NIÑOS DEL SIGLO XVI (II): VERDUGOS Y VÍCTIMAS

Pieter Brueghel el Viejo: Juego de niños (detalle)

Hasta no hace mucho, castigar a los niños por sus travesuras o tan solo porque no satisfacían las elevadas expectativas de los adultos, no estaba mal visto por la sociedad; más bien era parte de las obligaciones ineludibles de los padres y maestros, que de ese modo, incluso contra sus deseos, debían impartir castigos de manera periódica (podría decirse, rutinaria) para mantener su autoridad, mientras enseñaban a los niños a controlar los impulsos perversos, sin duda propios de su naturaleza, pero no por ello disculpables, con el objeto de encaminarlos por lo que se consideraba la buena senda.

La posibilidad de reír y jugar de los adultos, pero también de los niños, era vista como un riesgo excesivo para quienes se dedicaban a difundir la verdadera Fe y luchaban por evitar cualquier intento de marginarse de ella. El ocio el padre de todos los vicios. La obligación de mantener a la gente ocupada, ya fuera trabajando o rezando, era resistida por sus víctimas.

La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos, también el diablo aparece pobre y tonto, y por lo tanto, controlable. Cuando ríe, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación. (Umberto Eco: El nombre de la rosa)

Aprender era un proceso que debía ser desagradable, por cuanto se basaba en la memorización y reproducción exacta del discurso proveniente de la autoridad (tanto la del maestro, como la del autor antiguo que el maestro citaba). Podía verse como un proceso antinatural, aunque necesario. La letra con sangre entra, decía el refrán que nadie en su sano juicio hubiera discutido por entonces. Maestros y sacerdotes no dudaban en recomendar el empleo del máximo rigor con los niños que por cualquier motivo (por ejemplo, su corta edad o la condición de estudiantes) pudieran sentirse tentados de abandonar las responsabilidades que se les habían asignado.

En la Europa medieval, cuando los niños lloraban más de la cuenta, eran denunciados ante las autoridades como posibles instrumentos del Demonio, que deseaban poner a prueba la paciencia de los padres. Eran sus familiares quienes los conducían al Tribunal de los mismos clérigos que juzgaban a las mujeres sospechadas de brujería, torturándolas para que confesaran, y a continuación las condenaban a la hoguera.

Dada la condición perversa que se les atribuía, los niños eran exorcizados al mismo tiempo que se les administraba el bautismo (si el niño lloraba al recibir la salpicadura del agua bendita, se confirmaba que en ese momento daba salida al Demonio). Cuando por cualquier motivo los niños no demostraban desde la más tierna edad el cariño y el respeto que sus padres esperaban de ellos, se volvían merecedores de castigos corporales y se les pronosticaban las penas del Infierno, cuando hubieran pasado al otro mundo. Todo lo proveniente de los niños podía ser considerado como una amenaza para los adultos, que los autorizaba a tomar las medidas más crueles, con la excusa de defenderse:

Se suponía que los intestinos del niño encerraban una materia que se dirigía al mundo del adulto con insolencia, en tono amenazador, con malicia e insubordinación. El hecho de que el excremento del niño tuviera una aspecto y un olor desagradable, significaba que el propio niño tenía (…) una mala inclinación. (…) El excremento que periódicamente salía de él, era considerado como el mensaje insultante de un demonio interior. (Hunt: Parents an Chldren)

Quema de una bruja

Una tendencia paralela se iba desarrollando por la misma época en el comportamiento de los adultos respecto de los niños: pasar del castigo físico que daba salida al enojo de quien lo propinaba, pero después de un rato dejaba de doler, a la humillación moral que probablemente no se olvidará tan pronto (pero cuyas consecuencias a largo plazo en la conducta de quien la recibe se ignoran). Si los niños debían sufrir para que llegaran a educarse, podían hacerlo también de otras maneras; por ejemplo, separándolos de sus iguales, presentándolos como seres inferiores, incapaces de aprender de acuerdo a los parámetros dominantes en la escuela, en la justificada confianza de que eso bastaría para que los otros niños los marginaran, se burlaran de ellos y hasta los castigaran por iniciativa propia, aprovechando el modelo de comportamiento cruel que les brindaban los adultos.

En el mundo de los adultos, los castigos que recibían los infractores y criminales se aplicaban delante de testigos, a la manera de espectáculo moralizante para la multitud, como antes había ocurrido en el circo romano. Había que compartir el maltrato con el pueblo desinformado de las leyes, pero capaz de emocionarse y apoyar el castigo dictaminado por las autoridades. El maltrato escolar de los pares, llegó a establecer una tradición escolar a veces tan duradera e imposible de desafiar como los programas de enseñanza de los colegios más prestigiosos.

En Europa, un continente que iba a expandir su influencia cultural, económica y política por el resto del planeta, lo más probable era que un niño de cada cuatro nacidos, muriera antes de cumplir un año de vida. Solo el 50% superaba la adolescencia.

Serguei Eisenstein: Iván el Terrible (II)

El pequeño Iván Vasilievich, nacido en Moscú en el seno de La familia real en 1530, fue coronado a los tres años de edad, tras la muerte de su padre. Como era de prever, el reino que heredaba pasó a ser administrado por su madre, aunque no por mucho tiempo, puesto cinco años más tarde ella fue envenenada por miembros de la nobleza que se disputaban el poder, los boyardos. Las humillaciones que Iván sufrió durante la infancia y adolescencia, generaron resentimientos que iban a acompañarlo el resto de su vida. Era un enfermo mental, cuando a los 13 años recuperó el poder y comenzó a vengarse de sus enemigos. Iba a convertirse en Iván el Terrible, unificador del país y temido Zar de Rusia durante cuatro décadas.

Rituales aztecas

A pesar de una mentalidad nada favorable al respeto de la infancia, que se daba en Europa durante los primeros años del siglo XVI, los conquistadores españoles y portugueses que se asentaron en el continente americano y no se caracterizaron precisamente por su tolerancia de la diversidad, descubrieron que en el territorio que habían invadido, se celebraban ritos que los horrorizaban y convencieron de haber llegado a un lugar poblado por seres de apariencia humana que tal vez carecieran de alma, que ignoraban los Evangelios y (tanto si aceptaban o rechazaban la verdadera religión) debían abandonar de inmediato sus costumbres tradicionales.

Por eso prohibieron los sacrificios humanos. Toltecas, aztecas, mexicas, mayas, totonacas, muiscas, incas, practicaban el asesinato de niños para homenajear a sus dioses o celebrar la ascensión al poder de los nuevos gobernantes. Para los aztecas, esas muertes tenía efecto sobre el orden del cosmos. Los cultos relacionados con el cultivo del maíz, requerían víctimas de distintas edades. Se sacrificaba a niños recién nacidos para auspiciar las siembras. Otros niños más crecidos eran muertos para proteger la etapa del grano tierno. Finalmente se mataba a ancianos para proteger la cosecha del maíz maduro.

Los toltecas hacían sacrificios colectivos de niños para honrar a sus dioses. Entre los totonacas, la sangre de los niños era mezclada con semillas y consumida como parte de un ritual religioso. Durante las ceremonias de los mayas, se sacrificaban niños a los que extraían el corazón. Considerar a los niños poseedores de grandes poderes espirituales, no impedía que se los sacrificara. Los observadores más favorables al reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios, tenían que hacer esfuerzos para volver aceptables esas evidencias incómodas.

[El Padre Bartolomé] De las Casas deducía que no era voluntad de los indios hacer sacrificios  humanos, sino que eran obligados por el demonio por el gran miedo que le tenían, por las amenazas de destrucción y los malos tiempos e infortunios que les anunciaba. (Marialba Pastor: Cuerpos sociales, cuerpos sacrificiales)

Pomán de Ayala: Capacocha

Entre los incas, durante la celebración de la capacocha (u Obligación Real), se enterraban vivos a parejas de niños y niñas, por lo general hijos de caciques, que provenían de los puntos más opuestos del vasto imperio. Cuando se sabe que algunos viajaban largas distancias para morir, solo cabe pensar que se trataba de un privilegio que se otorgaba a ciertas familias. Durante los preparativos, las futuras víctimas eran vestidas con ricas ropas y se las adornaba con joyas, puesto que se las consideraba seres perfectos. Antes de matarlos, los embriagaban, y después de la ceremonia los enterraban en la cima de las montañas, con el objeto de solicitar el favor de los dioses.

La mayor ofrenda que se podía hacer era un niño, cuanto más bonito mejor, pero no hay que perder de vista el contexto. En los Andes hay un volcán tras otro. Los incas vivían con un miedo tremendo, tenían que estar bien con sus cerros, que estaban vivos, que eran sus ancestros que los protegían. (Alicia Alonso)

El festival de Situa o de la purificación, se celebraba hacia el inicio de la época de las lluvias. Para mitigar las enfermedades que llegaban en ese momento, organizaban una jornada de ayuno, después de la aparición de la luna del equinoccio. Por la noche, los celebrantes se untaban la cabeza, el torso, los brazos y piernas, con una pasta de maíz humedecida con sangre de niños de cinco a diez años, que se obtenía de una herida hecha entre las cejas.

Pieter Brueghel, el Viejo: Juego de Niños (detalle)

Los niños europeos hubieran debido estar mejor protegidos, puesto que el cristianismo (a través de sus diversas iglesias) no incluye rituales sangrientos, pero hay evidencias de que en la vida cotidiana la crueldad no estaba nunca ausente. En las escuelas, se golpeaba a los jóvenes, se los humillaba y sometía rutinariamente al escarnio. Los maestros insultaban a sus estudiantes, los exponían ante sus compañeros, cada vez que cometían errores o intentaban rebelarse contra las normas de disciplina. Se les hacía repetir decenas de veces la escritura de una máxima en la pizarra (tal como se ve hoy a Bart en los títulos de cada episodio de la serie televisiva The Simpsons) con el objeto de rebajar su autoestima,  planteando de paso un modelo de comportamiento digno de ser imitado, para el ejercicio de la crueldad inter pares.

Tomás de Villanueva funda en Valencia un hospicio para los niños abandonados en 1537. Hay que esperar hasta 1600 para que establezca en Teruel un hospital dedicado a los niños en Teruel. De algún modo, comenzaba a definirse la imagen de una infancia carente de derechos, desprotegida, objeto de las fantasías de los adultos, que debía ser auxiliada por las instituciones, dado que los particulares no lo creían necesario.

Thomas Caldecot: The Babes in the Woods

En 1595, Thomas Millington publicó en Norwich (Inglaterra) la balada Babes in the Wood, que gozó de enorme prosperidad.  El texto cuenta las desventuras de un par de hermanitos huérfanos, abandonados en el bosque por los hombres pagados por un tío malvado, que pretende quedarse con la herencia que les dejó su padre. A diferencia de otros cuentos infantiles, nada se interpone (hadas o ingenio de los personajes) que logre evitar el crimen y los dos cuerpos sin vida, tras ser abandonados por sus asesinos, son cubiertos con hojas por los pájaros que se apiadan de ellos. En la versión de Millington, los fantasmas atormentan al adulto que ordenó el asesinato, pero no consiguen responsabilizarlo de nada. La indefensión de los niños carece de atenuantes. Lectores o auditores del cuento, pueden apiadarse de ellos, pero no aguardar justicia de ningún tipo.

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Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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