NIÑOS DEL SIGLO XX (II): PATRIOTAS Y CARNE DE CAÑÓN

Rendición de niños soldados alemanes

Rendición de niños soldados alemanes

No enseñaría a los niños entrenamiento militar, tal como tampoco les enseñaría a incendiar, robar o asesinar. (Eugene Debs)

Las opiniones de un candidato socialista a la Presidencia de los EEUU, a comienzos del siglo XX, pueden tener un valor testimonial que no coincide con la mentalidad dominante en su época, ni en la actual. Ha sido más frecuente que los padres preocupados por disciplinar a sus hijos tomen la decisión opuesta, educarlos para la guerra, porque la sociedad civil se presenta como un ámbito violento, polarizado, anárquico, que rechaza cualquier intento de imponerle un orden. Por eso, a los niños díscolos se los envía a colegios religiosos, o mejor aún, militarizados, donde junto con la disciplina estricta que desean legarle sus padres, se los acostumbra a utilizar todo tipo de armas, con lo que en épocas de enfrentamientos bélicos, los estudiantes pasan a ser la joven reserva del ejército.

Ellen Key

Ellen Key

La feminista sueca Ellen Key proclamaba en 1905, el advenimiento del “siglo de los niños” que debía ser el siglo XX. Lamentablemente, como demostraron los hechos, nada podía estar más lejos de la realidad. Los niños que habían preocupado a los educadores, comenzaban a estar en el centro de  atención de los empresarios y comerciantes que los veían como una clientela emergente, que no había sido tomado en cuenta hasta la fecha. Ellos compraban revistas organizadas para ayudarlos en sus tareas escolares o entretener su tiempo libre, o buscaban en la prensa dirigida a los adultos, secciones diarias o suplementos de comics, que los tenían como destinatarios. La publicidad asociaba sus imágenes a productos que ellos debían consumir (desde cacao en polvo, al aceite de hígado de bacalao) o que no se suponía que ellos consumieran (cigarrillos, alcohol) solo porque sugerían frescura, inocencia, autenticidad. Ellos veían películas protagonizados por actores infantiles que volvían millonarias a sus familias, y los tomaban como modelos, cuando exigían de sus familias que los vistieran y peinaran como sus ídolos.

Durante los siglos XVIII y XIX, los niños habían participado en las guerras de los adultos, cargando cañones con pólvora, portando insignias en el campo de batalla, convocando a los ejércitos con redobles de tambor y llamadas de trompeta, actuando como mensajeros de sus superiores. Durante el siglo XX, los niños se incorporaron a los ejércitos como soldados regulares. ¿Acaso no habían sido preparados para asumir ese riesgo? Al comenzar la Primera Guerra Mundial (1914-1919) la industria del juguete ofrecía soldados de plomo, reproducciones de cañones, trenes y barcos, que convertían a la guerra en un gran juego masculino, un territorio ideal para vivir todo tipo de aventuras. No lo era, como demostraron los diez millones de muertos que dejó el enfrentamiento y veinte millones de mutilados.

En las escuelas se enseñaba a las niñas a curar heridas, se las instigaba a visitar enfermos, a postergar lujos y comodidades en atención a las penurias que vivía la nación. Quedarse esperando, encerradas en sus casas, tejiendo o bordando monogramas, en espera del regreso de los hombres, no bastaba para definir a una mujer virtuosa. En las iglesias se invitaba a participar en “un ejército de plegarias”.  A medida que el enfrentamiento bélico se prolongaba, la población civil comenzó a sentir todo tipo de inconvenientes: morían parientes y amigos, los sobrevivientes regresaban del frente de batalla mutilados o desequilibrados psíquicamente. En las escuelas, los maestros que no habían sido convocados al frente, dedicaban sus clases a la propaganda militarista, mientras que en los hogares se pasaba hambre.

ABC for Baby Patriots

ABC for Baby Patriots

Si había que adoctrinar a los niños, para que apoyaran los proyectos bélicos de sus países, no se perdía el tiempo. La dibujante May Frances Ames había publicado en 1899 un ABC for Baby Patriots, un silabario que tuvo enorme difusión y enseñó a leer y escribir a los niños ingleses de varias generaciones, mientras que de paso plantaba ideas simplistas y reaccionarias sobre la institución de la monarquía, el predominio de la llamada raza blanca, el rol del Imperio Británico y sus colonias distribuidas por todo el planeta, etc. ¿Qué mejor momento para adoctrinar a un ser humano, que hacerlo cuando todavía no consigue relacionar nociones complejas y acepta por inercia, aquellas que personas respetadas, como sus padres, maestros y guías espirituales. Se ponen de acuerdo para imponerle?

El Alfabeto de la Gran Guerra de André Hellé, enseñaba a los niños franceses las primeras letras, al mismo tiempo que mencionaba las regiones en litigio y los batallones del ejército nacional. Ese también era el momento: había que ofrecerle a la infancia una interpretación de una realidad tan repulsiva como imposible de ignorar.

La Primera Guerra Mundial fue una catástrofe originaria en otros sentido, ya que marcó de por vida a los niños que crecieron en esos años. El odio y el deseo de venganza los transformaron en los soldados ideales de la siguiente guerra, tanto en el frente como en los hogares. Eran niños que habían aprendido desde temprano a soportar las privaciones y el sufrimiento. Habían soñado con héroes incondicionales y experimentado en carne propia el poco valor que tiene la vida de una persona cuando se ve envuelta en un baño de sangre como una guerra. (Yury y Sonia Wintergerg: Los niños en la Primera Guerra Mundial)

Boys scouts

Boys scouts

El movimiento de los Boy Scouts, nacido en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, planteaba el desarrollo de habilidades sociales en los niños, mediante un sistema de contacto con la naturaleza y disciplina militar. Los participantes en estas actividades vacacionales veraniegas estaban divididos en batallones que seguían a monitores encargados de servir de modelos a los inexpertos. Robert Baden-Powell condujo el primer campamento de 1907, en el que había muchos hijos de militares.

La nueva prensa dirigida a los niños, que se había dedicado a publicar novelas de aventuras y comics desde fines del siglo XIX, difundió el scoutismo por todo el planeta. Aunque las actividades de los campamentos habían creadas inicialmente para varones, no tardó en organizarse otras que se consideraban más adecuadas para mujeres. El éxito sostenido de los scouts, con su imagen de vida sana y solidaria, no pasó desapercibido para los representantes de distintas religiones, y sobre todo para los líderes políticos. ¿Por qué no imitar el esquema tan exitoso, con el objeto de atraer niños a sus propios movimientos?

Los regímenes totalitarios que abundaron en el siglo XX, se preocuparon de reconocer el aporte de los niños a sus causas, que se declaraban patrióticas y renovadoras de la sociedad. Los niños que se inscribían en las organizaciones creadas por el Estado para ellos, recibían bellos uniformes, desfilaban en las grandes celebraciones junto a las fuerzas del orden, se les ofrecían vacaciones en lugares idílicos, se los entrenaba militarmente.

A las Juventudes Hitlerianas se ingresaba a los ocho años. Los niños eran halagados y adiestrados con el mismo rigor. Se convertían en los propagandistas más eficaces del nuevo proyecto de sociedad que había llegado al poder. En caso de necesidad podían ser utilizados como insospechables espías de la fidelidad al régimen de sus familiares y vecinos.

Hacia el final la Guerra Civil española, cuando la causa de la república se consideraba perdida, cientos de niños provenientes de familias de militancia izquierdista fueron enviados a la Unión Soviética por sus padres, en un exilio que se prolongó por cuatro décadas. Durante la guerra, los niños participaron en un bando y otro, como hicieron las mujeres y el clero, pero ¿estaban ellos a la altura de las circunstancias?

La centuria era una pandilla sin entrenamiento, compuesta en su mayoría de jóvenes adolescentes. Acá y allá en la milicia, uno se podía cruzar con niños tan jóvenes como de 11 o 12 años, usualmente refugiados del territorio fascista, que habían sido enlistados como la forma más fácil de cuidarlos. Lo normal era emplearlos en tareas livianas en la retaguardia, pero a veces ellos lograban ser enviados al frente, donde eran una amenaza para todos. Recuerdo a un pequeño bruto que arrojó una granada a una fogata “para hacer una broma”. (George Orwell: Homenaje a Cataluña)

Niño soldado con Cruz de Hierro

Niño soldado con Cruz de Hierro

En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, batallones de niños alemanes resistieron en Berlín, mientras los dirigentes huían o se suicidaban. Algunos tenían apenas doce años y no obstante llegaron a ser premiados por su valor en combate, con la máxima distinción del ejército alemán, la Cruz de Hierro. En Japón, los niños se incorporaban a los Kamikaze, soldados que se inmolaban al atacar al enemigo. Por cruel que parezca esta decisión, la alternativa de morir por la patria o vivir como un cobarde, que todo el mundo despreciaría, había sido un tema recurrente de la pedagogía infantil.

Resistiendo a los invasores alemanes, en Polonia, hubo niños que antes de la guerra  habían sido boy scouts y al producirse la ocupación decidieron convertirse en guerrilleros. No estaban organizados por los adultos. Actuaban espontáneamente y sin ser demasiado eficaces, enfrentando a un adversario adulto y profesional, que el ejército polaco había sido incapaz de detener.

Un día, cuando estaba en la escuela y tenía 13 o 14 años, uno de los muchachos se me acercó y me preguntó si quería pertenecer a los zawisza, una palabra polaca para describir a un caballero medieval, reconocido por sus altos valores morales y amor por su país. Yo dije que sí. (…) Todo lo hacíamos bajo absoluto secreto. Ni mis padres sabían qué estaba haciendo. Yo tenía reuniones con ocho personas en mi casa. Mis padres no decían nada. (Andrei Slawinski)

Los pioneros de la Unión Soviética (y después de la Segunda Guerra Mundial, de otros países del bloque en Europa y Asia), que se habían afiliado voluntariamente a la organización, debían ser los futuros miembros de la clase dirigente. En China, Mao Zedung, que veía en peligro su posición como jefe, otorgó poderes ilimitados a los Guardias Rojos entre 1966 y 1972, para conducir una Revolución Cultural que consistía en criticar, remover y castigar a los enemigos internos del régimen. Los jóvenes se enfrentaban a los adultos que habían respetado durante siglos, los juzgaron y les impusieron sus decisiones.

El milenario sistema autoritario que regía en las relaciones jerárquicas entre jóvenes y adultos había sido invertido y esa evidencia resultaba demasiado seductora para los observadores fuera de China, que se enteraban por la prensa de los juicios populares y las condenas humillantes que sufrían los adultos a quienes se motejaba de reaccionarios. Era la liberación (pero acotada) de antiguas fiestas como el Carnaval, que trastorna todos los valores y se burla de las reglas. Si los jóvenes chinos no eran tan espontáneos como ellos creían ser, si en muchas ocasiones fueron manipulados por la policía secreta de Mao, como ha tardado en saberse, eso no termina de explicar la seducción que tuvo el movimiento fuera de China. A lo largo del siglo XX, los jóvenes habían llegado a convertirse en protagonistas de la actualidad internacional, en el modelo que el resto de la sociedad seguía, para no ser considerada anticuada.

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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