¿POR QUÉ NO ASUSTAR A LOS NIÑOS?

Nalgadas paternales

Nalgadas paternales

A veces, los niños no quieren ir a dormir. O rehúsan hacer tareas. O no comen lo que sus padres han puesto en sus platos. O no tragan las medicinas que tienen mal sabor. O se resisten a lavarse las manos. O no terminan de llorar. La nómina de situaciones infantiles que pueden molestar a los adultos, puede ser interminable, probablemente más extensa que la de conductas agradables. Cuando se intenta hacerlos razonar y se descubren que es lo último que están dispuestos a hacer, cuando se intenta seducirlos y se descubre una resistencia enconada, no es raro que los adultos amenacen a los niños. Si se trata de la madre, promete un castigo que propinará el padre. Si son estudiantes revoltosos, los maestros pueden dar tirones de pelo, que no dejan huellas visibles. Si nada de eso tiene efecto, se anuncia la inminente llegada de algún ser horrible, a veces sobrenatural, que se encargará de castigar la desobediencia.

Duerme niño, duerme / duerme que viene el Coco / y se lleva a los niños / que duermen poco. (Canción de cuna)

Hombre del saco

Hombre del saco

Si tanta gente estaba convencida en el pasado, de que en las escuelas la letra con sangre entraba, un buen susto no podía ser desaprovechado, cuando se intentaba quebrar la resistencia al aprendizaje de los niños, de acuerdo a la opinión difundida entre los adultos. Por lo tanto, el Coco, el Hombre del Saco, la Bruja de risa siniestra, se habían establecido en los rincones más sensibles del imaginario infantil de hace un par de generaciones (probablemente fueron sustituidos en la actualidad por zombis, vampiros, traficantes de droga y hackers no menos temibles).
Los niños podían soñar con los monstruos, acechando a sus víctimas desde una oscuridad que impedía descubrirlos hasta que resultaba demasiado tarde para escapar. De algunos de ellos, tampoco era improbable suponer que estuvieran aguardando a la vuelta de la esquina, a plena luz del día, cuando un chico iba a la escuela o regresaba del catecismo.

James Whale: Frankenstein

James Whale: Frankenstein

Los medios no tenían demasiada responsabilidad en la alimentación de ese temor, porque estaban lejos de haber alcanzado el poder abrumador que disponen en la actualidad.
Las películas de terror no eran por entonces de fácil acceso para los niños y de todos modos planteaban un escaso contacto con la realidad. La criatura de Frankenstein o Dracula no pasaban de ser ficciones que asustaban mientras uno estaba sentado en el cine, pero después de cierta edad, los 7 u 8 años, revelaban su evidente falsedad apenas terminaba la proyección. Por lo tanto, la lección que podía extraerse de la ficción era nula.

Los cuentos de hadas enseñan bien poco sobre las condiciones específicas de la vida en la moderna sociedad de masas; estos relatos fueron creados mucho antes de que ésta empezara a existir. Sin embargo, de ellos se puede aprender mucho más sobre los problemas internos de los seres humanos, y sobre las soluciones correctas a sus dificultades en cualquier sociedad, que a partir de otro tipo de hiso de historias al alcance de la comprensión del niño. (Bruno Bettelheim: Psicoanálisis del cuento de hadas)

Gaustav Doré: Caperucita Roja

Gaustav Doré: Caperucita Roja

En los cuentos de hadas tradicionales se advierte la intención didáctica (y al mismo tiempo consoladora) de esas historias destinadas a los niños. En Blancanieves, Pulgarcito, Caperucita Roja, La Bella Durmiente, Hansel y Gretel, Jack y las habichuelas, Pinocho, hay personajes horribles que acosan a los héroes infantiles, amenazan con matarlos, pero finalmente no llegan a derrotarlos. Se trata de ogros, hechiceros, brujas, madrastras, demonios que terminan destruidos por el ingenio de quienes (de acuerdo a todas las probabilidades) hubieran debido ser sus víctimas.
Los equivalentes de la actualidad al lobo de Caperucita, serían los maduros pedófilos que simulan ser niños, cuando participan en un chat de internet, un ámbito donde confían captar (grooming) a niños curiosos y desprevenidos, que entran en conversación y suministran datos que luego los comprometen, con el objeto de ofrecerles fotos osadas y solicitarles que les retribuyan con algo similar, en un proceso de seducción y chantaje que culmina en la violación y la esclavitud sexual.

Walt Disney: Pinocchio

Walt Disney: Pinocchio

No cuesta mucho establecer un paralelo entre la apetitosa casita de golosinas que tiene la bruja de Hansel y Gretel, con las ofertas gratuitas de drogas que hacen los dealers con el objeto de atrapar a los más jóvenes, antes de convertirlos en adictos y distribuidores.
¿Qué resulta más fácil de percibir que la similitud entre el zorro charlatán de Pinocho y las maniobras del maestro, transportista o sacerdote pedófilo, que aprovecha su superior entrenamiento verbal, para acallar la resistencia de cualquier niño que caiga en sus manos? Los viejos cuentos que hoy se consideran pasados de moda, no evitaban el desafío de tratar asuntos graves, pero tomaban precauciones para no informar todo lo que sabían sobre los riesgos de la convivencia de niños y adultos.
Que la realidad cotidiana es peligrosa y temible en muchos aspectos, y que los adultos responsables de la crianza de niños no pueden evitar preocuparse por la responsabilidad de protegerlos, son situaciones con las que cualquiera está de acuerdo. ¿Utilizando qué tipo de recursos, adecuados o no a la mente infantil?
A mediados del siglo XX, eran los padres, abuelos, tíos, amigos y maestros, quienes no dudaban en perturbar la imaginación de los niños con historias horribles, que se suponía aleccionadoras, tanto más efectivas por el lugar donde ocurría la comunicación (la intimidad del hogar) y la credibilidad que gozaban los narradores. Hoy, gran parte de esa tarea queda confiada a los medios, que no tienen como objetivo la información de su audiencia infantil, sino su seducción para exponerlos a los mensajes publicitarios.

Ateven Spielberg: Jurassic Park

Ateven Spielberg: Jurassic Park

Los filmes de Steven Spielberg suelen estar habitados por niños irresponsables, que no atienden los consejos de los mayores y pronto desencadenan desastres (eso se ve en Jurasic Park y sus secuelas, en Empire of the Sun, en ET, incluso en Indiana Jones. Se trata de ofrecer personajes que permiten la proyección-identificación de una audiencia mayoritaria, aleccionándola de paso para que se sometan a los adultos.
No es improbable que en el pasado algunos adultos se propusieran atemorizar a los niños con las mejores intenciones que sufren los desprevenidos. Asustar con un cuento, puede argumentar cualquiera, no es lo mismo que sufrir situaciones traumáticas. La moraleja de Caperucita Roja de Charles Perrault, presente en el texto del siglo XVII, fue desapareciendo en las versiones del siglo XX, porque la modernidad considera que la moraleja es un agregado de mal gusto, demasiado explícito, con lo que se dejó a esa historia despojada de su contexto fundamental.

Aquí vemos que la adolescencia, / en especial las señoritas / bien dispuestas, amables y bonitas / no deben oír a cualquiera complacidas / y no resulta causa de extrañeza / ver que muchas del lobo son la presa. / Y digo lobo, pues bajo su envoltura / no todos son de igual calaña: / los hay que con no poca maña / silenciosos, sin odio ni amargura / que en secreto, pacientes, con dulzura / van a la siga de las damiselas / hasta las casas y en las callejuelas; / más, bien sabemos, que los zalameros / entre todos los lobos, son los más fieros. (Charles Perrault: Caperucita Roja)

¿Acaso los adultos disfrutaban metiendo miedo a los niños, al demostrar que ellos (y nadie más) eran capaces de protegerlos? Aquellos que asustaban, eran también aquellos que disponían de autoridad. Eso abre la sospecha de que no pensaran tanto en el bien que buscaban para los niños, como en el poder que se preocupaban de afirmar.
La consabida superioridad de los mayores sobre los niños que les estaban sometidos, quedaba demostrada por una serie interminable de prohibiciones, que afectaba a situaciones mucho menos conflictivas de la vida cotidiana. Mezclar sandía con vino era fatal para la digestión. Bañarse en el río (o el mar) antes de que pasaran dos horas de haber comido, prometía calambres (y ahogarse). Tocarse demasiado los genitales podía tener consecuencias tan paradojales como la calvicie y un delator crecimiento de pelo en la palma de las manos.
Al adoctrinar a los niños mediante el miedo, suponían los adultos del pasado, estaban preparándolos para que afrontaran los riesgos de la vida real, en mejores condiciones que si los hubieran mantenido en la más completa ignorancia, pero al mismo tiempo el temor a ser demasiado explícitos y arruinar la frágil “inocencia” de los niños, terminaba por reducir su enseñanza a asustar.
Gracias a las historias terroríficas, argumentaban los adultos, se impedía que los niños desconocedores de la perversidad del mundo, se comprometieran en situaciones seductoras, que se revelarían dañinas para ellos. No debían conversar con extraños, ni aceptar regalos, comenzando por inocentes caramelos, aunque no explicaran por qué. Podían inventar que los gitanos robaban niños para convertirlos en mendigos y ladrones. Las nociones hoy tan difundidas de la pedofilia y la trata de personas, no llegaban a ser descritas, por lo que el temor que se sembraba era incapaz de informar a los niños sobre los verdaderos peligros que debían evitar. Si los mensajes hubieran sido menos indirectos, habrían sido también más eficaces.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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