las evidencias demuestran que allí prospera, invisible para quienes miran para otro lado, el maltrato entre pares, el bullying.

¿Por qué no se impone la solidaridad entre los niños, considerando que tienen tantos objetivos compartidos y están obligados a enfrentar a tantos adversarios comunes? Según un informe de 2011 de la UNICEF, realizado en cuatro ciudades chilenas, un niño de cada cinco cree que los lisiados deben estudiar en establecimientos dedicados exclusivamente a ellos, vale decir, lejos de las escuelas adonde asisten los niños que carecen de problemas. La justificación para discriminarlos, no es otra que imaginar a los discapacitados como un estorbo para el normal aprendizaje de la mayoría. Más aún, la mitad de los consultados sospechaban que los discapacitados se aprovechaban de su situación para mendigar y no hacer nada útil. Los varones que se consultaron, fueron más discriminadores que las niñas, tal como los menores de 14 años fueron más discriminadores que los mayores de 14, mientras los estudiantes de escuelas públicas discriminaban más que aquellos formados en colegios particulares.

bullyingUn niño puede ser discriminado por ser zurdo, en lugar de diestro; por tener un color de piel o una textura de pelo que no coincide con las características de la mayoría; por sufrir de miopía u obesidad; por tartamudear o tener los pies torcidos, por ser autista o sufrir el síndrome de Asperger, por haber nacido en otro país y no dominar la lengua o los modismos de una región; por ser mujer o sentirse atraído por gente de su mismo género; por tener poca estatura o granos, por ser pobre o pertenecer a un culto religioso que no es el habitual, etc. Causales de discriminación nunca faltan.

A todo lo anterior, se suma el fenómeno desconcertante de la autodiscriminación. Muchas de las víctimas se identifican no con sus iguales, con quienes podrían hacer causa común, sino con sus adversarios. Una falsa conciencia se instala en aquellos que se encuentran en la situación más desesperada, y los lleva a imaginar que están del otro lado del enfrentamiento, libres de las presiones habituales, que deben colaborar con aquellos que se anuncian como vencedores, comportándose como ellos durante su relación con los vencidos.

En la actualidad, los niños más agresivos, tanto en los casos en que se encuentran solos, como cuando se organizan en grupos, hostigan y golpean a otros niños, que al quedar aislados o revelar sus debilidades, fueron designados como receptores ideales del castigo que confirma el status privilegiado de quienes los castigan. Aunque solo sea para demostrar que los líderes deben ser respetados por sus seguidores, deben hallarse víctimas adecuadas para cumplir con el rol que se aguarda de ellas.

La experiencia ha demostrado que tomados por sorpresa y ante la disparidad de fuerzas, las víctimas no habrán de reaccionar. A veces, son considerados inferiores, por feos, de menor tamaño, aunque también pueden ser gordos o tener alguna deformidad o pertenecer a otro club deportivo. Para los fines del acoso, basta que sean pobres o se encuentren peor vestidos que la mayoría; que se los suponga menos inteligentes; que se les reconozca otra nacionalidad o ser miembros de etnias minoritarias, de grupos religiosos con pocos adherentes. No siempre la carencia de algo que la mayoría aprecia, define a una víctima. En otros casos, víctima puede ser alguien más bello o inteligente que el promedio, más sensible o estudioso, ventajas que se percibien como privilegios y desatan la represalia feroz de aquellos que lo envidian o aspiran a sustituirlo.

Se acosa y agrede con el objeto de demostrar la desventaja del otro y confirmar la superioridad de aquellos que acosan y ejercen la agresión. Por eso la presencia de testigos resulta fundamental para se complete la eficacia del ataque. Gracias a los testigos, que pueden no hacer nada, pero de todos modos no condenan ni detienen la agresión, y por lo contrario se encargan de difundir la noticia de lo sucedido, para evitar que pase desapercibido, el ritual adquiere una permanencia mayor.

El desborde emocional aislado de unos cuantos chicos que, dando rienda suelta a su enojo, patean a uno de sus compañeros, es recogido por la grabadora digital de un teléfono celular y en pocos instantes puede ser subido a You Tube o Facebook, donde una cantidad indeterminada de visitantes habrá de enterarse de lo sucedido y disfrutarán ese documento como un espectáculo indigno, pero al fin de cuentas pintoresco, divertido, en lugar de evaluarlo como la evidencia de un abuso inaceptable.

Se agrede a los niños vulnerables, o al menos no se ofrece ninguna resistencia a la agresión que llevan a cabo otros, a quienes se considera amigos, iguales, para demostrar la fidelidad a un determinado grupo humano (el de los vencedores, no por casualidad) que gracias a la decisión y la falta de escrúpulos de los agresores, se lleva la mejor parte, en oposición al grupo de los derrotados, sin importar quiénes sean o cuánto sufran antes, durante y después del incidente, porque parecen destinados a llevarse la peor parte. Defenderlos sería arriesgarse a sufrir el mismo maltrato que hoy se observa impunemente, como espectador que no imagina estar involucrado.

Durante la infancia y la adolescencia, se teme la marginación, y la posibilidad de no quedar aislado, de asimilarse a un colectivo de iguales, que proteja de la incertidumbre, de ser reconocido o no como parte de un grupo humano en el que se delegan las decisiones más comprometidas éticamente, es un factor que importa demasiado, como para dejar de lado otras cosas que podrían poner en peligro la asociación con quienes abusan y marginan. Si una adhesión como esa conduce al maltrato de aquellos que no se sometieron o fueron designados como víctimas, no importa demasiado en el momento.

A la discriminación se llega en un proceso mental que (…) puede ser resumido de este modo:

Se constata que existen diferencias de hecho entre los individuos pertenecientes al grupo A y los pertenecientes al grupo B.

Se consideran esas diferencias de hecho como reveladoras de diferencias de valor, de donde se deduce que el grupo A es superior al grupo B.

Se atribuye al grupo superior A (…) el poder de oprimir al grupo B. (Norberto Bobbio: El tiempo de los Derechos)

En The Boy with the green hair, el filme de Joseph Losey de 1948, un niño convertido en huérfano de guerra, despierta una mañana con el cabello de color verde, una situación tan extraña que altera inmediatamente su relación con los otros chicos de la escuela. Como se trata de una comedia didáctica, en la que cabe entender otros conflictos de la realidad (coomo la discriminación racial o política), el personaje de la maestra resuelve las tensiones que afloran, preguntando cuántos estudiantes son rubios, cuántos tienen el pelo negro, cuántos son pelirrojos, cuántos tienen el pelo verde. Al dejar incluido al chico único en una generalidad mayor, la de compañeros de estudio, donde todos los colores tienen el mismo derecho a existir, aunque no el mismo número de representantes, el enfrentamiento entre mayoría y minoría se resuelve sin dejar víctimas ni victimarios. La reflexión y la tolerancia se imponen sobre el rechazo instintivo. He ahí un modelo de comportamiento que puede ser elegido y disfrutado por la audiencia.

La realidad del bullying demuestra que esta hipótesis del poder indiscutible de la razón, que logra superar los prejuicios, es demasiado optimista. La intolerancia a lo diferente es un sentimiento generalizado, que tiene raíces profundas y cuesta erradicar, incluso cuando se han aceptado los argumentos a favor de la tolerancia. Los niños de hoy se agreden unos a otros, inventan sobrenombres ofensivos, aluden a defectos físicos, se recuerdan situaciones humillantes, con una crueldad no inferior a la que demostraban los niños de otras épocas, en los que el maltrato quedaba reducido al ámbito escolar, en el que los docentes no se enteraban y rara vez pasaba a ser un tema que se discutiera en público.

En la actualidad, los niños disponen de un equipamiento audiovisual que les permite registrar sus propias acciones o las de aquellos compañeros con quienes simpatizan.

En el cuento de Andersen, el patito feo que debe huir de su ambiente originario, regresa del exilio al que fue forzado, convertido en un espléndido cisne, que causa la admiración de aquellos que lo despreciaban, comenzando por aquellos que en el pasado lo despreciaban, comenzando por aquellos que consideraba su familia y sus vecinos.

Esa compensación milagrosa, por improbable, que satisface todas las frustraciones y deseos reivindicatorios del ofendido, no suele darse en el mundo real. Cuando alguien es discriminado en cualquier momento, pero sobre todo en la infancia, rara vez logra desprenderse del recuerdo de las humillaciones que recibió. Más probable es que arrastre ese dolor por el resto de la vida; que las cicatrices frustren las oportunidades que le lleguen y podrían ayudarlo a superar la experiencia traumática.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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