CASTIGOS ESCOLARES: APRENDIZAJE DE LA CRUELDAD

Maltrato escolar siglo XIX

¿Qué no hacen los adultos con tal de marcar de manera indeleble el futuro de los suyos? En 1830, Samuel Arnold, un padre norteamericano preocupado porque su hijo de cuatro años se resistía a aprender a leer, anotó para que no se le olvidara, aquello que de acuerdo a su buen criterio, se había visto obligado a hacer con el rebelde, tras encerrarlo desnudo en el sótano de la casa.

Acongojado y con el corazón en un puño, empecé a darle azotes… Durante esa tarea sumamente desagradable, sacrificada y enojosa, hice frecuentes interrupciones, (…) tratando de persuadir, (…) respondiendo a sus objeciones. Sentía toda la fuerza de la autoridad divina (…) como no he sentido en ninguna circunstancia de mi vida. Pero bajo la poderosa influencia del grado de airada pasión y obstinación que mi hijo había manifestado, no es extraño que él pensara que “Habría de ganarme la partida”, débil y trémulo como yo estaba, y sabiendo él que pegarle me hacía sufrir. (Samuel Arnold: An Astonishing Affair!)

Alguien que se encuentra sinceramente convencido de tener la razón, se transforma de inmediato en el verdugo de aquel que tuvo la mala suerte de estar sometido a su capricho. En buena hora el poderoso tropieza con restricciones para ejercer las funciones represivas, que considera inherentes a su rol. Si se trata de un padre de familia, su área de acción se restringe al ámbito del hogar, donde no suele haber demasiados niños que le deberán obediencia.

Cuando el adulto se encarama en una institución educativa, su peligrosidad aumenta, porque se multiplica el número de potenciales víctimas y su visión distorsionada de la realidad se refuerza con la opinión de superiores y colegas, que todos los días le confirman su convicción de que no debe alimentar dudas, porque al ser cruel hace lo correcto.

El padre castigador se autoasigna el rol de infalible delegado de Dios sobre la tierra, cuando se trata de modelar el carácter de las nuevas generaciones, mediante el castigo y la humillación. Ya se sabe que los antiguos espartanos trataban sin miramientos de ningún tipo a los niños de su pueblo, puesto que los hacían pasar hambre y frío, los instigaban a robar para satisfacer sus necesidades, les impedían dormir, los azotaban por cualquier falta real o imaginaria, los utilizaban sexualmente, en la covicción de estar en camino de convertirlos en soldados agresivos y sometidos a sus mandos (siempre y cuando sobrevivieran al maltrato).

También los mexicas alimentaban mal a sus estudiantes y les permitían dormir poco, para que más tarde toleraran las dificultades inevitables de una campaña militar. En la Biblia, el tema del castigo corporal suele ser aceptado (se ofrece como una herramienta que permite mejorar el carácter de los jóvenes) y al mismo tiempo es sometido a límites (porque los adultos suelen excederse en la administración de correctivos, como si hubieran estado esperando la oportunidad que les brinda el comportamiento desordenado de los niños, para dar rienda suelta a un enojo que tiene otras causas).

Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo. (Proverbios, 22:6)

La posibilidad de castigar a los jóvenes para obligarlos a aprender a comportarse tal como sus instructores de más edad estiman que es lo correcto, nunca estuvo del todo fuera de la mente de los educadores de todas las épocas. La letra, de acuerdo a la frase que se atribuye a Apeles, con sangre entra. Los españoles agregaron: “Y la labor con dolor”, dando a entender que tampoco debía esperarse ningún trabajo placentero.

Roger Ascham (autor de The Scholemaster) en el siglo XVI y John Locke en el XVII (en el ensayo Algunos pensamientos sobre la educación), protestaron por la práctica del castigo físico que sufrían rutinariamente los escolares. La Revolución Francesa, que pretendía instaurar un nuevo orden político, continuó recurriendo a los castigos físicos que provenían del Medioevo.

Francisco de Goya: La letra con sangre entra

Francisco de Goya: La letra con sangre entra

Francisco de Goya pintó la escena de una escuela elemental, hacia fines del siglo XVIII, donde un maestro maduro azota las nalgas descubiertas de un estudiante de poca edad, el tercero de un grupo que ha sufrido esa humillación durante la misma jornada.  Según la opinión dominante de entonces, el adulto que castiga a los estudiantes no debería ser considerado una persona cruel, mucho menos un pervertido que halla satisfacción de carácter sexual, cuando hace sufrir a los menores que le fueron confiados por sus familiares. En lugar de eso, habría que evaluarlo como un profesional digno de respeto, que cumple con la mayor escrupulosidad su deber. Esa imagen dotada de una dudosa inocencia, se estaba derrumbando durante el siglo XIX.

Nalgadas en escuela inglesa

En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido ese tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad, donde vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo que, aquellas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío. (Charles Dickens: Oliver Twist)

El género de los estudiantes influye a veces en la intensidad de la reprimenda que sufren. Los varones suelen sufrir penas mayores que las niñas. Los australianos prohibieron en 1934 que se castigara a las niñas, pero en las escuelas públicas se continuó reprimiendo de ese modo a los niños hasta 1995. El castigo físico continúa practicándose hoy en las escuelas privadas de Australia. Derogar una tradición como esa, que nada parece justificar, ha encontrado notable resistencia en otros países que se supone progresistas en lo que se refiere a la crianza de jóvnes. Poco menos de la mitad de los Estados norteamericanos permiten que se castigue de algún modo a los estudiantes.

Cariñosas nalgadas paternales

¿Por qué castigar a los niños? Para domar las iniciativas que ellos toman sin atender a lo que han decidido los adultos, tal como se acostumbra castigar a los animales domésticos, aunque se sabe que muchos de ellos (los caballos, por ejemplo) aprenden más del trato amable que del dolor.

Durante siglos, padres y maestros se han pusieron de acuerdo en desatender cualquier queja de los estudiantes que se resistieran al maltrato. Un aprendizaje que no incluyera sufrimiento (incluyendo el tedio), no era serio, ni resultaba demasiado confiable, ni se aceptaba que fijara los conocimientos.

Si en la actualidad se supone que los jóvenes generan agresividad, resistencia y temores ante todo aquello que se relaciona con el dolor que se les infiere, en la educación tradicional se daba la espalda al hecho de que el primer aprendizaje suministrado por los métodos violentos suele ser el de la crueldad.

A los jóvenes solo se le dará de penitencia que hinquen de rodillas y por ningún motivo se los expondrá a la vergüenza pública, poniéndolos en cuatro pies o de otro modo impropio. (…) Por delitos graves, se les podrán dar seis azotes, de que no deberá pasarse, y solo por un hecho que pruebe mucha malicia (…) se les dará hasta doce, haciendo siempre el castigo separado de la vista de los demás jóvenes. (Gaceta Ministerial [de Chile]: 6/3/1819)

Aunque la pedagogía tradicional fuera monótona y previsible, utilizaba formas variadísimas de castigar a los estudiantes que no respondían tal como el docente esperaba. Se los golpeaba, por ejemplo, con la palmeta, una vara de madera con la que se daba en las manos de los niños, extendidas para recibir la reprimenda. O con una férula, un instrumento medieval, parecido a una gran cuchara de madera, con agujeros que dañaban la piel que se incrustaba en ellos durante el castigo.

De acuerdo a la gravedad de la falta de los niños, se les golpeaba la palma o el dorso de las manos o las yemas de los dedos. Cuando no se disponía de una palmeta, cualquier regla de madera o cinturón de cuero cumplían la misma función. Los latigazos eran tan frecuentes en las escuelas inglesas de mayor renombre, y causaban efectos de acostumbramiento y disfrute tan ajenos al aprendizaje, que una perversión sexual de los adultos que disfrutan al ser castigados o humillados, suele denominarse en Francia “vicio inglés”.

También se repartían cachetadas en la cabeza, como si fuera posible remover de ese modo cualquier resistencia mental a la asimilación de conocimientos. La eficacia de las humillaciones y la crueldad mental no eran desconocidas por los docentes. Un niño que no acertaba las respuestas correctas que hubiera debido memorizar, podía ser mandado a permanecer de pie en el rincón de los burros, donde se lo exponía a la burla de sus compañeros, dando la espalda a la clase y a veces ataviado con un bonete denigrante, como el que aparece mencionado en la historia de Pinocchio de Carlo Collodi.

Castigo escolar siglo XIX

Aquellos niños que utilizaban vocabulario impropio, de acuerdo al criterio de los adultos, eran sometidos a lavados de la boca con jabón. Los tirones de pelo y pellizcos de orejas, dos de los tormentos preferidos por madres y abuelas, tenían la ventaja de no dejar huellas acusatorias. Finalmente, si un estudiante se quejaba ante sus padres del matrato recibido en la escuela, y sus parientes se atrevían a protestar, al maestro le quedaba el recurso de negar cualquier abuso (incluyendo los sexuales) como si fueran el producto de la imaginación enferma del joven.

Si en la actualidad se otorga crédito a la denuncia de los niños, esta es una actitud reciente, que ha tardado en imponerse. Sigmund Freud, en el final del siglo XIX, optó por interpretar como fantasías de sus pacientes, los relatos de violencia sexual que ellos habrían sufrido durante la infancia. Era preferible dudar de las víctimas enfermas, que acusar a los bien establecidos victimarios.

De los castigos recibidos por los escolares de sus maestros, no cuesta mucho pasar a los castigos efectuados por los mismos escolares que aprendieron la lección de familiares y maestros. La prensa recoge en la actualidad noticias de niños que enfrentan a docentes con armas blancas o (lo más frecuente) que se vuelven contra sus mismos compañeros en las escuelas, para humillarlos y golpearlos de la peor manera, también para registrar sus desmanes con las cámaras de video incluidas en sus teléfonos celulares y subir la escena a You Tube.

Acerca de oscar garaycochea

Dramaturgo, guionista de cine, libretista de TV, docente especializado en dramaturgia audiovisual, blogger empecinado en aprovechar lo que le queda de vida en comunicarse.
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