NIÑOS DEMASIADO ATRACTIVOS (I)

Niña del siglo XIX

Niña del siglo XIX

Durante el siglo XIX, al organizarse la producción en serie de mercancías, las imágenes infantiles comenzaron a ser utilizadas sistemáticamente por la publicidad y las tarjetas postales que la gente intercambiaba como hoy hacen con los mensajes de texto: para no decir mucho y resultar bienvenido. Eran niños angelicales, regordetes, sonrientes, bien vestidos (a diferencia de los putti desnudos del Renacimiento) que atraían la mirada de los consumidores. Como se aspiraba sobre todo a capturar la atención de los consumidores masculinos, la publicidad había empleado figuras femeninas convencionales, provistas de cinturas de avispa, ojos enormes, bocas carnosas, grandes rizos y trajes vaporosos, que estimulaban las fantasías de los hombres, pero al mismo tiempo establecían cierta distancia respecto de la pornografía.

Anuncio victoriano

Anuncio victoriano

Pronto se advirtió que la imagen de niños de corta edad se ajustaba todavía mejor a esa estrategia, porque ofrecía las ventajas adicionales de resultar atractiva para hombres y mujeres por igual y la de ser reciclada como un adorno de los hogares. Los calendarios, los envases de productos, los anuncios comerciales que mostraban figuras infantiles estilizadas, carentes de conflictos, podían ser disfrutados durante años, como estímulo a las ensoñaciones de los consumidores.

Lewis Carroll: retrato de Alice Liddel

Lewis Carroll: retrato de Alice Liddel

Las niñas de clase alta fotografiadas por Charles Dodgson (conocido como Lewis Carroll, después de haberse convertido en el exitoso autor de Alicia en el país de las maravillas) quebraban ese optimismo bastante monótono. Ellas aparecen involucradas en puestas en escena donde son las protagonistas y nada queda librado al azar. Representan personajes ficticios (una mendiga de ropas desgarradas, por ejemplo). Que un pastor anglicano, profesor de matemáticas en la Universidad, registrara esas imágenes durante años, sin tropezar con ninguna demanda judicial, indica no solo su insistencia obsesiva, sino la tácita aceptación de los padres, que solían acompañar a las niñas durante las sesiones fotográficas.

Julia Margaret Cameron

Julia Margaret Cameron

Julia Margaret Cameron había llegado todavía más lejos en sus fotografías de la misma época, pero al menos contaba con el resguardo de ser mujer, una condición que supone la posibilidad de establecer contactos más íntimos con la infancia, sin despertar la suspicacia de nadie. Los niños que ella registró, aparecen desnudos (aunque ocultando los genitales) con la excusa de representar escenas mitológicas tradicionales. Gracias a iluminaciones indirectas, sabios desenfoques y poses calculadas, ya no deberían ser considerados niños expuestos a la mirada de no se sabe quién, sino artísticos Cupidos, hadas, gnomos, etc.

Primera Comunión comienzos siglo XX

Primera Comunión comienzos siglo XX

La tradición de exponer el cuerpo de los niños a través de fotos que se anunciaban inocentes, y sin embargo tenían connotaciones sexuales evidentes, se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. A las niñitas se les maquillaba la boca para retratarlas, incluso con traje de Primera Comunión. Niños de pocos meses eran fotografiados desnudos, tendidos boca abajo, sobre un almohadón, para mejor exhibición de sus nalgas. La publicidad se permitía maquillar a una niña como una mujer adulta, sugiriendo que esa imagen podía resultar excitante a un espectador de cualquier edad. Solo era cosa de que los adultos tomaran en cuenta esa alternativa, por si no la sospechaban.

Anuncio de Baby Soft

Anuncio de Baby Soft

La inocencia es más sexy de lo que imaginas. (anuncio del perfume Love´s Baby Soft, 1975)

¿Cómo podía organizarse una campaña como esa, en una época en que se habían vuelto frecuentes (y airados) los reclamos feministas respecto de la utilización del cuerpo de la mujer por los medios?  Los niños no protestaban. Los adultos que debían responsabilizarse de ellos, los creían a salvo y miraban para otro lado. Recurrir a los niños para vender un bronceador como Coppertone, para lo cual se descubría el trasero que no había estado expuesto al sol, no era aún políticamente incorrecto. Solo se trataba de un juego inocente, como hubiera podido argumentarse también de las pin-ups dibujadas por Alberto Vargas, unos años antes, que pretextando sorpresa, no conseguían evitar que las ropas movidas por el viento, desnudaran sus formas tentadoras.

Promediando el siglo XX, Lolita, la novela de Vladimir Nabokov, consiguió diseñar el personaje de una nínfula (niña, pero también algo más, una figura inclasificable, libre de las restricciones de la mujer adulta) que enloquecía al profesor Humbert Humbert, un hombre maduro, hasta convertirlo en un paria y lo peor de todo lo embaucaba con su falsa inocencia. ¿Por qué no abusar de ella, si no era la primera vez que le sucedía?

Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca): propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas.  (Vladimir Nabokov: Lolita)

De acuerdo al razonamiento perverso de Humbert Humbert, el abuso de una menor dejaba de ser un acto reprobable, como ha decidido la sociedad, puesto que la víctima habría tomado la iniciativa, al excitar al adulto, aunque fuera de manera inconsciente (este es uno de los justificativos habituales de los pedófilos). Aunque apenas llegada a la pubertad, ella debía ser considerada como una hembra manipuladora, una seductora precoz. El hombre maduro no había logrado evitar la red de mentiras que ella teje, con el objeto de someterlo a sus designios.

La actividad del pedófilo suele tener su castigo en un evento que no puede ser más opuesto a sus deseos: los niños crecen, por imperio de la naturaleza, pierden el atractivo de sus pocos años, se convierten en adolescentes rebeldes o con acné, y a continuación en adultos jóvenes, bastante más informados respecto del mundo en el que se mueven, que rechazan o denuncian los intentos de los abusadores.

James Barrie y amiguito

James Barrie y amiguito

A comienzos del siglo XX, James Barrie había publicado las aventuras de Peter Pan, una serie de libros, piezas teatrales y filmes que se convirtieron en clásicos de la ficción para la infancia. La historia es conocida: un grupo de niños, conducidos por uno que no crece (Barrie mismo, no medía más de 1,50 metros) huyen de la opresiva disciplina familiar, hacia Neverland, un territorio de los sueños, donde su vida es más entretenida. ¿Por qué escapar de la realidad? ¿En compañía de quién escapar? ¿Qué hacer después?

Los padres que hoy ven desaparecer a sus hijos, atraídos por interlocutores de Facebook que los niños no han visto en su vida, pero se han ganado su confianza, con el objeto de conducirlos al abuso sexual y en ciertos casos la muerte, pueden ver con explicable inquietud las aventuras de Peter Pan que hasta hace poco tiempo se evaluaban como fantasías inocentes.

Michael Jackson y amiguito

Michael Jackson y amiguito

Cuando el cantante Michael Jackson se convirtió en adulto y reunió una fortuna, la utilizó para organizar en California un refugio donde esperaba ambientar sus sueños y llamó Neverland. En ese lugar protegido de los curiosos, había juegos infantiles, una arquitectura de parque de diversiones, retratos del propietario caracterizado como Peter Pan, curiosidades como chimpancés con pañales, que dormían en la misma cama con el dueño de casa y sus visitantes impúberes, el esqueleto de John Merrick, el Hombre Elefante, etc. Ese mundo idílico se vio empañado, pocos años más tarde por demandas por pedofilia, que terminaron retirándose, después de desembolsos de millones de dólares. Las amistades íntimas de adultos y niños se vuelven sospechosas en los años finales del siglo XX.

Brooke Shields: Pretty Baby

Brooke Shields: Pretty Baby

Una película moralmente incómoda de 1978, Pretty Baby, mostraba la relación de Ernest J. Bellocq, fotógrafo de comienzos del siglo XX, con Violet, una de sus modelos, niña de 12 años, hija de una prostituta de New Orleans, crecida en un burdel, cuya virginidad es subastada entre los clientes. ¿La presunta denuncia de una situación inaceptable del pasado, servía de excusa para la exhibición del cuerpo desnudo de una actriz, Brooke Shields, que en el momento de la filmación tenía casi la misma edad del personaje?

Cuatro décadas más tarde hay menor tolerancia respecto de la participación de niños en escenas violentas o escabrosas de los medios audiovisuales. Si los productores alimentan fantasías perversas, no tardan en quedar al descubierto y probablemente se los sancione. El significado del término pedofilia, acuñado por el psiquiatra Richard von Kraff-Ebbing en 1886, se encuentra hoy ampliamente difundido por la prensa gráfica y audiovisual. Muchos plantean la necesidad de que se hable de eso que solía ocultarse con vergüenza, en las escuelas, en las familias, para evitar que los niños ignoren la amenaza efectiva que pende sobre ellos.

Gustave Doré: ilustración de Caperucita Roja

Gustave Doré: ilustración de Caperucita Roja

Charles Perrault utilizaba subterfugios para describir el conflicto durante el siglo XVIII. Caperucita Roja cae víctima de la seducción de un lobo, para que los niños adviertan que deben cuidarse de alternar con desconocidos que los detienen cuando ellos andan solos y les hacen demasiadas preguntas.

Las instrucciones que hoy se espera de los padres preocupados por cuidar a sus hijos, es bastante más explícita: los niños deberían ser instruidos para desconfiar de extraños que los toquen, tanto como de medios como Facebook, donde ellos se sienten seguros, solo porque está de moda, y suponen que están entre iguales (cuando nada les asegura que esos interlocutores infantiles sean lo que afirman ser).

Probablemente nunca se habló más claro que en la actualidad, de temas como estos, que el pudor obligaba a eludir con eufemismos o dándole la espalda hasta no hace mucho. La gente callaba para “no abrir los ojos de los niños”, cuya inocencia resultaría preservada por la ignorancia. La abundancia de datos que llegan hoy a cualquiera que abra un periódico o encienda la televisión, no permite continuar apostando al silencio. La policía descubre periódicamente redes internacionales de pedófilos, que intercambian imágenes de niños sometidos a explotación sexual. Se detecta y denuncia a los pedófilos, en reductos que durante siglos habían sido considerados tan seguros para ellos, como las escuelas y los templos.

El mito de que si algo desagradable le ocurre a los niños, debe haber sucedido fuera de la familia, en la calle, por ponerse en contacto con extraños, gracias a lo cual todo se mantendría bajo control encerrándolos, se ha derrumbado para siempre. Las víctimas hablan y denuncian que el abuso ocurre por la indiferencia, la complicidad o la participación directa de familiares y amigos.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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