NIÑOS DEL SIGLO XVII

Representación de niña bruja

Representación de niña bruja

Apenas comenzado el siglo XVII, los niños participaban en la cacería de brujas que se extendió por Europa desde un siglo antes. Los niños podían ser denunciados por sus parientes o vecinos de participar en ritos satánicos, mientras que en otros casos se inculpaban, arrastrados por la histeria colectiva, o denunciaban a sus parientes y vecinos, como sucedió en Zugarramurdi. Después de dos años de investigaciones, recogidas en 11.000 páginas, el Tribunal de Logroño obtuvo casi dos mil confesiones de brujería, la mayor parte de las cuales provenientes de niños de 7 a 14 años. Ser tan jóvenes y fáciles de influir, no les quitaba ninguna credibilidad, ni tampoco los libraba de que los juzgaran y torturaran como se hacía con los adultos. A veces, la inquisición llegaba tarde, porque los vecinos se habían encargado antes de ahorcar, lapidar o quemar a quien fuera sospechado de bujería.

En asuntos tan serios como esos, los testimonios infantiles podían ser aceptados como válidos. Cuando alguien los ponía en duda, como hizo el inquisidor Alonso de Salazar Frías, utilizando el sentido común, su actitud despertaba la suspicacia de los colegas.

¿Cómo poder documentar que una persona, en cualquier momento, vuele por el aire, que una mujer pueda salir por un agujero por el que no cabe una mosca, que otra persona pueda hacerse invisible a los ojos de los presentes o sumergirse en el río o en el mar y no mojarse, o que pueda a la vez estar durmiendo en la cama y asistiendo al aquelarre? Esas cosas son tan contrarias a toda sana razón que, muchas de ellas sobrepasan los límites puestos al poder del demonio. (Alonso de Salazar Frías)

Tormentos de la Santa Inquisición

Tormentos de la Santa Inquisición

Los inquisidores suizos daban a elegir a los padres de los niños condenados por brujería: podían expulsarlos de sus hogares y darlos oficialmente por muertos, o bien envenenarlos ellos mismos, con el objeto de enmendar el error de haberlos traído al mundo. En circunstancias menos conflictivas, durante el siglo XVII, el bienestar de los niños no parecía preocupar a muchos. Ellos no son mencionados en la Literatura, ni en las Leyes, como si se tratara de seres invisibles. Se encuentran por todos lados, si sobreviven a las condiciones de salubridad inadecuadas que los aguardaban durante los primeros años de vida, pero su existencia no constituía un tema de preocupación para los adultos.

Los niños más atractivos, eran aquellos que se apartaban de la normalidad y se volvían amenazantes. Los monstruos, a medio camino entre lo humano y lo animal, centraban la atención en sus características horribles, que no se correspondían con las del resto de la infancia. Si no se los eliminaba, se los exhibía para causar espanto.

En 1604 descubrieron a quien fue conocido como el niño oso de Lituania, el primero de tres que aparecieron por esos años, en la misma región. La criatura mordió y arañó a quienes intentaban rescatarlo del salvajismo. Una vez en Varsovia, logró aprender algunas palabras, que le permitían comunicarse con quienes le habían dado refugio, pero continuó alimentándose con hierbas, frutas y miel. Si previamente había formado parte de alguna familia humana, resultaba imposible averiguarlo.

Historias parecidas llegaban de Bamberg, Hamelin, o Kranenburg. Desde la perspectiva actual, se supone que estos infortunados, que causaban tanta curiosidad, eran los miembros marginados de una sociedad que aborrecía de todos aquellos que se apartaran de sus parámetros de normalidad, y por lo tanto no dudaba en abandonar tempranamente a su suerte, a los niños que revelaran deformidades o deficiencias cognitivas (una práctica habitual desde la Antigüedad). Antes que educar y rehabilitar a los discapacitados, se prefería abandonarlos en un ambiente hostil, en la esperanza de que habrían de morir de inanición o por la intervención de los animales salvajes. Cuando algunos de ellos superaban esa prueba, quedaban convertidos en atracciones de feria.

El aborto era una práctica habitual de control de la natalidad, aunque la Iglesia y las autoridades la condenaran. Si los niños no deseados no se mataban, nada impedía que se los abandonara en la calle, de noche, a pesar del frío y el hambre de los perros vagabundos. En Francia, las embarazadas en situación de desamparo acudían a la Maison des Enfants Trouvés, donde se las ayudaba durante el parto y se recibía a los niños. ¿Podía la caridad resolver una situación que afectaba a cientos de mujeres? Al cabo de pocos años de existir la institución, los empleados fueron denunciados de incurrir en un tráfico infame: vendían niños a los mendigos, que los utilizaban para conmover a quienes podían darle alguna limosna. Solo un 10% de los niños alojados en la institución, llegaban a cumplir cinco años.

Blaise Pascal

Blaise Pascal

¿Cómo puede cambiar la vida de un niño el abandono o (por lo contrario) la protección de los suyos? Blaise Pascal quedó huérfano de madre en 1626, a los tres años de edad. Eso decidió a su padre (un juez y matemático aficionado) para trasladarse a Paris y ocuparse personalmente de la educación de los tres hijos. La hermana Gilberte ha dejado una descripción de lo sucedido, revelando una situación excepcional de cercanía entre el padre y el hijo:

Mi padre, al quedarse solo, se entregó con mayor dedicación al cuidado de la familia, y como Blaise era su único hijo, esta cualidad y las demás que observó en él, le llenó hasta tal punto de afecto paternal, que decidió no encargar a nadie la tarea de su educación y tomó la resolución de instruirle él mismo como en efecto hizo, pues mi hermano no tuvo nunca otro maestro que mi padre. (Gilberte Pascal)

Blaise no se limitó a ser considerado un buen estudiante, en un sistema escolar que privilegiaba la memorización y cita oportuna de textos consagrados. Escribió a los once años un Tratado sobre los sonidos de los cuerpos en vibración. El padre desalentó la dedicación de su hijo a las matemáticas, por creer que era mejor para él estudiar lenguas muertas como el griego y el latín.

En la pintura europea, durante el Siglo XVII aparece el retrato individual de niños de la clase pudiente. Tal vez comience a definirse la idea de que vale la pena preservar la imagen de una muy breve etapa de la vida, que hasta poco antes se percibía como carente de atractivo, incluso como una molestia. El retrato pictórico conduce en el siglo XIX al empleo de la fotografía para obtener con menor costo y tiempo, el mismo resultado.

Charles Perrault

Charles Perrault

En 1637, a los nueve años, en Francia, Charles Perrault, hijo de una familia pobre, consigue ingresar a una costosa escuela privada, gracias a su habilidad para aprender lenguas muertas. Estudia Derecho y trabaja como funcionario público, es autor de informes oficiales y aburridos poemas que elogian al Rey Sol. Tiene que esperar hasta los 69 años (en 1697) para atreverse a escribir Los Cuentos de la Madre Gansa, una recopilación de cuentos populares que circulaban desde que se tenía memoria (entre ellos Caperucita Roja, Cenicienta, La bella durmiente del bosque, El gato con botas, Piel de Asno, Pulgarcito, etc.) la única obra por la que se le recuerda hasta la fecha. Los niños no eran los destinatarios iniciales de los cuentos de Perrault. Bajo la forma de relatos maravillosos, hay crítica de costumbres y parábolas de la vida de los adultos en sociedad.

En 1699, François de Fenelón publicó una continuación de La Odisea de Homero, que después de su muerte, en 1717, se volvió a presentar en una versión más extensa, como Las Aventuras de Telémaco, un texto didáctico que tiene como personaje central al hijo de Ulises y fue escrito originariamente para la diversión y la formación moral del joven Duque de Borgoña.

Mira que la juventud es presuntuosa: todo se lo promete de sí; y aunque frágil, todo cree que lo puede y que nada tiene que temer. (Fenelón: Aventuras de Telémaco)

Mesa familiar

Mesa familiar

Las clases pudientes de Europa se rodeaban de curiosidades (objetos extraños, pero también seres extraños) que tenían como misión volver más amena una existencia regida por la rutina y el ceremonial. Juan Carlos, un niño negro, se encontraba al servicio de la corte española, como sucedía con un plantel de enanos, jorobados y bufones, encargados de divertir a los poderosos con sus ocurrencias, torpezas y anormalidades. Los locos entraban en la misma categoría, pero debían sometérselos a prueba, porque no todos divertían. Ellos eran acompañantes indispensables para los aburridos viajes. En la documentación que ha sobrevivido, se le reconoce a Juan Carlos un salario de 62.338 maravedíes por año. Otros sirvientes eran pagados con alimentos o ropas.

Los pajes del Medioevo eran niños y adolescentes que se encontraban al servicio de la nobleza. Cuando habían recibido alguna educación superior a la que hubieran podido esperar otros jóvenes de su mismo origen, podían actuar como secretarios de los poderosos, pero también realizaban tareas domésticas rutinarias, como cargar las armas de su patrón (lanzas, hachas, espadas) o se les encomendaba realizar el aseo de las residencias señoriales (una tarea bastante pesada, por el tamaño de.

Considerados como figuras ornamentales de las cortes, al igual que los enanos y animales domésticos, contrastaban sin competir con los adultos a quienes auxiliaban. Competían con negros (moros) y bufones (que fingían ser locos) o los animales exóticos. Todos ellos cumplían parecidas funciones recreativas y recibían el mismo trato casual.

Mientras gozaban de la protección de los poderosos, eran vestidos lujosamente, para demostrar su poder de sus patrones ante la sociedad, los alimentaban con las sobras de sus regios banquetes, les daban alojamiento en las dependencias menos cómodas de sus palacios; en ciertos casos, los hacían retratar por los grandes pintores de la corte (Tiziano, Ribera, Velásquez) tal como hacían con sus mascotas favoritas.

Los criados se incorporaban desde niños al servicio de las familias pudientes que se encargaran de mantenerlos y concederles empleo, una situación que podía descontinuarse en cualquier momento, si eran indisciplinados, caían en desgracia y perdían el favor de sus patrones. ¿Qué aprendían en ese entorno incierto, que les permitiera organizar el resto de sus vidas? A servir y hacer trampas.

PAJE: Sé enamorar las criadas / sé aplanchar, peinar al amo; / sé fregar, barrer, guisar / componer un estofado; / sé cuidar a las doncellas; / sé espumar de la olla el caldo; / sé comerme la comida / antes que la vea el amo. (Juan Ignacio González del Castillo: El recibo del paje)

A comienzos del siglo XVII, menores de catorce años eran contratados por las familias adineradas, para alivio de las familias pobres, que de ese modo se libraban de la responsabilidad de alimentar y vestir a sus hijos. Los niños atendían los talleres y comercios, trabajaban jornadas de hasta diecisiete horas, a la par de los empleados adultos. Al alternar con gente de otras clases sociales, aprendían oficios, se volvían diestros en habilidades sociales y adquirían vicios que les permitían desenvolverse eficazmente en un mundo, en el que parecía inevitable el sometimiento de los más débiles.

John Locke

John Locke

En un mundo tan refractario a las ideas de cambio social, John Locke proponía una educación de la infancia basada en los ejemplos de vida, antes que en las exposiciones verbales de los maestros. ¿Cómo aprender a ser virtuoso? Viendo el ejercicio de la virtud. ¿Cómo aprender a trabajar? Participando en actividades productivas. Para eso, planteaba que padres e hijos debían acercarse más de lo que se estimaba necesario por entonces, manteniendo una relación de respeto mutuo, no de subordinación unilateral de los más jóvenes a los mayores. A pesar de postulados tan opuestos a la tradición pedagógica, Locke solo tomaba en cuenta la educación intelectual de la clase dirigente de la sociedad inglesa.

Según él, los niños provenientes de las clases pobres, solo debían ser entrenados para el trabajo manual, en las mismas parroquias donde se les enseñaba religión. En cuanto a las niñas, el hogar de cada familia era el sitio más adecuado para educarlas en actividades prácticas, que facilitarían el mantenimiento de su rol tradicional en el mundo. A pesar una visión que tomó forma hace tanto tiempo, hay ideas de Locke que todavía suenan actuales:

¿Qué juguetes tendrán los niños? Responderé que deben hacérselos por sí mismos; o, al menos, ensayarse, aplicarse a este trabajo; hasta que hayan adquirida esta habilidad, no es preciso darles juguetes; o, al menos, no darles sino los que exijan un gran artificio. Piedrecitas, una hoja de papel, el manojo de llaves de la madre; en fin, todo objeto que él pueda manejar sin hacerse daño; todo esto conviene mucho más para divertir a los niños, que esos juguetes costosos y codiciados que van a comprarse en los bazares y que pronto se descomponen y destrozan. (John Locke: Algunos pensamientos sobre la educación)

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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