NIÑOS DEL SIGLO XVI (I): LA EDUCACIÓN POSIBLE

Maestro de escuela del siglo XVI

Maestro de escuela del siglo XVI

Hay una idea nueva (o por lo menos olvidada repetidamente durante la Edad Media) que comienza a circular en el siglo XVI: los jóvenes deben ser educados, vale la pena invertir en su educación y conviene que la educación alcance al mayor número posible, porque pueden derivarse grandes beneficios para ellos, sus familias y la sociedad, si eso se da bajo ciertas condiciones estipuladas por los especialistas. Esto contrasta con la estrategia tradicional de restringir la educación a las élites del poder (político y religioso) evitando que otros sectores compartan el privilegio. ¿Cómo habrá sido la educación, cuando los libros eran raros, pocos los maestros y predominaba la memorización de contenidos como estrategia fundamental de aprendizaje?  Probablemente, autoritaria, y ante la menor dificultad, punitiva.

Debe presidir a la educación una dulce severidad, no como suele practicarse en la mayor parte de los casos, en vez de invitar a los niños al estudio de las letras humanas, se les brinda con la crueldad y el terror deben ser alejadas la fuerza y la violencia; nada como ellas para echar a perder una naturaleza b ien dispuesta. (Michel de Montaigne: Ensayos)

La escuela era un lugar temido y eludido por los escolares del siglo XVI, no porque se negaran a las ideas nuevas o viejas, sino por la represión que solía acompañar el proceso y llegaban a parecer parte ineludible del aprendizaje. La letra con sangre entra, dice un refrán antiguo que no ha perdido vigencia (como demuestra que solo el 12% de los países prohíben expresamente el castigo físico en la actualidad). Habría que sufrir para que los conocimientos se afianzaran, como cicatrices memorables que iban a acompañar al aprendiz el resto de su vida.

Michel de Montaigne

Michel de Montaigne

Instrumentos como la vara con la que el maestro azotaba a los estudiantes revoltosos, la palmeta o tabla de madera con la que se golpeaban los nudillos infantiles, los garbanzos sobre los cuales eran obligados a arrodillarse aquellos que no estaban a la altura del aprendizaje esperado, los bonetes con orejas de burro que marcaban la incapacidad para aprender, los pellizcos y tirones de pelo, los plantones en un rincón, mirando la pared, poblaban de amenazas el imaginario infantil cuando se les brindaba la oportunidad de estudiar.

Visitad un colegio a la hora de las clases y no oiréis más que gritos de niños a quienes se martiriza, y no veréis más que maestros enloquecidos por la cólera. ¡Buenos medios para avivar el deseo de saber en almas tímidas y tiernas, el guiarlas así con el rostro feroz y el látigo en la mano. ¡Cuánto mejor sería ver la escuela sembrada de flores, que de trozos de mimbres ensangrentados! (Michel de Montaigne: Ensayos)

No se trataba solo de maltratar a los escolares, que por su edad y ocupación no podían evitarlo, sino de una actitud difundida en la época respecto del castigo. Voces como las de Roger Ascham o Michel de Montaigne caían en el vacío. No estaba mal visto castigarse, como hacían los flagelantes durante las procesiones religiosas o en privado, con el objeto de dominar los impulsos pecaminosos del cuerpo. Tampoco estaba mal recibir el castigo de quienes se consideraban superiores (parientes, patrones, maestros, sacerdotes, verdugos) que de ese modo evaluaban el comportamiento de quienes les debían subordinación.

Holbein: Erasmo de Rotterdam

Holbein: Erasmo de Rotterdam

En 1530, el filósofo Erasmo de Rotterdam publicó De civilitate morum puerilium (De la Urbanidad en las maneras de los niños) un texto dedicado a la educación del joven príncipe Enrique de Borgoña. Dada la franqueza del autor al describir las fallas del comportamiento humano, el libro fue puesto en el Index por la Iglesia Católica.

Sean los ojos plácidos, pudorosos, llenos de compostura; no torvos, lo que es señal de ferocidad; no maliciosos, que lo es de desvergüenza; no errantes y volvedizos, que es signo de demencia; no bizqueantes, que es propio de suspicaces y maquinadores de trampas; ni desmesuradamente abiertos, que lo es de estúpidos; ni apiñados a cada paso con párpados y mejillas, que lo es de inestables; ni estupefactos, que lo es de pasmados, (…) ni demasiado penetrantes, que es seña de iracundia; tampoco insinuadores y habladores, que es seña de impudicia; no, sino tales que revelen en sí un ánimo sosegado y respetuosamente amigable. (Erasmo de Rotterdam)

La mirada de Erasmo es al mismo tiempo exigente y demasiado reduccionista de la realidad. Los niños eran vistos como adversarios, o incluso como subalternos de los mayores. Después de resistirse mucho o poco al aprendizaje que se les ofrecía, debían ajustarse a la respuesta que de ellos habían elaborado aquellos que los tenían a su cargo. No hacía falta que parientes o maestros oyeran los reclamos infantiles, ni que estudiaran las circunstancias injustas que sufrían, puesto que solo se esperaba de ellos que terminaran reproduciendo el modelo de los adultos.

Pocos niños de la época, por haber nacido en el seno de familias poderosas, gozaban de una educación sistemática. Para las mujeres, esto resultaba poco menos que impensable. Estudiar no les acarreaba ninguna ventaja y más bien era causante de problemas. ¿Qué marido aceptaría una esposa que lo igualara o superara en su control de los negocios o la toma de decisiones domésticas?

Roger Ascham y Princesa Elizabeth

Roger Ascham y Princesa Elizabeth

La futura Elizabeth I, que reinó en Inglaterra durante casi medio siglo, tuvo la oportunidad de educarse con Roger Ascham, uno los tutores más capacitados de la época, que la guió en el aprendizaje de lenguas antiguas y modernas. Antes de eso, tuvo que pasar por situaciones tan penosas como ser declarada (a los tres años) hija ilegítima de Ana Bolena, acusada de adulterio y enviada al cadalso por su padre, Enrique VIII, que hubiera preferido que lo sucediera un hombre. Ser tan sabia y poderosa, no la ayudó a encontrar pareja. Elizabeth murió, respetada o temida, como la Reina Virgen.

En 1556, Jalaluddin Mamad Akbar fue coronado emperador del reino persa de Mughal, cuando solo tenía  trece años, tras la muerte de su padre. Había crecido lejos de la corte, en el exilio de Afganistán, donde le enseñaron a cazar, correr y luchar, pero de ningún modo a leer o escribir, destrezas que se confiaban a especialistas. Se destacó como arquitecto, matemático, inventor, armero, militar, ingeniero, entrenador de animales y teólogo que alentó el diálogo entre el hinduismo, el islamismo y el cristianismo. Esto indicaría que las circunstancias más adversas no logran frenar el potencial de un ser humano.

En el territorio de lo que hoy es Chile, Leftraro, un niño de once años, hijo de un cacique mapuche, fue capturado por los soldados del conquistador español Pedro de Valdivia. Permaneció entre sus captores seis años, recibió el nombre de Lautaro y trabajó como paje de Valdivia, encargado de cuidar sus caballos, animales introducidos por los europeos. Lautaro aprendió a montar, se volvió diestro en el uso de la lengua española, las armas de fuego y las estrategias militares de los recién llegados.

A los quince años, Lautaro presenció desde el lado español, las humillaciones que sufrían los mapuches, aprendió las estrategias bélicas que habían decidido el triunfo de los invasores y comenzó a incubar la revuelta de los derrotados. A los diecisiete años, Lautaro escapó del asentamiento español, para convertirse en el conductor de la lucha de su pueblo para recuperar sus territorios ancestrales  (iniciando una guerra que se prolongó durante más de trescientos años).

Un hijo de cacique conocido / que a Valdivia de paje le servía / acariciado de él y favorido / en su servicio a la sazón venía; / del amor de su patria conmovido / viendo que a más andar se retraía, / comienza a grandes voces a animarla / y con tales razones a incitarla. (Alonso de Ercilla: La Araucana)

La emergencia temprana de un genio es imprevisible y no altera la imagen de la infancia que predomina entre sus contemporáneos. Los niños dotados de una mente prematuramente madura, constituyen la excepción a lo que se espera de ellos y suelen pasar desapercibidos. En 1574, el joven Félix Lope de Vega y Carpio escribió sus primeras piezas teatrales en verso, cuando tenía solo doce años (a lo largo de su vida, llegó a escribir 1800 piezas, 3000 sonetos, varias novelas). Sus padres se llevaban mal. Eso no impidió que Lope fuera capaz de leer en latín y castellano a los cinco años, ni que escribiera poemas. Estudió con los jesuitas. Aunque se inscribió en la Universidad, su vida licenciosa lo distrajo tanto, que le impidió la obtención de ningún título. Se convirtió en secretario (escribiente) de personajes de la nobleza, ingresó a la Marina, pero su verdadera pasión era la escritura.

Yo las componía [se refiere a las comedias] de once y doce años / de a cuatro actos y de a cuatro pliegos / porque cada acto un pliego contenía. (Lope de Vega)

José de Calasanz

José de Calasanz

En 1597, el sacerdote español José de Calasanz instaló en Roma la primera escuela gratuita del continente europeo, que se encontraba abierta para los niños pobres. En la actualidad, la iniciativa puede verse como una demostración de buenas intenciones. Para la época, esto era un proyecto inaudito, porque desde que se tenía memoria, la educación había sido impartida a pequeños grupos o individuos aislados, por preceptores contratados por las familias que estaban en condiciones de costearse tales servicios.

Calasanz estableció una educación organizada en nueve niveles, que comenzaba a los seis años de edad. Utilizaba las exposiciones del maestro y la coeducación entre los mismos estudiantes. Se estudiaba en latín (que era la lengua de la iglesia romana) y la lengua local. Es probable que la educación no superara demasiado los límites de la catequesis, y quedaba reservada a los estudiantes de sexo masculino (porque las mujeres debían permanecer en la situación tradicional del aprendizaje hogareño).

Muy lejos se encontraba también la enseñanza obligatoria, que brinda las mismas oportunidades a cualquier ser humano. Solo estudiaban aquellos jóvenes motivados para hacerlo, por la esperanza de hacer carrera como clérigos o funcionarios.  Las instrucciones que daba José de Calasanz a los maestros que se ocupaban de educar a esos niños, no incluían ceder a sus presiones, pero al mismo tiempo enfatizan en la protección más que en el sometimiento a la autoridad.

Procure atraerse a los alumnos, mostrándose más padre suyo, que juez riguroso. (José de Calasanz)

La idea de un maestro que fuera apreciado por el servicio que es capaz de prestar a sus estudiantes, y no temido por los castigos y las humillaciones que de acuerdo a la mentalidad dominante le estaban permitido dispensar, es demasiado nueva y no llega a imponerse en esta época (tampoco en otras, como se comprueba incluso en la actualidad). ¿Qué puede esperarse de los estudiantes? ¿Resignación a la disciplina o creatividad?

Un niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que hay que avivar. (Miguel de Montaigne)

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
Esta entrada fue publicada en Aprendizaje infantil, Educación infantil, Humillaciones en la escuela, Talentos infantiles y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s