NIÑOS DEL SIGLO XIX (III): FICCIONES EDIFICANTES VS. LECTORES REBELDES

Tom Sawyer

Tom Sawyer

Tom Sawyer y Huckleberry Finn, su amigo de vagabundeo, son dos personajes  de Mark Twain, fundamentales en la galería de niños imaginarios del siglo XIX. A su manera, son héroes de la infancia, que se rebelan contra la disciplina familiar, escolar y eclesiástica. Ellos no tienen otro proyecto que divertirse, librándose de todo tipo de responsabilidades, una actitud hedonista y anárquica que continúa vigente (y ahora es adoptada por una mayoría de jóvenes) a comienzos del siglo XXI.

Sawyer y Finn tienen razones para huir del aburrido universo de los adultos. Ellos son represores,  incapaces de aceptar las reivindicaciones infantiles, incluso cuando los protegen. La tía Polly recurre a una vara de mimbre para disciplinar a su sobrino, pero Tom la distrae y huye del castigo al que se ha hecho acreedor por devorar una mermelada que hubiera debido disfrutar poco a poco.

Parece que adivina hasta dónde puede atormentarme antes de que llegue a montar en cólera; y sabe, el muy pillo, que si logra desconcertarme o hacerme reír, ya todo se ha acabado y no soy capaz de pegarle. No, la verdad es que no cumplo mi deber para para con este chico; esa es la pura verdad. Tiene el diablo en el cuerpo; pero, ¿qué le voy a hacer? Es hijo de mi pobre hermana difunta y no tengo entrañas para zurrarle.  Cada vez que lo dejo sin castigo, me remuerde la conciencia, y cada vez que le pego se me parte el corazón. (Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer)

Castigos a niños

Castigos a niños

Ya por entonces, los adultos no sabían muy bien qué hacer con los niños rebeldes. ¿Deberían reprimirlos con algún azote, puesto que no atendían a palabras, para que no pensaran en reincidir?  Las nuevas concepciones de la pedagogía, desde mediados del siglo XVIII, con Emilio o De la Educación, el célebre texto de Jean-Jacques Rousseau, les advertían sobre la necesidad de controlar esos impulsos, que a pesar de dar salida al enojo de los adultos, probablemente no tendrían el menor efecto sobre los jóvenes.

¿Cómo hacer para que cediera la resistencia de los jóvenes al aprendizaje? Friedrich Froebel, maestro improvisado y fabricante de juegos educativos, llamó la atención sobre una etapa de la infancia que tradicionalmente no se tomaba en cuenta: aquella que precede a la entrada de los niños a la escuela. Esos primeros años de vida, en los que se los consideraba inmaduros para iniciarse en la lectura y la escritura, eran fundamentales en su formación intelectual.

Friedrich Froebel

Friedrich Froebel

El kindergarten era la nueva institución organizada por Froebel, y estaba dedicada a objetivos que la escuela había dejado de lado. Mediante canciones, narración de historias, paseos y otras actividades comunitarias, sin haberse preocupado aún de la lectura y escritura, los niños aprendían a aprender.

Protege a la nueva generación; no les permitas crecer en la falta de propósito, en el vacío emocional, ajenos al buen trabajo arduo, en la introspección y en el análisis sin hechos, en acciones mecánicas, sin pensamiento ni consideración. Guía a la juventud para alejarla de la búsqueda nociva de las cosas externas y la pasión dañina por la distracción. (Friedrich Froebel)

Ideas tan ajenas a las habituales en esa época, que no han perdido vigencia casi doscientos años más tarde, sonaban desafiantes respecto de las nociones establecidas entre los maestros y las familias, le valieron a los discípulos de Froebel ser expulsados de Prusia, durante el primer tercio del siglo XIX. ¿Acaso constituían un peligro para la sociedad? Con el tiempo, y no sin lucha, esas ideas fueron reivindicadas en gran parte del planeta, pero la pugna entre una vieja concepción de la infancia, que debería ser disciplinada no importaba cómo, y una perspectiva nueva, preocupada de averiguar  los intereses de la infancia, continúa sin resolverse.

Durante el siglo XIX, junto con la expansión de la prensa popular, fue definiéndose una masa de lectores de ficciones (no necesariamente contenidas en costosos libros) que previamente no se sospechaba que existiera. Eran jóvenes provenientes de todas las clases sociales. Ellos esperaban que las publicaciones baratas a las que tenían acceso, en diarios y revistas ilustradas, les ofrecieran historias de personajes tan jóvenes como ellos, pero más afortunados en su disfrute de aventuras excitantes y recompensas fabulosas.

Catecismo

Catecismo

En los templos católicos se distribuía el catecismo del Padre Ripalda, escrito a comienzos del siglo XVII, cuyas detalladas preguntas y respuestas debían ser memorizadas tras repetidas lecturas, por el niño aspirante a recibir la primera comunión. Se trataba de una exposición esquemática de la doctrina y un modelo de aprendizaje privilegiado por la enseñanza elemental: lectura, memorización y fiel reproducción oral de esos textos inexplicables (los dogmas de la fe) o tautológicos, durante los exámenes controlados por el enseñante, puesto que lo único que importaba de la expresión escrita era la formalidad de la caligrafía.

Pregunta: ¿Sois cristiano?

Respuesta: Sí, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

Pregunta: ¿Qué quiere decir cristiano?

Respuesta: Hombre que tiene la fe de Cristo, que profesó en el Bautismo. (Jerónimo Martínez de Ripalda: Catecismo)

Ragged Dick

Ragged Dick

La imagen de la infancia que privilegiaban los nuevos medios, era menos árida, tal vez no menos esquemática, pero al mismo tiempo más atractiva para su audiencia, por el escapismo que planteaba. Horatio Alger publicó en 1867 una exitosa novela juvenil por entregas, en la revista mensual Student and Schoolmate, que se titula Dick el harapiento (la primera de una serie de 118 ficciones del mismo tipo). Dick Hunter, un chico de catorce años es, como el Tom Sawyer de Mark Twain, un joven vagabundo, desubicado respecto de su ambiente, la cosmopolita ciudad de New York, en oposición a la provinciana y también más amable San Petersburgo del Mississippi. La improbabilidad de Dick lo convierte en un personaje al que se compadece por sus handicaps y se envidia por su buena suerte.

No estaba dispuesto a hacer nada malvado ni deshonroso. No robaría, ni estafaría, ni amenazaría a chicos más jóvenes como Johnny Nolan, que no tenía dinero suficiente para comer; como Henry Fosdick, que necesitaba ropas y un sitio para vivir; como Tom Wilkins y su madre, que habían sido echados de su casa. (Horatio Alger: Dick el harapiento)

A diferencia de Tom, el campesino que huye de la vida civilizada y su junta con otros fugitivos, sin reparar en su condición social o el color de la piel, Dick se incorpora a una sociedad clasista en la que, contra todas las probabilidades, a un chico huérfano, que vive en la calle, y sin embargo respeta la Ley, le resulta fácil progresar y ser aceptado. Lo invitan a los oficios religiosos, le prestan dinero con el que abre una cuenta corriente en un Banco y paga el arriendo de un alojamiento. Dick es virtuoso: ahorra su capital, estudia, salva a un niño que está a punto de ahogarse. A pesar del desfavorable aspecto que muestra inicialmente, es un personaje edificante, que debería alentar a todos sus lectores a imitarlo.

Este es el aspecto más discutible de la obra literaria de Alger. De algún modo se alienta a los lectores a creer que la hostilidad inicial del mundo real hacia los niños, tendrá fatalmente que ceder tras la aparición de adultos compasivos y la posibilidad de establecer exclusivas amistades masculinas (Alger había tenido que abandonar su puesto de administrador de un hogar de huérfanos, ante una acusación que en la actualidad lo habría vuelto sospechoso cualquier acercamiento real o imaginario a los niños).

No es improbable que el éxito de ventas de los libros de Alger alentara a otros escritores a redactar historias de niños, conscientes o no del efecto persuasivo que estaban ejerciendo sobre la mentalidad de sus lectores. A la inversa, la demanda de historias escapistas, que contaran con protagonistas infantiles, promueve la publicación de textos de ese carácter, destinados a satisfacerla. El sueño americano de un progreso ilimitado gracias al trabajo y el ahorro individuales, se define en estas novelas (la radio, el cine y la televisión se encargan de reciclarlas hasta la actualidad) .

Tom Bailey Aldrich

Tom Bailey Aldrich

La Historia de un chico malo de Thomas Bailey Aldrich comenzó a publicarse por entregas en 1869 y utilizaba el mundo de la infancia como una parábola del mundo de los adultos. El protagonista participa en una guerra de pandillas que recuerda, en clave trivial (por ejemplo, durante sus incidencias nadie muere ni queda mutilado) los movimientos de los ejércitos durante la Guerra Civil, concluida pocos años antes. La conciencia de estar escribiendo una obra que pertenece a un género, a pesar de oponerse a las reglas que se han vuelto convencionales, queda en claro desde el comienzo.

Llamo a mi historia la historia de un niño malo, en parte para distinguirme de otros jóvenes sin faltas que figuran en narraciones de este tipo, también porque no fui un querubín. Fui un chico amable, impulsivo, bendecido con grandes poderes digestivos y nada hipócrita. No podía compararme con un ángel, ni donaba mis ahorros a los nativos de Fiji, porque los gastaba en golosinas. Fui realmente un chico humano, como los que se pueden encontrar en cualquier parte, y no un chico imposible de libro ilustrado. (Thomas Bailey Aldrich: Historia de un chico malo)

Los niños se revelan durante el siglo XIX simultáneamente como un tema idóneo para la maquinaria ideológica de los medios masivos, y a la vez como gran parte de sus consumidores ideales, deseosos de verse, no tanto reflejados sino distorsionados, embellecidos, vueltos más atractivos por el discurso ficticio de los medios.

¿Qué leían los niños antes de que dispusieran de juegos de videos, series de televisión y mensajes de texto? En la escuela tenían que memorizar aburridos libros de texto. Durante los fines de semana, en los templos se repartían historias moralizantes, protagonizadas por virtuosos niños imaginarios o por santos y mártires presentados como personajes reales. Los vendedores ambulantes ofrecían folletos ilustrados donde narraban historias de aventuras asombrosas, vividas por personajes infantiles.

Mark Twain

Mark Twain

Hacia 1870, Mark Twain podía burlarse de las imágenes edificantes de los personajes infantiles que se encargaban de difundir los medios de su tiempo, como si estuvieran convencidos de cambiar la realidad a partir la ficción.

Érase una vez un niño bueno llamado Jacob Blivens, Siempre obedecía a sus padres, sin importar lo absurdas e irracionales que fueran sus exigencias; siempre estudiaba las lecciones y nunca llegaba tarde a la escuela sabatina. No hubiera jugado hockey, aunque su sano juicio le hubiera indicado que era la actividad más rentable que podía emprender. Tampoco hubiera mentido, por conveniente que eso fuera. Era tan honesto que simplemente resultaba ridículo. (Mark Twain: La historia del chico bueno)

¿Por qué Jacob Blivens se convierte en un desdichado? Porque toma demasiado en serio los textos que los adultos le han dado a leer con las mejores intenciones. Cualquier niño con dos dedos de frente, aprende muy pronto a desconfiar de los adultos. Jacob, en cambio, retoma el modelo fatal del Cándido de Voltaire, otra víctima de la excesiva confianza en la palabra autorizada de los maestros.

En paralelo, Twain contó la historia de Jim, un chico malo, a quien  después de cometer un sinfín de actos reprochables, nada le sucede como anunciaban los libros edificantes.  Sus padres lo aman, sus maestros lo alientan, crece y se convierte en un hombre respetado, a pesar de haber sido siempre un pillo.

Y creció y se casó y tuvo muchos hijos, y una noche les rompió la crisma a todos con un hacha. Se hizo rico mediante toda clase de artimañas y engaños. Ahora es el bribón más cruel y despiadado del pueblo, es universalmente respetado y tiene un puesto de la Cámara Legislativa. (Mark Twain: La historia del chico malo)

La moraleja es inmoral, por lo tanto indignante, a pesar del humor que aparenta, como sucede con frecuencia en los textos de Mark Twain. Divierten y a la vez denuncian. El desengaño se impone después de haber disfrutado el engaño. No estaba mal ser niño y gozar por un tiempo de irresponsabilidad  (también de indefensión ante los adultos), pero tarde o temprano había que madurar, y cuanto antes se lo aprendiera, mejor.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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