NIÑOS DEL SIGLO XIX (II): LA EDUCACIÓN ELEMENTAL

Nacemos débiles, necesitamos fuerza; nacemos desprovistos de todo, necesitamos protección; nacemos estúpidos, necesitamos ser juiciosos. Todo lo que no tenemos al nacer y que necesitamos como adultos, la educación nos lo da. (Jean-Jacques Rousseau: Emilio o de la Educación)

Escuela del Siglo XIX

Escuela del Siglo XIX

La idea de que los niños deben ser protegidos, parece en la actualidad demasiado obvia (aunque no puesta en práctica con la frecuencia requerida por la realidad) pero surgió relativamente tarde, a lo largo de los siglos XVII y XVIII. El niño llega al mundo con una mente en blanco pero disponible para el aprendizaje (una “tabula rasa”, de acuerdo a John Locke) y puede aprender por sí mismo, si no lo interfieren las convenciones sociales (como plantea Rousseau). La ignorancia con que se nace, llega a ser identificada por los protestantes con el pecado original del que tanto si le gusta como si no, debe librarse a la infancia.

George Cruishank: ilustración para Oliver Twist

George Cruishank: ilustración para Oliver Twist

A medida que avanzaba el siglo XIX, la educación formal que se impartía en las instituciones públicas, por penosa que resultara, fue imponiéndose como una etapa ineludible por la que debían pasar todos los jóvenes. Los contingentes de niños abandonados, mendigos y vagabundos que dejaba la Revolución Industrial, causaron alarma en una sociedad que solo esperaba abundancia y progreso. En Holanda se establecieron asentamientos campesinos, con el objeto de ponerlos fuera de la vista de los habitantes de las grandes ciudades y capacitarlos en oficios que no requirieran mucho entrenamiento. Esas iniciativas fracasaron. Los internados no conseguían de ese modo la independencia económica que se había prometido. Los internos abandonaban los establecimientos que se les había destinado y reincidían en un estilo de vida precario, en el borde de la delincuencia.

Pinocho y Geppetto

Pinocho y Geppetto

El protagonista de Pinocho, la novela por entregas de Carlo Collodi, que comenzó a publicarse en 1882, es un niño de madera fabricado por el carpintero Geppetto, una marioneta que por un milagro prescinde de los hilos con que los titiriteros dan movimiento a esos objetos, y por lo tanto se supone que goza de libre albedrío. La primera salida de Pinocho, apenas adquirida la independencia, es a la escuela, como si su naturaleza excepcional no pudiera librarlo de la rutina educativa que oprime a todos aquellos que tienen su tamaño. Una vez fuera de la protección que le brinda el hogar y la vecindad del padre, el mundo que descubre es demasiado peligroso para su mente poco desarrollada. Los adultos que reparan en él, solo tratan en explotarlo, mientras le prometen una existencia más divertida que aquella planteada por el hogar y la escuela.

¿Cómo se educa Pinocho? Geppetto tiene que adquirir con gran sacrificio un texto, el Abecedario, para que se permita el acceso de Pinocho a la escuela. No obstante, el muñeco no llega a entrar en la escuela, porque cambia su libro por golosinas y comienza un interminable periplo de perdición, en el finalmente aprende que el trabajo y el estudio son las únicas herramientas para organizar su vida (ahora la de un ser humano).

Durante las primeras horas de la noche, Pinocho se ejercitaba en leer y escribir. Por unos cuantos céntimos había comprado en la población vecina un libro muy grande, al cual solo le faltaban unas hojas al principio y el ÍNDICE, y en este libro hacía su lectura. Para escribir se servía de una paja cortada a guisa de pluma; y como no tenía tinta, ni siquiera de calamares, mojaba su pluma en una jícara en la que había echado jugo de moras o de guindas. (Carlo Collodi: Aventuras de Pinocho)

La Revolución Francesa, tan radical en su decisión de liquidar los privilegios del régimen monárquico, no se interesó demasiado por otra educación que no fuera la cívica y moral de los adultos. Había que formar ciudadanos y soldados entusiastas, que defendieran la República. Luego se estableció que la educación primaria debía ser gratuita, laica y obligatoria para todos los niños, a partir de los seis años. Los padres que no enviaran a sus hijos a la escuela, serían castigados con la pérdida de sus derechos cívicos. Al suprimir las órdenes religiosas, se liquidaron también las escuelas sostenidas tradicionalmente por esas órdenes, pero la Ley no estableció ninguna limitación para instalar escuelas privadas. Niños y niñas estudiaban por separado, y utilizaban los libros de estudio aprobados por el Estado.

Escuela Siglo XIX

Escuela Siglo XIX

En el curso de pocos años, el proyecto inicial de educación universal se abandonó, la instrucción primaria dejó de ser obligatoria (con lo que se permitía que los niños fueran dedicados a tareas más productivas que formar su intelecto) y los padres de los estudiantes fueron encargados de pagar a los profesores. No es de extrañar que estas medidas derivaran en que gran parte de los niños provenientes de familias pobres, quedara fuera de las escuelas, trabajando en los talleres y cosechas, como venía sucediendo desde que se tenía memoria.

Castigo escolar siglo XIX

Castigo escolar siglo XIX

En Inglaterra, las escuelas eran privadas y se financiaban con los aportes de los estudiantes y benefactores de las instituciones. Los pobres tenían la opción de acudir a una escuela dominical, estrechamente relacionada con el culto religioso, donde aprendían a leer (la Biblia), a escribir y algunos rudimentos de matemáticas.

Aunque se creyera que todos los niños debían educarse, no se suponía que todos lo hicieran (mezclados) en los mismos lugares. Asistir a una determinada escuela abría posibilidades que estaban negadas a quienes se educaban en otra. Las subvenciones del Estado a la educación comenzaron a partir de 1833 y se complementaban con inspecciones periódicas de los centros de estudios, que fueron resistidas por ejemplo por la Iglesia Anglicana.

Escuela inglesa siglo XIX

Escuela inglesa siglo XIX

Thomas Hughes publicó en 1857 la novela Los días de escuela de Tom Brown, donde se narran las travesuras de los estudiantes ingleses de la época, basándose en su experiencia de colegio privado de Rugby dirigido por un intelectual como Mathew Arnold. Comparada con otras instituciones de la época, Rugby es un lugar abierto a las nuevas ideas (por ejemplo, la incorporación del deporte a las actividades escolares) pero continúa siendo segregado en lo referido a la proveniencia social y el sexo. Se educa a los hombres de la clase dominante, para que fortalezcan sus cuerpos y se preparen para asumir los roles competitivos que les ofrece una sociedad clasista.

Un juego es más que un juego; es una institución. (Thomas Hughes: Los días de escuela de Tom Brown)

Años de escuela de Tom Brown

Años de escuela de Tom Brown

Una contradictoria mezcla de cultura clásica y deporte caracterizaba a las escuelas inglesas, en una época de grandes cambios técnicos y políticos. El resultado, según críticos como Bertrand Russell, no podía ser demasiado satisfactorio para la formación intelectual de la clase dirigente, aunque fuera más que suficiente para asegurar su coherencia social.

Thomas Jefferson había impulsado en los EEUU, desde las últimas décadas del siglo XVIII la instalación de escuelas gratuitas, que fueran laicas y gratuitas, financiadas por el Estado y las donaciones de filántropos. Las common schools se encontraban abiertas para todos (a pesar de lo cual no contemplaba la posibilidad de una educación de otros estudiantes que no fueran libres y blancos).

Edmondo De Amicis: Corazón

Edmondo De Amicis: Corazón

Los niños de Corazón, la novela de Edmondo De Amicis publicada en 1886, tienen como lugar de encuentro la escuela pública, una institución nueva en el escenario europeo. Allí se reúnen no solo historias diferentes, sino sectores sociales que eran impensables en una escuela privada. Los niños tienen valores elevados, como la persistencia y el sacrificio, aman a su patria y sus familias. La educación puede resultar difícil, pero es necesaria; no parece haber nada en el mundo que sea más deseable para un niño, como le escribe el padre al protagonista:

Querido Enrico: el estudio te resulta pesado, como dice tu madre; no te veo ir a la escuela con la resolución y la cara sonriente que yo quisiera. Aún te haces algo el remolón. Pero mira, piensa un poco en lo vana y despreciable que sería tu jornada si no fueses a la escuela. Al cabo de una semana pedirías de rodillas volver a ella, harto de aburrimiento, avergonzado, cansado de tus juguetes y de no hacer nada provechoso. (Edmondo De Amicis: Corazón)

La heterogeneidad de personajes ficticios revela una variedad de imágenes de la infancia impensables en otras épocas, tanto del pasado como en la actualidad. Por un lado está Marco, hijo de una familia dispersada por las migraciones masivas que incluyeron a los pobres de un continente hacia otro a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En historias como El Pequeño Patriota Paduano, El Tamborcillo Sardo y El Pequeño Vigía Lombardo, aparecen niños que participan en lucha por la reunificación de Italia, después de siglos de fraccionamiento entre las grandes potencias vecinas. Algunos de esos personajes, como el mensajero de guerra que recibe una bala en una pierna, quedan marcados para el resto de sus vidas. Otros mueren por la patria.

Los niños de Corazón no viven encerrados en lo que podría considerarse el universo escapista de la infancia, tal como aparece en las historias de Lewis Carroll o James Barrie, que culmina con Walt Disney durante el siglo XX.

Louisa May Alcott: Mujercitas

Louisa May Alcott: Mujercitas

Las cuatro hermanas de Mujercitas, la novela de Louise May Alcott, brindan cuatro perspectivas de los limitados roles ofrecidos por la sociedad del siglo XIX a la actividad femenina. Si bien las mujeres habían logrado adquirir cierta visibilidad social, continuaban ligadas a los quehaceres del hogar y subordinadas a la autoridad patriarcal. Si en Mujercitas se las percibe como figuras protagónicas, es precisamente porque el padre se ha eclipsado mientras participa en la Guerra de Secesión. Eso las desubica y al mismo tiempo les permite desarrollar una capacidad de organización y reflexión que no se les reconocía.

-¿Saben que la razón por la que mamá propuso que no hubiera regalos esta Navidad, fue porque el invierno va a ser duro para todo el mundo, y piensa que no debemos gastar dinero en gustos, mientras nuestros hombres sufren tanto en el frente? No podemos ayudar mucho, pero sí hacer pequeños sacrificios y debemos hacerlos alegremente. (Louise May Alcott: Mujercitas)

Los niños (en este caso, las niñas) han madurado y afrontan responsabilidades equivalentes a las de adultos. Aunque siguen sujetas a la obediencia de normas establecidas por sus mayores, comparten con ellos las decisiones que se refieren a su vida cotidiana. Esta imagen, que un siglo y medio más tarde continúa siendo actual, no pasa de ser una ficción optimista, que de acuerdo a las intenciones de la autora hubiera debido ser imitada por los lectores, pero nada indica que el libro haya tenido tal repercusión. En el mundo real, tanto las familias como las escuelas del siglo XIX, planteaban una visión autoritaria del aprendizaje, que lo aproximaba más al sistema punitivo, propio de las cárceles, que al ámbito educativo.

Quien fuera obligado a derribar un bosque con un cortaplumas, sentiría la misma desesperación que invade al reformador del actual sistema escolar, conjunto informe, inextricable, lleno de errores, prejuicios y locuras (…). En nuestras escuelas (…) la capacidad de observar, trabajar y aprender con que muchos niños entran en ellas, han desaparecido cuando las abandonan. (Ellen Key: El Siglo del Niño)

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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