NIÑOS DEL SIGLO XVIII (I): EL DERECHO A LA ILUSTRACIÓN

La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras. (Jean-Jacques Rousseau)

Jean-Jacques Rousseau

Jean-Jacques Rousseau

Desde la perspectiva del siglo XXI, en la que continúa habiendo padres desatentos e incluso crueles, que son señalados por la sociedad y pueden ser perseguidos por la Justicia, las contradicciones de la crianza de niños propias del siglo XVIII resultan difíciles de entender. Por un lado, los niños se encuentran desprotegidos, como había sucedido desde siempre, carecen de derechos y deben someterse a las decisiones unilaterales de los adultos, mientras que por el otro los niños alcanzan una visibilidad antes impensable y comienzan a ser observados como seres humanos dignos de interés, aunque solo sea para entretener a los adultos.
Vigilar la salud de los niños fue la excusa que tradicionalmente declaraban los adultos, para hacerlos objetos de maltratos variados, que venían a tranquilizar los temores y ansiedades de quienes los sometían. ¿Acaso no se preocupaban por el bienestar presente o futuro de su prole? Con esa justificación los niños eran circuncidados para que pudieran higienizarse mejor y evitaran el vicio del onanismo, o eran sometidos periódicamente a purgas extenuantes que debían depurarles la sangre de humores tóxicos. Se los castigaba sin remordimientos de ningún tipo, para que aprendieran la lección útil o inútil que los adultos hubieran decidido impartirles. Un gran líder religioso no dudaba en revelar a comienzos del siglo XVI sus puntos de vista hostiles respecto de la descendencia, entendida como una prolongación del adultos, que él podía utilizar de acuerdo a sus criterios, reprimiéndola sin contemplaciones, cuando lo consideraba necesario:

Preferiría tener un hijo muerto, antes que un hijo desobediente. (Lutero)

Los niños eran básicamente malos, de acuerdo a la perspectiva tradicional, ya fuera porque no respetaban la autoridad de los adultos, sea porque tardaban en entender y aceptar las órdenes que se les daban, incluso porque en mucho casos provenían de un condenable momento de lujuria de sus padres, que su incómoda presencia se encargaba de recordar. Experimentar hostilidad respecto de ellos, no era algo odioso, antinatural, de lo que alguien se sentiría obligado a avergonzarse, sino la reacción normal de cualquier adulto con principios morales bien establecidos. Por eso, la posibilidad de tratarlos como enemigos se manifestaba de mil modos.

Andrea della Robbia: Niño fajado

Andrea della Robbia: Niño fajado

Las cunas de los niños que lloraban por cualquier motivo, eran mecidas reiteradamente por las madres, hasta marearlos y lograr que se callaran. Se fajaba muy apretados a los niños, durante los primeros meses de vida, con la excusa de evitar que asumieran posturas inadecuadas (entre las cuales, tocarse tempranamente los genitales). Se llegaba a obligarlos a agradecer, una vez crecidos y capaces de hablar, el castigo que acababan de recibir, como si se tratara de un beneficio generosamente concedido por los adultos. ¡Qué formidable batería de justificaciones para liberar de toda culpa a los responsables de tantas actividades crueles y obligar a las víctimas a sufrirlas sin resistencia!

Casi la mitad de la especie humana perece en la infancia por trato inadecuado o por descuido. (William Buchan: Domestic Medicine or the family physician)

Los padres no lograban diferenciar a sus hijos de ellos mismos. Los habían engendrado y por lo tanto, después del nacimiento continuaban siendo suyos, una excrecencia bonita en unos casos, molesta en otros, carente de identidad, que podían maltratar, como podían complacer, siempre y cuando fueran capaces de satisfacer los caprichos de sus creadores. El psicoterapeuta Joseph Reinhold ha detectado el deseo latente de matar a su prole en muchas madres de la actualidad, que no llegan a concretar esa aspiración y más bien se horrorizarían si alguien se la mencionara. ¿Acaso los niños no desencantan, aburren o estorban a quienes los engendraron, y más de una vez se arrepienten de haberlo hecho?

Medea y sus hijos

Medea y sus hijos

En la tragedia antigua, Medea no duda en matar a los dos hijos que ha tenido con Jasón, para vengarse del hombre que acaba de abandonarla. Sabe que al colgarlos de un árbol hará sufrir a quien la defraudó, mientras que en forma paralela ella no muestra ninguna piedad por aquellos que trajo al mundo. Aunque están vivos y han adquirido conciencia e independencia, los niños continúan siendo vistos como parte de los adultos.
La idea de que no vale la penar tomar demasiado en cuenta a los niños, excepto para utilizarlos cuando conviene a los adultos (que pueden eliminarlos, si molestan) se mantuvo sin mayores cambios durante siglos desde la Antigüedad. Los ideólogos de la Ilustración plantearon otra visión no menos simplista, pero de todos modos opuesta a la tradicional:

El niño nace bueno, es la sociedad quien lo corrompe. (Jean-Jacques Rousseau)

Murillo: Niños comiendo melón

Murillo: Niños comiendo melón

Durante el siglo XVIII, la sensibilidad colectiva respecto de la infancia comienza a renovarse. Los niños pobres sufrían condiciones de existencia inadecuadas y debían ser protegidos en su indefensión, en lugar de ser ocultados o exterminados, como si se tratara de un estorbo. Thomas Coram abrió en Londres un Hospital de niños expósitos en 1741, después de haberse convertido en un próspero comerciante, con negocios en Inglaterra y las colonias de Norte América.
La iniciativa conmovió a la sociedad inglesa, que hasta entonces solía abandonar a su suerte a los niños no deseados. Georg Haendel, el más famoso músico de la época, escribió un himno para el Hospital, y ejecutó el Oratorio El Mesías durante un concierto a beneficio de la institución. El famoso artista plástico William Hoggarth pintó un retrato de Coram y fue uno de los primeros directivos del Hospital.
Algo antes, en 1729, Jonathan Swift escribió “Una modesta proposición para terminar con el hambre en Irlanda”, un texto que suele considerarse satírico (para no verlo como monstruoso), en el que planteaba resolver las recurrentes crisis de hambruna en Irlanda, mediante la venta de niños pequeños de familias pobres, para que los ingleses ricos se alimentaran con su carne asada. Los estudiosos no han logrado ponerse de acuerdo: ¿Swift se burlaba de la ineptitud de la clase política inglesa para resolver los conflictos sociales, o lo decía en serio y simplemente estaba loco?

Aplicáis el castigo [a vuestros hijos] en contra de vuestro sentir, por imperativos de la conciencia, y requerirle que no os vuelva a causar tanto dolor y esfuerzo: pues si lo hace debe compartir el dolor con vosotros y tener así experiencias y prueba de que es doloroso para ambos. (Rosamond Bayne-Powell: The English Child in the eighteenth century)

En 1740, el joven pastor evangélico George Whitefield fundó el Orfanato de Bethesda (Casa de la Piedad) en una finca de las inmediaciones de Georgia, utilizando los fondos que había reunido mediante la prédica religiosa por las colonias inglesas de Norte América. En la institución se educaba a los niños para que pudieran mantenerse con su trabajo.

Durante el siglo XVIII se afianza la idea de que la educación puede trastornarlo todo, si se imparte en el momento más adecuado, la infancia.

La única costumbre que hay que enseñar a los niños, es que no se sometan a ninguna. (Jean-Jacques Rousseau)

Desde la perspectiva actual, puede sospecharse de la honestidad intelectual de Rousseau, cuando se sabe que no reconoció a ninguno de los varios hijos que tuvo con sus empleadas domésticas y prefirió abandonarlos a las instituciones que recogían huérfanos, con el objetivo declarado de librarlos de las distorsiones malsanas que a su juicio introducían en las mentes jóvenes la rutina de la vida en familia.  Otra hipótesis parece más probable: la crianza y educación de niños complicaba demasiado los proyectos intelectuales a los que se dedicaba Rousseau (a diferencia de lo que experimentaba el músico Johan Sebastian Bach, que no dudaba en engendrar un hijo tras otro, no obstante su precaria situación económica).

Aunque simpatizaba intelectualmente con la infancia, como demuestra su consejo a los maestros de que no apliquen castigo a sus estudiantes, Rousseau no sentía el menor afecto por sus hijos. Su biografía poco edificante, importó sin embargo bastante menos que las ideas de progreso social que difundían los libros que publicó y fueron leídos por aquellos que desconocían sus circunstancias.

El siglo que culmina en la Revolución Francesa, fue altamente conflictivo y anunciaba los enfrentamientos aún más cruentos que se dieron a partir de 1789. Los niños que provenían de diferentes sectores de la sociedad, se encontraban tan segregados en las escuelas y en los momentos de ocio, como estaban segregados los adultos en los negocios y la administración pública.

A partir del siglo XVIII, las familias burguesas ya no admiten esta convivencia [en las escuelas, de ricos y pobres] y retiran a sus hijos de lo que pasará a ser la enseñanza primaria popular, para meterlos en los internados (…) monopolio de la burguesía. Los juegos y las escuelas, que al principio eran comunes a toda la sociedad, entran en adelante en un sistema de clases. (Philippe Ariés: El Niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen)

El llamado Siglo de las Luces (por el matemático Jean le Rond d´Alembert) quedó marcado por las búsquedas científicas y filosóficas, pero tuvo como acontecimiento culminante la Revolución Francesa, que abolía los privilegios de casta y proclamaba la igualdad de todos los hombres ante la Ley. D´Alembert mismo tuvo que superar el hándicap de ser el hijo ilegítimo de miembros de la nobleza, abandonado al nacer en el umbral de una iglesia. Aunque su padre no lo reconoció nunca, financió su educación. Primero estudió Teología, luego Derecho, a continuación Medicina, pero en ninguna de estas carreras se sentía cómodo. Su acercamiento a las Matemáticas fue el de un autodidacta. No obstante, a los veintidós años presentaba su primera propuesta ante la Academia de Ciencias de Paris y un par de años más tarde pasaba a ser miembro de esa institución.

De acuerdo a los enciclopedistas, los méritos personales, refrendados por el trabajo personal, importaban más que la cuna y las jerarquías sociales. Esa idea animó el pensamiento moderno (con frecuencia, transformada en un mito contradicho y burlado por la realidad) que sigue vigente hoy, como una meta deseable, pero siempre distante. Otorgar oportunidades a todos los niños, sin importar su origen o género, pasaba a ser una de las demandas fundamentales del nuevo orden.

 

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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