REÍRSE DE LOS NIÑOS

Shirley Temple

Shirley Temple

Reírse de los niños (aunque no se lo confiese) negarse a tomarlos en serio, tiene un evidente atractivo para los adultos, que superaron esa etapa hace tiempo y no se sienten involucrados en historias que demuestran la inadecuación de la infancia al mundo real.  Se hacen chistes sobre los niños, en unos casos porque no saben lo que dicen, en otros porque aprovechan la presunción de inocencia que los rodea, para expresarse de manera inaceptable  Después de todo, nadie se sentirá ofendido, aunque de los niños y los ebrios salgan verdades que alguien más prudente se calla. Los mismos niños suelen ser quienes repiten esas historias, sin advertir la discriminación de la infancia que expresan.

Quizás uno se impaciente con el comportamiento de los niños en el mundo real, cuando reclaman con llanto y gritos, de los adultos que los engendraron y se comprometieron a cuidarlos, unos cuidados que no siempre reciben, pero una vez que los niños son puestos bajo control, sea con promesas o amenazas, cuando posan para una foto u ocupan la pantalla de cine o el televisor, recitando un libreto redactado por adultos y aprendido de memoria, su presencia es infalible. Habría que ser un desalmado para no rendirse a su encanto.

A los niños se les atribuye una inocencia sin límites. A todos les consta que se prestan a manipulaciones inadecuadas, que los adultos más precavidos no aceptarían. Cuando no son utilizados por la publicidad, los padres se deleitan compartiendo con otros adultos las imágenes sonrientes de sus hijos, a la par que aquellas de sus mascotas y sus anécdotas más humillantes.

Hace un par de generaciones, los padres pagaban para que los niños fueran fotografiados en un estudio profesional, delante de un fondo pintado, tal como en otras épocas pagaban para que los pintores los representaran ataviados con sus mejores ropas. Los adultos llevan esas fotografías en la billetera, para demostrar que no son estériles, tal como en la actualidad las publican en Facebook. Llenan los muros de sus casas con retratos infantiles que no tardan en desactualizarse y pronto ya no se sabe muy bien a quién corresponden.

Junto a los niños que intentaban satisfacer de manera verosímil la demanda de estereotipos de los adultos respecto de la infancia, no faltaban los adultos que encararon el mismo trabajo desde la convención declarada. El Chavo del 8 solo fue la culminación de una caricatura de la infancia interpretada por adultos, que se ha mantenido en los medios masivos (cine, radio, televisión) durante casi todo el siglo XX.

Elena Lucena

Elena Lucena

Chimbela tenía corazón, sinceridad, era dulce, tierna y nunca se supo si tenía madre, padre, novios. El personaje tenía unos quince años, así que contaba con un gran carga de inocencia. (…) Yo era la comadronita del barrio, la que sabía los chimentos. (Elena Lucena)

En los años `40 del siglo XX, la televisión no había llegado aún para capturar a las nuevas generaciones con imágenes tendenciosas, cuidadosamente filtradas, que estimulan el consumo de toda la familia, pero la imagen de los niños ocupaba desde mucho antes las pantallas del cine y las voces de niños cantantes o recitadores eran frecuentes en la radio. Los niños de entonces recibían con incredulidad la información de que Elena Lucena, intérprete radial del personaje llamado Chimbela, fuera una mujer adulta, que forzaba la voz. ¿Cómo podía ser? Su voz sonaba, en el peor de los casos, como de una adolescente, pero el vocabulario era infantil. Ella usaba inadecuadamente las palabras, como hacen los niños que se guían por la fonética e ignoran la semántica, una situación que causaba risa a los adultos. Ella era cómica, no por su ingenio verbal, ni por sus observaciones profundas, sino por resultar inadecuada al mundo de los mayores. Al reír de ella, se la marginaba por inexperta.

Fanny Brice

Fanny Brice

En un medio como la radio, la verdadera edad de los actores carecía de importancia. Fanny Brice, en los EEUU, se eternizó interpretando a Baby Snooks, una niña incorregible, desde comienzos de los `30 hasta fines de los `40, cuando ella tenía más de medio de siglo de edad. Los niños de la radio o el cine quedaban incluidos en dos categorías: los pícaros y los conmovedores. La picardía no superaba el doble sentido. Los adultos podían entender las alusiones a su modo, mientras los niños se quedaban en el plano de lo aparente, disfrutando el comportamiento de un personaje infantil ingobernable, que no llegaba a ser castigado aunque en la realidad ese hubiera sido el desenlace de sus travesuras.

El comediante Jorge Luz interpretaba en Argentina a Corchito, un niño terrible de La Cruzada del Buen Humor, programa dominical que transmitía Radio Belgrano. Era un personaje armado en la tradición de Baby Snooks y Denis the Menace (Daniel el travieso) el comic publicado a partir de 1951; una criatura malvada, que a pesar de sus malas intenciones no causaba daños permanentes a los adultos que convertía en sus víctimas. Por lo tanto, no recibía ningún castigo que intentara controlar su conducta asocial, a lo largo de una serie interminable de sketches.

Yo soy Tatín, un chiquitín / muy regalón / les diré qué hago yo: / canto cuentitos / digo versitos / todos chiquitos / todos bonitos / de corazón. / Siempre sonriente / estoy yo. (Tato Cifuentes)

Tatín y Tato Cifuentes

Tatín y Tato Cifuentes

La figura de Tatín, el personaje radial de Tato Cifuentes de fines de los años ´40 (más tarde reapareció convertido en un muñeco de ventrílocuo, gracias a la televisión) era todavía más conformista, en Chile y Argentina. No pasaba de ser la caricatura de un niño aplicado, sometido, que los adultos adiestraban para que los divirtiera cuando se lo ordenaban. Tatín era el paradigma de niño encarnado por un adulto, que cantaba en las reuniones familiares, proclamándose aquello que no era. Aunque no dejara de lado las diabluras, no llegaba a cuestionar el orden de los adultos. Su inocencia contrastaba con la complejidad del mundo que él no entendía, ni tampoco develaba ante su audiencia.

Jaimito mira a su hermanito recién nacido que se ha quedado dormido. Mamá, pregunta, ¿por qué no se mueve? ¿Se ha quedado sin pilas? (Anónimo)

En México, el niño terrible de los cuentos picantes se llamaba Pepito. En Argentina era Jaimito. Fuera de la habitual censura de los medios, en los chistes que la gente comunicaba de boca en boca, esas criaturas humillaban a sus parientes y maestros con la enunciación de palabras obscenas y un conocimiento detalladas de las debilidades humanas, que solo podría esperarse de un adulto.

Pepito y Jaimito eran adultos prematuros, travestis de la infancia que los adultos organizaban quién sabe con qué intenciones, tal vez para desensibilizarse ante la eventualidad de abusar de la infancia sin acumular cargos de conciencia. Al dar por supuesto que los niños son perversos, no pocas veces crueles y se encuentran perfectamente informados sobre la sexualidad humana, ¿por qué tenerles consideración?

Los niños podían ser malvados e ignorantes, por lo que cabía disculpar sus metidas de pata. Eran inaguantables, pero también cómicos. Apenas se escarbaba un poco en las situaciones que protagonizaban, no se tardaba en verlos como víctimas. Los conflictos provenían de los adultos, que podían ser demasiado convencionales (los padres de Dennis o Mafalda) o ausentes (los de Charlie Brown). Situaciones como esas justificaban las malas maneras infantiles.

De acuerdo a la perspectiva de los personajes cómicos infantiles, ser adulto era ser hipócrita y proclamarse mejor de lo que efectivamente se era. El doble estándar de los adultos podía ser parte de una guerra no declarada entre los miembros de distintas generaciones, que se encontraban obligadas a compartir el territorio familiar. Quizás los niños desconozcan las complejidades de la política y los negocios, ámbitos en los que se les niega el ingreso hasta que llegan a la adultez, pero no ignoran los conflictos de la vida doméstica, donde los adultos suelen demostrar que no son lo que aparentan.

Los niños terribles complementan la imagen enternecedora pero unilateral de la infancia, organizada al estilo de las pinturas y fotografías victorianas, que idealizan la vida familiar. Es lo que plantea una interminable serie de filmes que utilizan a los niños (poco importa si ellos hacen algo admirable o solo sirven de relleno, con tal que sean bonitos) para seducir a la audiencia. ¿Quién podría resistir el encanto de la imagen en movimiento de un niño? Ellos sonríen, gatean, lloran, dan sus primeros pasos, se ensucian la cara al comer, son limpiados y no hace falta demasiado más para justificar el atractivo que ejercen sobre la audiencia de todas las edades.

Alan Parker; Bugsy Malone

Alan Parker; Bugsy Malone

A veces los niños son convocados para disfrazarse de lo que todavía no son; se convierten en payasos que exageran su inadecuación para interpretar el rol de adultos. En Bugsy Malone, un filme musical de los años 1976, se presenta una historia de fabricantes de alcohol ilegal, gangsters y bailarinas, ambientado medio siglo antes, que se encuentra interpretado en su totalidad por niños. La obscenidad se encuentra siempre cerca de esas imágenes, a diferencia de lo que pasaba en los sketches de El Chavo del 8, donde sucedía lo contrario.

Elenco de El Chavo del 8

Elenco de El Chavo del 8

PROFESOR JIRAFALES: ¿Qué puede venir antes del síncope?

CHAVO: Un cuátrope. (Roberto Gómez Bolaños: El Chavo del 8)

Los adultos que asumen roles infantiles quedan expuestos en su inadecuación, no llegan a confundirse nunca con aquello que imitan, mientras los niños que asumen roles de adultos rondan la pornografía.

Shirley Temple comenzó a trabajar en el cine en 1931 a los tres años, protagonizando cortometrajes sonoros donde se parodiaban situaciones de adultos, como el enamoramiento, el trabajo en clubes nocturnos, etc. Cuando Shirley imita a Mae West, la situación resulta demasiado perturbadora para la sensibilidad actual, que ha recibido tantos datos de niños abusados: Temple se muestra como una niña que simula a la perfección el personaje adulto de una prostituta experimentada. En la complejidad mental de los adultos, la posibilidad de que ellos alimenten fantasías eróticas a partir de una ficción que se anuncia como inocente, es algo que en la actualidad incomoda, mientras que en el pasado probablemente no se percibía de ese modo, puesto que la censura del medio no llegó a sancionarlo.

La conciencia del abuso que suelen sufrir los niños de parte de los adultos y sus iguales (entre los cuales, el bullying) no había tomado forma por entonces.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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